De las burbujas a las crisis. Por Rafael Luis Gumucio Rivas
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Puesta online a las 17:34, el 27 de Enero del 2008
De las burbujas a las crisis
Está de moda comparar las distintas crisis económicas del capitalismo: ¿qué elementos las provocaron? ¿cuándo duró cada una? ¿En qué afectaron a la economía mundial? ¿son localizadas o globales? Hoy, la crisis está ubicada en Estados Unidos y en Europa y, en el pasado, en los países emergentes. ¿Pueden China e India sostener el desarrollo global? ¿Es posible que las economías emergentes pueden mantener el auge económico en base a un solo motor? El pánico no es nada nuevo, pues en parte pertenece a la teoría psicológica: junto a la ansiedad y a la incertidumbre viene el derrumbe real de las Bolsas mundiales. Muchas veces estos estados psicológicos no corresponden a la realidad.
No voy a extenderme en un análisis comparativo de las diversas crisis – la del 29, la del efecto “tequila”, la del rublo, la asiática, y otras - pues ya se ha escrito mucho sobre ellas; la más larga y devastadora fue la de 1929, que se prolongó hasta la Segunda Guerra Mundial. Dedicaré mi trabajo sólo a analizar la crisis bursátil chilena en el año 1905.
La crisis de la Bolsa chilena en 1905
El método comparativo es muy útil en la Historia, pero debe preservarse, a mi modo de ver, el ADN de cada una de las crisis; la analogía puede desviar la seriedad científica del estudio del historiador. Chile ha sufrido varias crisis del sistema monoexportador: la de 1878, que terminó con el respaldo en oro de nuestra moneda; a de 1918, producto del desastre del salitre, que fue reemplazado por el sintético; a de 1931, que permitió derrotar al dictador Carlos Ibáñez. Así podemos seguir sumando diversas recesiones a lo largo de la historia. En 1905 gobernaba don Germán Riesco, un oligarca chileno, nacido en Rancagua, de una familia de agricultores empobrecidos. Según Joaquín Edwards Bello, Riesco era de elevada estatura, blanco y rubio, con una pinta de alemán, parecida al Kaiser; Riesco era cuñado de su predecesor, el presidente Federico Errázuriz Echaurren; no había seguido la carrera politica clásica del oligarca –gamonal de provincia. Alcalde, diputado, senador y presidente de la república – pertenecía al poder judicial. era un hombre de leyes
Los conservadores y los curas no lo querían: el cardenal José María Caro escribió un texto de cuero de diablo contra el bueno de don Germán. Mi bisabuelo, Rafael Benigno Gumucio Larraín, dirigía un Diario que apoyaba a la iglesia y, de consuno con el posteriormente cardenal Caro, sostuvo que votar por Riesco constituía un pecado, pues los liberales laicos eran un peligro para los intereses de la iglesia. Germán Riesco, para asegurar a los pechoños sostuvo, en la convención que lo proclamó candidato a la presidencia, que el liberalismo no era un peligro para nadie.
Luis Orrego Luco publicó su famosa novela, La casa grande que es, sin lugar a dudas, el mejor testimonio del Chile de comienzos de siglo; su obra causó escándalo y el autor fue marginado por los integrantes de su propia clase, al igual que Joaquín Edwards Bello cuando publicó El inútil, que le valió el autoexilio, en Brasil. Cuado don Luis Orrego Luco paseaba por las calles de Santiago nadie lo saludaba con la famosa frase de los pitucos “co te va” o “co está usted”, era un réprobo que se permitía burlarse del sagrado vínculo y de las viejas costumbres de la plutocracia. Cada uno de los personajes de Orrego Luco constituía una verdadera sátira de las costumbres de la época. El senador Peñavel, un aristócrata que había tenido vagos negocios mineros, que no le había trabajado un cinco a nadie y vivía como zángano en los distintos salones oligárquicos, decía con cinismo “que si me hubiera casado con una mujer rica, hoy sería presidente de la república...una buena copa y un cigarro son los auxiliares del político”. Conozco a presidentes de partidos políticos que andan con los bolsillos llenos de candidaturas y de diversos empleos para ofrecer a electores; como se puede ver, nada distinto a la actualidad. El otro personaje importante en la novela de Orrego Luco es el cura Correa, pastor de ovejas gordas, de frases secas y relamidas, conservador y bueno para participar en banquetes y en cenas familiares; el padre Correa era un copuchento que se mezclaba en los diversos amoríos de la clase alta, dando consejos a las virginales niñas en edad de merecer.
Justo Venard era el típico vendedor de acciones, la mayoría especulativas, incluso, algunas de ellas pertenecían a sociedades anónimas inexistentes; nadie preguntaba dónde se ubicaban estas compañías ni quiénes las dirigían ni, muchos menos, por sus balances – podían estar en Bolivia, en la Patagonia o en el norte grande. Venard sostenía que la fortuna y su expresión, el dinero, son el resorte de la sociedad.
Los dos personajes principales de La casa grande eran Gabriela Sandoval y Ángel Heredia; este último era un aristócrata empobrecido, que sólo le quedaba como herencia el respetable apellido Heredia que le había legado su padre, don Rafael.
