Evaristo y su familia eran calificados como seres de segunda clase en el fundo de su patrón blanco. Eran católicos y eso no importaba.
Mapuche o no era gallardo como el albo de su alma.
Galopaba y amansaba los caballos de su joven patrona blanca.
Evaristo era un muchachito. Tenía quince años.
Era un adolescente; pero estudiaba como un filósofo griego.
Quince años son como cien años, pensaba él.
Evitaba sus sentimientos de niño y deseaba saltar las etapas de su vida para ocupar el pensamiento de un anciano.
Su sensibilidad, tan mullida como la carrera de su caballo.
En la ciencia de sus conocimientos, no se sabe si eran aptos para un cristiano, despojaba su carne y retiraba el alma de ella.
Una ciencia, por cierto, prohibida en la faz de la tierra.
Su alma que se había desmontado de sus huesos experimentaba algo que jamás había sentido en su infancia. Una hazaña para el niño, un pecado para la iglesia.
Nunca había visto su cuerpo inmóvil.
Era como espanta pájaros o carne barata. Su atrevimiento revelaba que todo es posible si se controlaba la mente. Ahora volvía el alma a la carne y grandes hemorragias de vómitos ensangrentados mancharon el cogote de su caballo.
Evaristo concluyó, con inmenso dolor, que Dios había escondido la verdad sobre la duración de la carne y la vida.
Si llegaban a saber de sus experimentos se le excomulgaría como el bastardo o basural más inmundo de la tierra.
Sus padres sufrirían por ello..., seguro, y no había duda, que se les aplastaría como reptiles del sur chileno.
Evaristo Trunquen habría estado cien años retirado de sus huesos para ver encorvarse su cuerpo y arrugarse sus carnes.
Pero cien años son tantos para la carne. ¡Qué rabia!, ¡Qué furia!...
Francamente, Evaristo creía en Dios y en todos los santos. Conocía todo lo básico de Jesús y de otros apóstoles.
En sus contradicciones de niño odiaba todo lo que fuera esotérico. Considerándose hijo de Dios y católico enfurecido, Evaristo, estaba ya pecando.
Y pecados eran como esos de los grandes herejes.
¿Qué católico se atrevería a desafiar la sagrada escritura y retirar su alma del cuerpo antes que llegue su muerte?
Lo de Evaristo era un caso involuntario; pero sintió la necesidad de seguir experimentando estos cambios.
Cada día lo mismo. Como un fisgón atropella su existencia.
Retiraba su alma del cuerpo como si fuese una carta que se retira del correo. Volvía su alma al cuerpo e intentaba borrar de su memoria gran parte de su historia mapuche. ¿Cómo podía lograrlo? ¿Quién olvida lo hermoso y lo horrendo de una historia pasada? Es imposible para todos los mortales y lo era también para el mismo.
¡Pobre Evaristo! No se perdonaba ni sus lágrimas de niño.
En fin, había llorado delante de su pueblo. No comprendía que todo ser llora hasta cuando se es anciano...
Ahora quería mostrar a sus paisanos que él era un macho y que nada al mundo lo haría llorar de nuevo.
Así pensaba Evaristo; pero sus lágrimas eran libres y ellas aparecían cuando querían y no cuando Evaristo las llamase.
¡Qué rabia!
¡Qué furia cuando sus ojos tomaban un color rojo fuego por el torrente hirviente de lágrimas que transitaban por sus pupilas!
Evaristo montaba su caballo y, enfurecido, galopaba por los empedrados caminos de su pueblo.
De nada servían estos galopes.
Todos reían al verlo pasar; reía hasta, Eleanita, la hija del patrón del fundo.
Reía hasta cuando lo veía con sus párpados hinchados por las lágrimas.
En esta obsesión de querer dominar sus sentimientos, se helaban hasta las palabras de Evaristo.
Elianita le cantaba estos versos cuando Evaristo solía galopar bajo el cielo estrellado de la noche.
Como vi yo un hombre en lágrimas
lloró también mi guitarra.
Y calló el sonido de las cuerdas
ante el medroso galopar de tus penas...
Y Evaristo enrojecía.
Había crecido junto a su patroncita blanca.
Olvidar su pasado quería decir olvidar también la muchachita que él amaba.
