El Estado nos protege (¿quién nos protege del Estado?)
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Puesta online a las 10:24, el 23 de Enero del 2008
El Estado nos protege (¿quién nos protege del Estado?)
No es un curso de filosofía ni tampoco un argumento platónico que tiro sobre la mesa.
La República chilena, se quiera o no, nació como un Estado soberano y, - aquí la gran complicación histórica -, autónomo. La tarea del Estado es proteger su geografía y los sujetos que la ocupan. Otras de las tareas es educar su vulgo. La moral y la justicia deben ser la virtud del Estado.
Considero graves las violaciones y atropellos a los derechos humanos que el gobierno de la concertación ha llevado contra el Estado y sus individuos.
Se va descomponiendo e ignorando todos los tratados con otros Estados del planeta.
Tenemos el reciente caso de la violación de la declaración de Malta sobre los seres en Huelga de Hambre, adoptada por la Asociación Médica Mundial (AMM), en noviembre de 1991 y revisada por la Asamblea General de la AMM, Pilanesberg, Sudáfrica, octubre 2006.
Patricia Troncoso no tiene derechos. Morir en una huelga de hambre no es ético para la señora Bachelet. Ciertamente si era en provecho de la concertación ya la habrían dejado fallecer.
Lentamente se va desmontado la seguridad de los ciudadanos chilenos. Por otra parte, ¿cuáles son las intenciones del gobierno chileno? ¿Cuál es el valor que le entrega a sus actos autoritarios?
La Violación de los Acuerdos Internacionales, sin duda, tienen, en si, una definición; en Chile no se mueve una hoja sin la autorización del gobierno de la señora Bachelet.
En la patria se vive una dictadura concertacionista. De aquí se concluye que en todas sus intervenciones hay muertos y atropellos a los derechos humanos.
Los ciudadanos chilenos, aquellos que son contrarios al modelo represivo de la concertación, pues son seres injustos e indignos para el Estado. El ejemplo de la izquierda concertacionista transforma su militancia en lobos y los contrarios en ovejas. El peligro es real. Se vuela en un aparato sin piloto. Se aceptan mandos de otros países y, el efecto, es seguir con la mano dura contra su propia identidad.
Desde este momento el diálogo entre Estado e individuos se vuelve mudo.
Esperamos que la razón entregue a Chile su Alameda y que los antagonismos se transformen en una sola doctrina nacional y se marche por la calles sin la preocupación de morir baleado en una geografía que tiene un Estado que se llama Chile.