En 1905 se produjo en Chile la fiebre insaciable de los negocios; un ministro – según Orrego Luco – pretendió volver al patrón oro que había sido sustituido por el papel moneda desde el gobierno de don Aníbal Pinto (1878). En esos tiempos no existía el Banco Central, por consiguiente, los bancos privados emitían los billetes, sin mayor control del Estado y sin exigencia de un capital de resguardo; incluso, me cuentan que un pariente que trabajaba en el Banco de Chile emitió billetes llamados Gumucio, al igual que los Edwards, los Matte, y otros. Como no resultó el cambio a patrón oro, las bóvedas de los bancos estaban llenas de billetes, que prestaban a cualquier persona que tuviera un apellido decente, como se decía en la época, sin asegurarse que el prestatario tuviera algún respaldo – sólo bastaba el buen apellido – algo no muy diferente de la crisis que afrontamos en la actualidad.
La aristocracia se había convertido en plutocracia: lo único que importaba era hacerse rico sin trabajar y, para lograrlo, bastaba poseer una concesión salitrera, el regalo de las tierras fiscales, la explotación de los fundos y, sobretodo, especular en la Bolsa; lo único que estaba vedado era el comercio, un miserable empleo público y, especialmente, trabajar. En 1905 se empezó a formar la burbuja bursátil: todos compraban acciones a bajo precio, que pretendían vender muy caro llegada la época de bonanza. En cada rueda de la Bolsa, cualquier acción subía sobre 10 puntos y aparecían nuevos ricos que habían amasado fu fortuna de la noche a la mañana y la Bolsa equivalía al vellón de oro: todos mamaban de sus grandes y poderosas tetas. Cuenta un testigo de la época que en el viaje en tren, de Santiago a Valparaíso, los nuevos millonarios celebraban con langostas y champaña sus triunfos en la especulación, donde nadie perdía, todos ganaban.
La acciones se transaban en todas partes, es especial en el Club de la Unión y en el local mismo de la Bolsa; había señoritos que pasaban el día dando órdenes a los agentes para la compra y venta de acciones, sin prever que algún día vendría el desastre: los poseedores de activos comenzaron a transpirar helado, las acciones perdían entre 60% y 70%, bajaban de $100 a $10 y, a veces, a cero, cuando eran falsas las sociedades. Ángel Heredia, el personaje de nuestra novela, había invertido su herencia en acciones de una sociedad falsa llamada Meval; en un solo día de la Bolsa, estas acciones ganaban 5% ó 6%, en la mañana y, en la tarde, no valían nada, eran puro papel. Algo similar ha pasado hoy con la extrema volatilidad de todos los indicadores mundiales: una mañana el Dow Jones baja 300 punto y, en la tarde, sube 600, terminando con números azules; un lunes o un martes en negro y todas las Bolsas caen en un 5% de su valor; en los siguientes días, que puede ser un jueves o viernes, suben el mismo porcentaje o más; ora están todos eufóricos, ora están tristes y aterrados – la más perfecta bipolaridad- En 1905 no había internet, sólo telégrafo, en consecuencia, la volatilidad no se producía tan rápida como hoy.
Ángel Heredia tuvo una riqueza efímera, que mal acostumbró a su mujer, Gabriela Sandoval, que compraba con una locura consumista cuanto producto francés ofrecían las tiendas, pues le gustaba lucirse ante sus amigas por su elegancia y riqueza. Las acciones Meval bajaron de $100 a $10 pesos y Ángel Heredia quedó completamente arruinado; no podía recurrir a sus amistades, pues estaban en la misma condición, tampoco podía reducir la comodidad de su tren de vida, pues su mujer lo abandonaría – lo que ocurrió sin tardanza-, por este motivo, entre otros, Orrego Luco fue acusado de burlarse de la sacra institución del matrimonio.
Como siempre, terminaban también pagando el pato los pobres que no invertían, por cierto, en la Bolsa - como hoy están obligados a causa de del famoso sistema previsional de las AFPs – la moneda se devaluó, los precios se fueron a las nubes y los salarios no alcanzaban para alimentar a la familia, era la inflación. Un buen día, los dirigentes de las Mutuales, un organismo que carecía de peligrosidad por su apoliticismo y exclusiva dedicación al socorro mutuo, pidió al gobierno de Riesco permiso para realizar una manifestación de rechazo al impuesto de la carne argentina, promovido por los ganaderos; el mitin comenzó pacíficamente, pero se fue calentando hasta llegar a un momento en que se transformó en una expresión de la ira popular: la Alameda de las Delicias estaba ocupada por los obreros que gritaban “muera el ladrón, hermano de Riesco”, era el rechazo a la mezcla de los negocios y la política, muy común en esos tiempos, incluso, se vio pasar por la calle el cadáver de un obrero, que aumentó la indignación popular. La Botica El Indio fue asaltada y los manifestantes se paseaban con la escultura de un emplumado indígena, seguramente norteamericano, pues en Chile no usaban plumas; aterrados los oligarcas, formaron verdaderas guardias blancas y se entretenían cazando “rotos”.
La huelga de la carne fue el anticipo de la cuestión social e inspiró a los mordaces críticos del primer Centenario: Luis Emilio Recabarren, Ricos y pobres, el profesor Alejandro Venegas, Sinceridad, Chile íntimo, 1910; es posible que el Bicentenario nos encuentre en una recesión y, a lo mejor, parezcan de nuevo críticos sociales de un Chile anómico y complaciente.