Puesta online a las 21:06, el 18 de Enero del 2008
NOSOTROS NO OLVIDAMOS NADA.
Pablo Varas
Tuvieron que pasar más de TREINTA AÑOS, para que respondan por sus crímenes los infantes de marina que asesinaron, entre Tomé y Lirquén, a Héctor Lepe Moraga, Transito Cabrera Ortiz y Miguel Ángel Catalán Febrero. Los tres estaban amarrados y les dispararon por la espalda. Nada se puede decir a favor del personal de las Fuerzas Armadas, sencillamente llamarlos… asesinos.
Lenta es la justicia en Chile, pero de manera extraña, no en todo los casos, en las causas que tienen que ver con delitos contra la propiedad privada su nivel de aceleración es notable y es por ello que hay chilenos procesados supuestamente por “usurpación ilegal de tierras”, cuando sin duda alguna ante la lentitud de sus causas en tribunales, se vieron compelidos a tomarse lo que históricamente les pertenece.
La lentitud de los procesos y la aplicación de las leyes heredadas de la dictadura de las Fuerzas Armadas, nos hacen suponer que algunos meses antes de que asumiera el primer gobierno de la Concertación en 1990, debieron existir acuerdos donde estos dos elementos, que hacen la sustentación de un régimen, fueran moneda de intercambio.
Cuesta entender cómo los que han sido Ministros de Defensa, o los Subsecretarios, no hayan ordenado que se les haga llegar las listas de los militares involucrados en crímenes y violaciones a los Derechos Humanos y hayan seguido siendo funcionarios de las FFAA. Especialmente delicado es que la actual Presidenta de Chile, fue Ministro de Defensa y durante el gobierno en que ella ejerció ese cargo, fue cuando mayor dinero público se invirtió en modernizar a las FFAA, provocando un enorme desequilibrio entre los países del Cono Sur. En otras palabras, eso se llama carrera armamentista, aunque hayamos comprado material de “segunda mano”.
No es causa de asombro que el personal de las Fuerzas Armadas cuando está en los tribunales niegue todo. Ellos se presentan como inocentes y la memoria sencillamente los abandona, pero no olvidan los números de las cuentas de banco, donde tienen y guardan el dinero que robaron, porque además de asesinos, son ladrones.
Los asesinos de Catalán, Lepe y Cabrera, llegan ya con todo su entramado preparado, ninguno de ellos fue torturado y voluntariamente dirán que NO son culpables, sus abogados dirán que de aquello han pasado muchos años y que fueron victimas de los acontecimientos de esos días.
Han pasado más de treinta años de aquellos asesinatos. Los tres eran personas que apostaron a un mundo nuevo, a un país más justo, solidario y democrático, creían en el socialismo como un sistema en el cual millones de personas pueden ser más felices.
Un país serio con ministros serios debería dar la cara para defender la verdad y la dignidad de esos chilenos asesinados sin juicio, con saña y entre los disparos, con vivas a las Fuerzas Armadas y al 11 de septiembre de 1973.
El abandono de la moral, de los principios más elementales en un gobierno, no se encuentran en actividad, sencillamente los chilenos están abandonados a su suerte en los tribunales junto a sus demandas más sentidas. No podemos aceptar que se diga que ahora hay previsión para todos, cuando lo que de verdad sucede, es que el Estado asume lo que los grandes consorcios, bancos y compañías aseguradoras roban. La desigualdad la pagan todos los chilenos.
Puede que en algún momento, en el recorrido de nuestra historia, podamos ver también en un tribunal a los miembros de los que integraron estos gobiernos por haber negado justicia y por cometer delito de prevaricación y complicidad, con sectores económicos muy identificados y las propias Fuerzas Armadas.
Siempre hemos apostado a la historia y en nuestro trabajo cotidiano no nos hemos equivocado, tampoco entonces lo hacemos, cuando acusamos a los gobiernos de la Concertación.
Sin duda aunque pasen muchos años, esperamos verlos frente a un tribunal donde podamos acusarles de abandono, de prolongar el hambre, de hacer permanente la miseria en más de un millón de chilenos.
No olvidamos a nuestros camaradas, ni a sus asesinos, ni a las Fuerzas Armadas, ni a sus cómplices que están en el Palacio de la Moneda.