Ahí fallaban sus estudios; no había calculado los sacrificios que debería realizar después de enamorado...
Y galopó por los valles sureños.
Y sudaba su caballo en la carrera ambigua.
Muchas veces se iba a las colinas y de noches decidía contemplar los luceros y dialogar con la luna. Esa noche, Evaristo despegó el alma de su cuerpo, y, con autonomía de su propia conciencia, su espíritu vagó perdido por las quebradas.
Y estaba pecando de nuevo. Había tomado libremente la decisión de practicar la liberación de su alma; pero estos actos no eran conformes a la verdad subjetiva de cada religioso. ¡Qué horror!
Un creyente como Evaristo debía respetar lo creado por Dios.
De nada había servido que el muchacho se haya estudiado casi todas las encíclicas del Papa Wojtila.
Aunque ahora tuviese un problema contra todo lo que había estudiado, su religión no le daba el derecho a ser un hereje.
Evaristo, se contemplaba desde lejos y buscaba la perfección de su cuerpo.
Evaristo- gritó su madre detrás de él. – Tu tía, Luchita, la exiliada en Paris, te ha mandado los pasajes para que te vayas a vivir con ella a Francia.
Evaristo cayó de su caballo y , luego, reintegró su alma a la carne caída en el suelo.
La noticia le había llegado en el momento más oportuno de su vida ya que no soportaba la gente de su pueblo. Pensó en la hija de su patrón y derrumbó su entusiasmo en un mar de lágrimas.
Montó su caballo y voló por los caminos.
Voy a París- gritaba por cada rancho que pasaba. Todo el pueblo se enteró de la fortuna que tenía Evaristo. Al caer la noche la casa del muchacho se llenó de paisanos. Todos traían Currículum, certificados de estudios etc. Pedían al muchacho que les buscaran un puesto de trabajo. Evaristo tomaba nota y prometía que sería puntual con sus promesas.
Elianita, cuando se enteró que su enamorado viajaría a Europa, cambió su comportamiento y ya no reía más del muchacho: al contrario.
Esa noche mandó una criada a buscar a Evaristo. Mientras él prometía a sus paisanos mil cosas y juraba por otras, vio entrar a la criada de Elianita.
Empalideció como las hojas en el otoño.
Evaristo, la patroncita quiere verte-. El muchacho cayó de su silla. Saltaba su cuerpo en el suelo.
Lo levantaron y lo metieron en la cama. Sudaba y vomitaba espuma por su boca. Nadie sabe si todo esto era una crisis de nervios o una enfermedad del amor.
Evaristo era sano. Todos lo sabían.
Pasó una hora en cama y pudo levantarse. Hablaba de todo.
Su madre peinó a su niño.
Recuérdate, hijo, recítale un poema de Neruda y verás que Elianita caerá en tus brazos como cae la noche sobre el día- recomendó su madre.
Si, es una buena idea. Dame el libro “Confieso que he vivido”- ordenó a su madre. Todos los presentes desearon salir de la choza y reír bajo el clamor tímido de la luna.
Evaristo, hijo... ¿qué puedes confesar de tu vida si has vivido casi todo el tiempo estudiando o galopando en tu caballo?- Evaristo insistía que aquel libro era la clave para hacer enamorar una mujer.
Vamos, Evaristo, no hagas esperar tanto a la patroncita, además no sabemos si te ha llamado para que limpies su caballeriza o vayas mañana al pueblo a recoger un paquete al correo-. Evaristo sintió rabia. Se despeinó y no tuvo deseos de ir donde Elianita. Estaba cansado de ser el esclavo de una muchachita rica y vanidosa. Luego cambió idea. Volvió a mirarse al espejo y peinó cuidadosamente sus negros y duros cabellos.
Iré donde ella. Le diré todo lo que pienso de su vanidad- gritó él.
Evaristo, ella es nuestra patrona-. El muchacho no respondió. Corrió al dormitorio y volvió con unas poesías de Neruda. Recitó delante a su madre.
Evaristo salió de su casa con seguridad absoluta. Iba convencido que haría llorar de amor a su patroncita. Entró a un estudio y vio a Elianita sentada delante un piano y tocaba una pieza de Mozart.
Ella, sin darse vuelta para saludar al muchacho, continuó tocando el piano. -Siéntate- le ordenó. Evaristo enrojeció y buscó la silla más lejana que había en la sala.
