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El agüelo de los Ferrocarriles de Chile Por Juan Godoy

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Puesta online a las 21:44, el 23 de Abril del 2008


El agüelo de los Ferrocarriles de Chile





El flaco Fuentes fue partiendo el carbón sobre los rieles del tren manchado de sangre de ratas que ultimaban los mocosos para que las plagas de roedores fuesen viendo que con el proletariado no se juega: ¡éste si que era proletariado!,

¡no necesitados con pobrezas! A la cresta los discursos acompañados con arpas y guitarras traídas de la Pení, con cuerdas roñosas y sus guitarristas con care cilantro remojado en vino. A la mierda las promesas acompañadas con vinitos, tres tiritones, y lechones enfermos que regalaban en los mataderos. Al carajo el cabo Sánchez que pasaba borracho a las orillas de los rieles para ver cuantas ratas habían matado los cabros de la población de emergencia. Nadie habría vivido en tal miseria. Todos los sin casas alojados en mediagua a orillas del Zanjón de la Aguada. Al frente de las mediaguas los rieles que eran como el jardín ruidoso de la población callampa en lo Valledor que, por pura raja, el zanjón de la aguada la infectó toita sino, te fuiste mojón por el agua, y el señor Presidente Alessandri, o el paleta de los ricos, hubiese tenido que entrar al infierno de los rotos para llorar por los infelices adobados de mal olor a mierda de Santiago y mojados de pichi y no de chicha o de melón con vino. Gracias a las infecciones, años más tarde, se los llevaron a la población los Nogales.

El flaco Fuentes, o el “agüelo”, como lo llamaban en la población de emergencia de Santiago tenía un largo trayecto de sufrimientos.

Trabajaba para los ferrocarriles y no le pagaban nunca porque no tenía contrato.

Otros operarios, los más rajudos, veían tarde mal y nunca sus salarios de hambre sino, para alimentar sus largas familias, rompían las puertas de algunos vagones con carne y se pagaban sus meses de duro trabajo con alimentos expropiados.

Eran rotos; eran los tiznados cargados de miserias.

El agüelo pasaba juntando todo el resto de carbón que caían de las locomotoras antiguas y luego lo llevaba a su casita de barro porque en ella lo esperaba su dulce y arrugada, sarita, que lo premiaba con besos en las mejillas completamente sudadas y negras de tanto tizne.

A veces ella le tocaba el poto y le tiraba un piropo para que el agüelo riera y mostrara amor hacia su peor es nada.

Todos los vecinos de la población de emergencia iban a saludar a la sarita porque era milagrosa ya que regalaba carne y porotos a los más pobre de ella. Eso de la carne era exagerado porque el flaco Fuentes lograba arrebatar algunos huesos de los vagones y los amontonaba cerca de una zapallos que tenía en un gallinero abandonado. Los huesos, eso lo sabían todos, habían sido hervidos sus tres veces..., era para darle sabor a la pobreza. La sarita, luego de haberlos cocido tantas veces los regalaba. La población de emergencia era el centro de la prole en el propio hocico de la población San Joaquín.



No había noche que no se oyeran peleas de los vecinos. Los de antes eran tiempo serenos, repetían algunas mujeres. Algunos matarifes, que llegaban a la población de emergencia a visitar a unos parientes, solían mostrar sus dotes de buenos peleadores con corvos en manos y más de uno terminaba con sus tripas en las manos. Algunos vecinos corrían a buscar sus chiquillos y gritaban: ¡ya cabros güeones, por mirones, a la cama! De forma inmediata la población de emergencia quedaba desierta y un cuerpo de un perdedor era arrastrado hasta la calle principal para llevarlo en taxi a la posta central de la Estación Central.



El agüelo lloraba de pena. Mientras él pedía a sus santos que hundiera con las aguas del zanjón la población de emergencia, otros, los más guapos cantaban guarachas o temas de Lucho Barrio. Eran los pobres del Paleta.

Era la maldición de la pobreza. Los pocos que trabajaban solían ser cogoteados al cruzar el puente que corta la población San Joaquín con lo Valledor. La junta de vecinos era una estatua. En medio de un polvoreo corrían algunos jinetes montados en unos caballos apenas robado en la Feria de remates de equinos. Carabineros ni investigaciones lograban entrar a la población de emergencia. Los muertos se lloraban en las mediaguas y se transportaban en carrozas tiradas por caballos hasta el cementerio general de Santiago. “La pelá vive en la población güeones tontos.... ¿ por qué creen que la derecha los trajo hasta aquí? Son giles, los pobres son giles porque se matan entre ellos y no se ayudan para terminar con la humillación en la cual los hundió el gobierno” Tiempos del paleta, igualito a los de ahora... La iglesia llegaba solamente cuando había que hacer el mes de María. Las madres sin poder mandar sus críos a las escuelas, al kindergarten..., los mandaban a la feria de remates de vacunos para ver si un campesino se los llevaba al campo y pudieran trabajar, al menos, como peones. No había posibilidad de salir del infierno.




De la boca de los vecinos del barrio volaban injurias y apuestas contra los milagros que ofrecía la Iglesia. Se enloquecía. Ollas llenas de piedras servían para trancar las puertas de las mediaguas. Atracos contra las familias que tenían bacinica propia y no iban a los cagaderos colectivos que ya estaban repletos de excrementos y de moscas. El agüelo, eso me contaron, murió un primero de mayo. El tren nocturno lo arrolló mientras él recogía el carbón para su sarita. Nunca se le pudo sepultar porque su cuerpo fue molido por el rápido. Dicen, o me dijeron, que la sarita recibió del loco Rosca, hijo del agüelo, un saco de monedas de oro... Nunca supimos si ese oro fue el botín de atracos del loco... porque murió a los pocos minutos de haber dado el tesoro a la sarita... Cuentos... puros cuentos porque no se sabe de donde cresta los pobres inventan tanta güevada para matar las tristezas. El paleta y sus patrones construyendo poblaciones de la muerte. En la bitácora del paleta se torturó a los pobres, en las bitácoras del 2008 se sigue matando al pueblo.







Juan godoy
Escritor y pintor






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