Tenía esa maldita costumbre de sacudirse con un calzón de una puta las caspas de sus cabellos que le caían sobre sus hombros. Tintolius, o más conocido como el lengua con várices, por lo hablador que era y bueno para el vino tinto, se inventaba historias de guerras en la ciudad de Santiago y eran de tal crudeza que el mismo terminaba en un mar de vómitos.
Una noche se inventó un enfrentamiento político contra unos senadores disidentes del planeta Marte porque, según su historia, también había concertación de marcianos, marxistianos y marderechianos.
Su historia, poca humana al decir la verdad, puede ser comparada con los atropellos a los derechos humanos en el Chile de hoy.
Su enfrentamiento, por consiguiente, fue igual que a la guerra interna, fue brutal porque los marxistianos eran torturados, hechos desaparecer y, aunque no se entendía nada de su idioma, se les presionaba para que confesaran. El lengua con várices era tan brutal como lo es el fascismo, o como lo fue Pinochet y como lo es la constitución fascista de Chile...
Nunca fue amado por todas las razones que exponía en sus invenciones de guerras. Luego su odio contra todos los que manifestaban por las calles de la ciudad, no lo salvaban de los desprecios de un movimiento llamado: "Un día Chile seremos todos".
El lengua con várices había nacido en una cárcel de mujeres... la cárcel fue su barrio, las celdas su asilo.
Amaba su situación por mil razones: primero, porque era el único hombrecito en medio de centenares de reclusas; segundo, la cárcel fue su patria; tercero, estaba convencido que en la cárcel se encuentra el paraíso de los desgraciados; cuarto, su madre había sido condenada por homicidio y, entre coa, cátedras de como abrir cajas de fuertes o de asaltar bancos que se encuentran a la periferia de Santiago, se aprendía a cocinar, cazuelas, carbonadas, pancutras, charquican hirviente y anaranjado de tanta zanahoria que era como encontrar las piernas abiertas de una mujer libre caída del cielo, porotos con riendas que incitaban a la fuga de la cárcel, lentejas con cuero de chancho que eran como el primer orgasmo alcanzado en un water de la cárcel, un mar de chupeguatas y, además, el rico pastel de choclo y sopaipillas pasadas; como no podía faltar era el arroz con huevos fritos en los días que había que ir a misa porque las predicas del cura eran: el aromático hedor a tierra mojada en las lluvias de primavera, el cálido sol del alba a los pies de una playa de Cartagena, la impresión dantesca de las cordilleras de los andes, el agua de los ríos, el vuelo de los pájaros libres y la vegetación nueva como pendejos de lolita que anda en busca de ser mujer.
Por desgracia, para aquellos que debían escuchar sus historias, el Chile de hoy parecía una mesa larga cubierta de un mantel blanco en cuya cabecera se sentaba una geografía destruida por las promesas jamás cumplidas: una concertación cínica, retrógrada y violenta. El lengua con várices, había desatado, además de su violencia represiva que tenía en sus relato, el desprecio hacia los contrario al neoliberalismo visceral del cual, él, tan orgullo, promovía en sus historias populares.
En los años 80, casi a empujones tuvieron que botarlo de la cárcel. Prometió sangre para aquellos que habían ordenado su desalojo porque, en fin de cuentas, la cárcel era su casa.
Nunca, al menos eso me han contado, se ha sabido porque se metió en política, y, tampoco se sabe, porque eligió la concertación cuando fue ella que lo botó fuera de la prisión.
"Prefiero el patio 29 que dormir en la calle".
Fue un drama para los historiadores concertacionista chilenos. No se hallaba la receta para transformar la verdad en una mentira más. Se pensaba llenar las páginas de los diarios con fantasías baratas, pero, francamente, los diarios han perdido su genialidad para pintar la realidad porque todo lo transforman en mentira.
El lengua con várices, se quiera o no, logró introducir sus crónicas en los oídos de miles de oyentes curiosos. Los protagonistas principales, los pobres de Chile. Con dos cañas de vino tinto lograba interpretar el terror de los que habían votado por la concertación. Pintaba, en sus relatos, la vulgaridad de un parlamento y senado que anda adorando el atornillamiento eterno en las sillas del pueblo, algo así como temías a su torturador - cuando te torturaban- y hoy aplicas sus leyes en tu gobierno.
Una tarde, el lengua con várices, murió, pero no se encontró su cuerpo. Fue tanta la bulla de sus parientes, que al final se les entregó una caja con cenizas del finado. Dicen que en Chile no hay desaparecimientos... no lo sé, francamente no lo sé, pero lo que si hay es espanto de una violencia que el lengua con várices narró a los cuatro vientos de Chile. Su historia de los marcianos la recuerdan casi todos los que han vivido esa experiencia... esperando que un día se salga a la calle para abrazarse y no para mandarse a los hospitales o cementerios ya repletos de llantos.