XXXII.- Dos y dos son cuatro, cuatro dos son seis, seis y dos son..
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Puesta online a las 20:47, el 19 de Marzo del 2008
XXXII.- Dos y dos son cuatro, cuatro dos son seis, seis y dos son..
Desde la ventana, cada atardecer veo aparecer la noche con su carga de estrellas que indican dónde termina la cordillera y comienza este profundo cielo santiaguino. Esa noche que es como un mantel, pareciera creado para que la luna pase sin dejar otra huella que lágrimas de emoción en la vecinita coquetona y sonrisas a María C, ya un poco más desinteresada de mis observaciones. Qué miras, pregunta y temo que interprete mal mi respuesta y parta a su departamento.
Hay días que cuesta creer que vivo en un Globo machista y en la cantidad en aumento de femicidio de este país. Hay momentos que es difícil comprender cómo se forjaron tantas María C. Hay horas que creo sentir que los hombres tememos de las relaciones con mujeres que se construyeron sin pedir permiso o como dicen mis pares, a fuerza de “cojones”. Hay una décima de segundo, producto de no sé qué experiencias que reconstruyen, que con éstas respondemos: La noche y a la vecinita.
Y decidimos caminar hacia la plaza Ñuñoa, para juntarnos con los amigos que habían salido a comprar billetes para el espectáculo de Ennio Morriccone. Todo Chile, “El bueno, el malo y el feo”, detrás del músico rococó. Por selección de clase, sólo algunos podrán “Por unos dólares más”, sentarse frente al pingüinazo y hacer un Clint Eastwood.
Es esta cultura chilensis del cotidiano, no es difícil encontrar gente que afirma personal valentía o cuenta historias escalofriantes. Como la del grupo de artistas encabezados por la gotita Benavides, que sintieron cuando los extraterrestres se comunicaron con el Temucano. Aníbal que gesticula los movimientos de una chamana poseída por un médico medieval. El relato del joven rodriguista que vivió en el Cajón del Maipo, la historia de la “cuesta creerlo”. Jorgito a todo grito corriendo entre los cerros, en el terremoto de Valparaíso sacudido como alfombra. El asesinado de Eduardo Frei en la Clínica Santa María, contada por su hijo también ex Presidente de Chile. Los fondos de mar de las salmoneras, criticados por descriptivos pescadores artesanales. Las voces que encontró Luis Avis para recrear la masacre de Iquique. La niña que imita los gritos de su madre por televisión. Los bomberos que lloran y denuncian la ausencia de agua en los grifos.
Y mañana yo, que contaré la sensación de acecho que me provoca esta realidad social, la oscuridad de las calles de Ñuñoa, de Santiago, de casi todos los Chile.
Comento la sensación que estoy viviendo a María C y dice que por esta vereda no pasa nada, por la otra es peligroso. La calle es ancha, cada una de las dos veredas tiene una hilera de árboles. La misma oscuridad. Qué recomienda una u otra vereda a los chilenos e insisto y recibo el comentario de María C.
- ¡No tiene suficiente tiempo en casa el retornado! Ustedes, recién llegados, pueden montarse a su bicicleta y pedalear inmediatamente. Vi como te lanzaste corriendo a capear una ola en Algarrobo y que al asomar la cabeza, pegaste el grito que llevamos dentro para aguantar el chaparrón de la corriente de Humbolt. Demoraste un poco más, para dejar de comprar café en grano y comenzar a gustar lo que irónicamente llamas Noescafé.
Pero eso de saber caminar por la vereda más segura, no se reaprende mecánicamente, se retoma cuando los vecinos te informan de un asalto, de los detalles de algún crimen callejero, cuando no obvias del periódico las noticias que catalogas de mundanas o cuando ocupas el tiempo en otra cosa, que mirar la vecinita de ciertos anocheceres.
Casi al llegar al “Le Pub” de la plaza Ñuñoa y a dos metros de los amigos “políticamente melómanos”, le entoné al oído… Me parecía perfecta mi María C. y ella replicó; Que antes de reconocer la vereda tranquila, a los retornados nos recupera el machismo chilenis.