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LA LIBERTAD y BENEDICTO XVI

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Puesta online a las 11:13, el 24 de Marzo del 2008


LA LIBERTAD
(24.3.08)

Por Wilson Tapia Villalobos


En Occidente, la Semana Santa siempre ha sido un período de recogimiento y regocijo para los cristianos. Y sólo de regocijo para aquellos que, sin profesar religión, disfrutan del acuerdo social transformado en asueto por este momento magno.
Por la importancia del cristianismo, y del catolicismo dentro de él, la fecha es utilizada para lanzar mensajes trascendentes. Esta vez, el Papa Benedicto XVI abordó el tema de la libertad. Pero no fue el único. Directa o indirectamente, la libertad se transformó en centro de atención para muchos. Periodistas europeos defendieron la libertad de información. Y en respuesta a ellos, Osama Bin Laden lanzó nuevas amanezcas contra quienes, a propósito de la libertad de prensa ofendieron al profeta Mahoma. Incluso entre nosotros, también la libertad fue tema significativo. El otrora líder indiscutido de la derecha chilena, Joaquín Lavín, fue vapuleado por sus compañeros de ruta al ejercer la libertad de disentir.
Benedicto XVI abordó el tópico criticando “la tentación de la humanidad” de querer ser autónoma, de “seguir sólo su propia voluntad y de entender que sólo así seremos libres”. A renglón seguido recordó que Adán cayó en pecado por querer hacer su voluntad y no la voluntad de Dios.
Las palabras del Santo Padre sirven para recordar que la libertad está en cuestión desde siempre. Napoleón decía que un pueblo libre sólo es posible “si los gobernados son sabios y los gobernantes Dioses”. Y Emilio Castelar sostenía que “la libertad es el instrumento que puso Dios en manos del hombre para realizar su destino”.
La mayoría de los grandes pensadores, religiosos o no, la han abordado. Y pese a la sabiduría y profundidad de Kant, Hegel, Engels, Marx, Platón Aristóteles, San Agustín, Leibintz, Sastre, y tantos otros, el tema sigue abierto. Lo interesante del planteamiento papal es su oportunidad. La condena a las ansias de libertad del ser humano tiene que ver con la conducta que éste desarrolla en el mundo globalizado de hoy. Con el cambio de parámetros morales. Y, por cierto, con la estrategia que aplica la institución religiosa para mantener su influencia.
Un dilema que tampoco es nuevo. Sin embargo, el Papa actual soporta además otras tensiones. Si bien la Iglesia Católica ha sido capaz de manejar durante dos mil años un poder considerable, hoy la religión institucionalizada pierde apoyo, mientras aumenta la religiosidad. Y todo en un mundo en cambio constante. Por tanto, con exigencias de respuestas inmediatas que caen sobre una burocracia que exhibe dificultades para desembarazarse de las posturas conservadoras.
Hoy es más evidente que nunca que no basta con las declaraciones altisonantes. El mundo virtual en que vivimos convierte en desechos casi instantáneos los dichos que no se transforman en hechos. No basta con la referencia bíblica. Entre otras cosas, porque la realidad consumista empuja al ser humano a respuestas tangibles. Y en esa búsqueda, las cuestionadas son las instituciones, sean éstas democráticas, religiosas, culturales o de cualquier índole.
Las revoluciones burguesas de los siglos XVIII y XIX relacionaron poderosamente a la Libertad con la Justicia y la Igualdad. Y pareciera que ha llegado el tiempo de los balances. Algo más de dos siglos han sido suficientes para que los cuestionamientos suban de tono y el ser humano no se conforme con la promesa de que nacemos libres e iguales. Quiere también vivir libre e igual. Para tales aspiraciones, la institucionalidad, incluyendo la religiosa, no tiene respuestas.
Obviamente, el problema no es sólo de Benedicto XVI. La estructura política democrática soporta tensiones similares. Aunque ésta no se encuentra sujeta por las ataduras de la verdad revelada. Tampoco tiene el freno de adecuar su mensaje a ser el emisario directo de Dios, en un mundo en cambio acelerado que, finalmente, es su obra. Sin embargo, la demanda es igual de urgente y, tal vez, más dramática.
En beneficio del Papa, hay que señalar que su llamado es amplio, respetuoso y plagado de bondad. Muy lejos de la mirada que puede tener un líder fundamentalista como Osama Bin Laden. Sus amenazas contra el Vaticano y a las naciones europeas por lo que él denomina cruzada antiislámica, es también otra cara de la moneda de la libertad.
¿Qué debe prevalecer? ¿La libertad de expresión que permite burlarse de la fe y de todo lo que para algunos pueda ser respetable o la libertad que, según Kant, es la conciencia del deber?
La libertad seguirá siendo un tema central. El abuso de ella es un hecho. Y tal vez no sólo como le preocupa a Benedicto, sino porque el poder económico está haciendo abuso de ella e imponiendo patrones de conducta que son engañosos y dañinos.





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