Puesta online a las 17:12, el 20 de Enero del 2008
EL ÁRBOL DEL AMOR
Por Carlos BENÍTEZ VILLODRES
Pasaba unos días en Gójar (Granada), como suelo hacer con cierta frecuencia desde hace algún tiempo, disfrutando de la compañía cálida y sincera y acogedora de ciertos habitantes, buenos amigos míos, y, en general, de toda la población de esta maravillosa y hospitalaria localidad ubicada en el Área Metropolitana de Granada. Asimismo, gozaba con nuevas emociones y con ese estado de calma interior que me proporcionan la comunicación con esas personas y los encantos, el embrujo, el silencio... que enriquecen día a día la vida en pleno desarrollo y las tierras siempre bellas y feraces de este municipio granadino.
Desde que comienza un nuevo día procuro buscarle su hora veinticinco porque, verdaderamente, la necesito. Quizás usted, amigo lector, también la está buscando. Avíseme si la halla, porque yo aún estaré en ello. Pero para un gran número de mujeres y hombres, los días de este invierno, que no está haciendo honor a su nombre en Andalucía, o de otra estación cualquiera, les vienen largos. Por ello, caminan día a día con la misma monotonía que corren las olas de la mar, o como salen a la luz los discursos sin sentido de ciertos políticos, o como el vuelo rutinario del amor por los aires enrarecidos de la incomunicación, la inflexibilidad, el gran silencio..., que tanto daño hace a la vida en común de dos seres. Tanto que acaba extinguiendo la última llama de la misma. En estos casos, que cada día abundan más, no queda del amor ni las cenizas.
Soy consciente de que existen hombres y mujeres inconformistas -el conformismo es una forma de morir lentamente-, que se imaginan cómo se les presentará la vida al marcharse el amor, después de haber saboreado las mieles, que él les ofrecía, en su ya extinguida etapa primaveral.
Ante la presencia continua de esta situación adversa en la convivencia de una pareja, insostenible a veces, algunos seres humanos se rebelan y anhelan otra vida porque ya están hastiados de la que tienen.
Por consiguiente, cuando la incomunicación entre la pareja es total, porque quienes la componen creen que no tienen nada que decirse…, es entonces cuando aparece en ambas personas la necesidad de buscar otro camino, otro ser humano para compartir con él su vida.
Otros, sin embargo, tienen miedo al cambio. Son como los nenúfares: siempre inmóviles en la superficie de aguas estancadas. Prefieren continuar viviendo sin amor. No quieren reflexionar, ni recordar, ni siquiera plantearse la negra realidad, a sabiendas de que quien camina sin amor es un cadáver que muere a cada paso. Son personas estas que hace tiempo abandonaron la siembra de deseos e ilusiones y esperanzas. Las horas pasan vestidas siempre con el mismo uniforme y con los ojos cerrados, mientras él y ella arrastran una vida alumbrada, desde hace más o menos tiempo, por el sol de los muertos. Pero el miedo es superior a cualquier intento de cambio.
¡Qué vacío tan profundo y amargo siente cualquier hombre, cuando después de calentar dos cuerpos y una cama, sale a la calle y, en medio de las sombras y risas de la noche, tiene que calentarse el corazón! Escribo esto porque en una ocasión, ante un comentario de un amigo, lo pensé. El mismo que un día me refirió, mientras tomábamos unas copas en el restaurante céntrico y típico de Granada, Chikito, la situación que estaba padeciendo en su matrimonio. Después de exponérmela, deduje que el miedo le impedía “coger al toro por los cuernos” para salir de ese pozo profundo y seco, en donde se hallaba, y cada jornada que transcurría se hundía a más profundidad. Sin pensármelo dos veces le dije: “Vivir con miedos no es vivir. Por ello, aunque nos cueste la vida, siempre que temamos realizar algo..., ejecutémoslo. Sólo así derrotaremos al miedo. Sólo así podremos vivir”. Al cabo de dos o tres meses nos encontramos de nuevo. Continuaba en el mismo estado. Ni siquiera había movido un dedo para dejar de vivir por vivir. Con gran imprudencia por mi parte, le pregunté a escopetazos: “Y..., ¿ qué dice tu mujer al respecto? ¿También ella acepta tal forma de vida? ¿Sois conscientes del daño que os estáis causando mutuamente? ¿Y a vuestros hijos?”. Su respuesta fue rápida, adornada con una leve sonrisa: “Mi mujer es como yo. Vivimos. Simplemente vivimos. No nos llevamos bien, tú lo sabes, pero eso de volver a empezar es muy complicado. Yo no sé qué piensa ella sobre el tema porque nos hablamos lo imprescindible, pero nunca sobre nuestro matrimonio, sobre nuestra convivencia, sobre nuestras independientes economías… Antes discutíamos y discutíamos salvajemente, pero ¿para qué? Ahora, a veces, conversamos unos minutos sobre los hijos, culpándonos el uno al otro de eso o aquello que, desafortunadamente, han hecho o han dicho. Nada más. Ni siquiera me informa de “lo bueno” que hacen, porque, digo yo, algo provechoso o sano harán o manifestarán. El amor entre nosotros hace tiempo que murió. No queda nada de él. Pero vivimos. Nos hemos conformado, sin más, a este tipo de relación antinatural”.
Es un hecho comprobado y plausible que, al mismo tiempo que la vida evoluciona, esta irracional relación de pareja descrita va disminuyendo a pasos agigantados. En la actualidad, sobre todo en parejas jóvenes, si la convivencia se hace insostenible se rompe el matrimonio y cada uno intenta, sin miedos, rehacer su vida. Según las estadísticas del prestigioso Instituto de Política Familiar, creado para impulsar y defender la institución familiar, cada cuatro minutos se deshace un matrimonio en España.
En el balance que realiza dicho Instituto sobre el tema “familia” durante la legislatura de Rodríguez Zapatero, podemos leer: en tan sólo tres años (2004-2006), los divorcios aumentaron en más del 168% superando ya los 141.000 divorcios en 2006. En este periodo (2004-2006) -las estadísticas de 2007 aún no se han publicado- se produjeron 439.000 rupturas familiares que afectaron a más de 700.000 hijos. Por lo que se refiere al número de abortos, llegaron a los 115.750 en el 2006. Aumentos estos espeluznantes ante la inhibición o dejadez de las administraciones públicas comunitarias con competencias en este tema, pero necesario para la consecución del bienestar interno y externo de cada uno de los cónyuges.
“La actual legislatura está siendo nefasta para la familia, denuncia Eduardo Hertfelde. Estamos viviendo una legislatura en la que la familia no sólo ha sido ignorada, sino que además se han implantado leyes erróneas que han provocado un agravamiento de los indicadores familiares. Si además se constata la poca sensibilidad del actual ejecutivo que hace que la ayuda a la familia es casi inexistente, siendo, en la actualidad, el país del la UE27 que menos ayuda a la familia, podemos concluir que la familia es la asignatura pendiente de este gobierno”.
En contraposición a todo lo expuesto, hay por esos caminos del mundo innumerables parejas que nunca conocieron, ni falta que les hace, el silencio, la incomprensión, la falta de respeto, la monotonía, la rutina... en su convivencia matrimonial ¿Por qué? Porque el amor vive en ellas y ellas en el amor. Son personas que saben lo que quieren y a donde van. Del mismo modo son conscientes de que el árbol del amor necesita muchas atenciones cuando es pequeño y joven. Pero conforme se va haciendo viejo ese árbol fructífero, luminoso y mágico... más y más cuidados precisa. Ahora a meditar lo leído.