Elianita era una muchacha de carácter difícil, prepotente y casi dictatorial. Era la otra gota de su padre alemán.
Elianita, con sus cabellos color oro y sus ojos color azul cielo, era la muchacha alemana que se puede reconocer a kilómetros de distancia.
De sus ojos bajaban dos lágrimas.
Evaristo, jugaba con sus manos sudadas. Las ponía sobre su cabeza, las metía en los bolsillos, bajo sus muslos, bajo las asilas.
¿No me dices nada sobre tu viaje a París-” preguntó ella.
Evaristo quería ver el rostro de Elianita, pero elle no se giraba. Quería recitarle las poesías de Neruda pero de su garganta no habrían salido palabras sino arena.
¿No respondes, o la lengua te la comió el caballo? -Evaristo se sintió humillado.
Lágrimas cayeron de sus ojos. Se sentía triste. Había venido con deseos de recitarle unas poesías pero ella, mal educada, lo impedía con la música de Mozart.
Yo... patroncita...yo...-. Fue todo lo que dijo y escapó de ahí ha toda carrera. Vagó por los caminos y, abandonado, lloraba desesperadamente.
Recitaba al viento unos poemas inventados y al mismo tiempo pateaba la obscuridad de la noche.
Elianita había quedado en su silla. Lloraba y sus lágrimas invadían las teclas de su piano.
Al día siguiente ninguno de ellos dos pudo levantarse de sus camas.
Fiebre, vómitos, llantos, delirios, diarrea y ataques de amor.
Don Jubilo, sacerdote conservador y exorcista, criticó violentamente a los padres de Evaristo y condenó la literatura del muchacho.
Esta muchacha esta posesionada por el demonio- explicó don Jubilo, y dejó la casa de la muchacha.
Don Heinz, el padre de Elianita buscó una curandera capaz de sanar a su hija.
Pagó grandes cantidades de dinero pero Elianita no sanaba.
Enflaquecía y enflaquecía.
Evaristo, parecía un tuberculoso. Sus padres trajeron un curandero más barato. Se probó de todo con Evaristo. Lavados intestinales con jabón y baños con excrementos de vacas.
El curandero llegó hasta a quemar uñas de muertos y con el humo roció el cuerpo del muchacho.
Estaban muriendo poco a poco.
Nadie podía curarlos.
A Evaristo lo llevaron a otro curandero y él descubrió que el pobre muchacho estaba muriendo de amor.
No hay remedios para mejorar esta enfermedad- dijo el curandero y recomendó acostar a Evaristo, junto a Elianita, en una misma cama.
¿Cómo convencer a don Heinz? era la primera pregunta.
Corrió la madre de Evaristo donde don Heinz, y, bajo un torrente de lágrimas le explicó que había encontrado el remedio para los dos jóvenes.
Inútil...
Jamás permitiré que mi hija se acueste con un indio mugriento de mi fundo- gritó el hombre.
Patroncito, por sus santos, le ruego- decía la madre.
Todo fue en vano.
Y el alma de Evaristo, rebelde que era, había dejado la carne. Llegó hasta la cama de Elianita y contempló su cuerpo de muerta. Habló con ella.
Elianita, te amo.-
Yo también te amo.- fue la respuesta de la muchachita.
No dejes Chile Evaristo, no me abandones...-Inútil fue la visita de otros médicos. Elianita estaba muriendo de amor.
Desalojo del fundo a estos muertos de hambre- gritó don Heinz.
Elianita lo impidió.
Papá, escucha, papá- le pidió. -Trae la carne de Evaristo a mi cama que él será mi única medicina, sino moriré-.
Don Heinz no aceptó.
El espíritu de Evaristo logró que el alma de Elianita dejara su carne y se uniera al suyo.
Así sucedió. Roma y el vaticano habían perdido a dos cristianos.
Ellos dejaron la carne en sus camas y nadie pudo impedir que se amaran bajo el cielo estrellado del sur.
Se cuenta en el pueblo que la carne de Evaristo y Elianita se encuentra botada en las camas y que agonizan lentamente mientras científicos y curanderas andan buscando descubrir la verdad.
Dicen que sus almas pasean por los parques del sur y acompañan a los enamorados en sus primeros pasos del amor.