En brazos de la soledad. Por Carlos Benítez Villodres
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Puesta online a las 22:19, el 04 de Abril del 2008
En brazos de la soledad
Por Carlos Benítez Villodres
La soledad, que significa aislamiento o confinamiento, falta de contacto con otras personas, puede tener origen en diferentes causas, como la propia elección del individuo, una enfermedad contagiosa, hábitos socialmente inaceptados u otras como la situación social o laboral de la persona.
La soledad durante períodos cortos es a veces valorada como un tiempo más o menos corto para trabajar, pensar o descansar sin ser distraído.
Para Kafka, que vivía en Praga con su familia, la soledad era difícil de conseguir y al mismo tiempo imprescindible. Por eso, las noches eran su momento preferido para escribir. En una carta a Felice comenta: “Para poder escribir tengo necesidad de aislamiento, pero no *como un ermitaño*, cosa que no sería suficiente, sino como un muerto. El escribir en este sentido es un sueño más profundo, o sea, la muerte, y así como a un muerto no se le podrá sacar de su tumba, a mí tampoco se me podrá arrancar de mi mesa por la noche. Esto no tiene que ver directamente con la relación con los hombres, pero es que sólo soy capaz de escribir de esta forma sistemática, coherente y severa, y por lo tanto, sólo puedo vivir así”.
Susan Sontag recuerda al escritor de “La metamorfosis” cuando habla de su necesidad de soledad para buscar “la propia voz”. Kafka imaginaba un taller en el sótano de un edificio, donde dos veces al día alguien pusiera algo de comer en la puerta. Él decía: “Para escribir nunca se está suficientemente solo”. Pienso en escribir como en estar en un globo, en una nave espacial, en un submarino, en un armario. Es ir a algún sitio donde no hay nadie a concentrarse, a oír la propia voz de uno.
“Solamente aislándose por completo -dice Oscar Wilde- se puede trabajar. La ociosidad te proporciona la disposición para escribir, y la soledad, las condiciones. La concentración en ti mismo te devuelve al nuevo y maravilloso mundo que surge en el color y la cadencia de las palabras en movimiento”.
Paul Auster escribió tras la muerte de su padre “La invención de la soledad”, una de las reflexiones más lúcidas sobre la capacidad y la necesidad que tiene el escritor de estar solo: “…Creo que lo asombroso es que cuando uno está más solo, cuando penetra verdaderamente en un estado de soledad, es cuando deja de estar solo, cuando comienza a sentir su vínculo con los demás…”
“Creo, en realidad, que en el trabajo literario uno siempre está solo -dice García Márquez-. Como un naufrago en medio del mar. Sí, es el oficio más solitario del mundo. Nadie puede ayudarle a uno a escribir lo que está escribiendo”.
Muchos son los escritores que reivindican un espacio y un tiempo propios en el que la única compañía sean sus fantasmas. Y es que para escribir se necesita estar en otro mundo, lejos de la gente y del ruido, porque es preciso un silencio absoluto en el que sólo se escuche la voz de uno mismo.
“La escritura se consigue en horas de soledad, refiere el escritor nicaragüense Sergio Ramírez Mercado, disciplinándose, encerrándose a escribir. En eso es lo único que la escritura se parece al poder, en el asunto de la soledad porque sin soledad no hay obra literaria, pero es una soledad buscada; me parece que en el caso del poder la soledad es una consecuencia del poder. La gente se va alejando del que manda. Se va creando una cámara de vacío y las señales que le van llegando al que manda sólo son ecos lejanos de la sociedad por esta intermediación de vacío que se crea.
Al contrario, la escritura es una soledad que el escritor busca para poder crear, pero obviamente es una soledad en la que uno está muy acompañado de todos los personajes del libro que está creando”.
Es evidente que el escritor escribe en soledad, la necesita para plasmar en el papel o en la pantalla del ordenador aquello que le sale de sus adentros. “Cuesta pensar, manifiesta el escritor chileno Edmundo Concha, que existan personas que se aíslan y sólo cultivan su espiritualidad, en este caso leer y escribir (como Alone -Hernán Díaz Arrieta-). Sin duda son personas hipersensibles, con gran riqueza interior, y eso los hace capaces de no importarle las cosas que a la gente le interesa, sino abocarse a la lectura y a escribir”.
Existen y han existido siempre. Y siempre han chocado con el exterior, vulgo o masa, porque a ésta no le cabe el desligamiento de alguna de sus partes, ya que constantemente lucubra que el mundo está inmerso en la mayoría.
Ciertamente los artistas en general necesitan de algún sosiego para realizar su trabajo y esa quietud, obviamente, se la proporciona la soledad. Es imprescindible. Sólo las personas inteligentes y cultas entienden esto y lo respetan. Los tontos, los huecos, los mediocres no pueden y le saben a “rareza”, a cuestión de locura. Por eso los verdaderos artistas se rodean de seres que los comprenden y se amoldan a sus costumbres. De lo contrario, pierden.
Interesante el tema de la soledumbre en los escritores, en especial porque toca un punto exclusivo que conviene tener en cuenta. En nuestra vida, hemos percibido la diferencia que marca la clausura interior. No ha sido fácil, porque se tiene que lidiar a diario con las obligaciones, los deberes, “las cosas simples de la vida”…
“La soledad es una vasta región, expresa el escritor torrevejense Rodolfo Carmona, donde dormimos y soñamos. La soledad es un mar sin oleaje, un lago en mitad del desierto, un ninguna parte en cualquier parte. La soledad visita siempre al escritor cada vez que éste la llama, que la necesita. El escritor necesita la soledad, pero la soledad no necesita al escritor”.
Cuando el escritor se dedica a su obra, debemos dejarlo solo, en brazos de la soledad, pero nunca debe sentirse solo porque esta situación para él le llevaría a la desesperación, a la muerte.
“Soledad no es estar solo. / Soledad es quererte yo a ti / y que tú quieras a otro”//, nos dirá la tradicional copla flamenca. En tanto que Emilio Prados escribe: “A la vez que soy no soy, / pero he de llegar a ser / lo que quisiera ser hoy, / cuando entienda que el no ser / es ser lo mismo que estoy. // Preguntando y preguntando / pude llegar a saber / que nada estaba buscando / para quitar este padecer / que ya me estaba matando”.// (Del libro “Mínima muerte”, 1944. Poemas interpretados por “Fandangos del Curruco de Algeciras” en la voz de Alfredo Arrebola, 1999. “Homenaje Flamenco a Emilio Prados”). Ahora a meditar lo leído.