Atonía del Carmen Gutiérrez lloró bastante cuando su conejita murió en la terraza de su casa. Después se calmó y vistió de luto al conejito, compañero de la difunta, y le pidió que fuera fuerte.
- Tu compañera, era golosa, conejito, no se si te acuerdas de su gordura...
- Cómo no me voy a acordar si murió hoy...
- Bueno, como te digo, a tu compañera le gustaba un cuervo, y dicen los gorriones que la vieron hasta besarse con el pajarraco.
.....
..... -¡Ay, que traidora, Santos de todos los consumidores de zanahorias! Con los libros que me estoy leyendo se me estaba olvidando que era mi esposa. Que hagan un estofado con ella y que el vecindario tenga un buen provecho.
En la calle de Basel con Rondizzoni, el miau de un gato rajó el silencio y se llevó la coneja muerta.
- Se fue a las pailas el estofado para los vecinos, conejito.
- Me gustaba la idea así la muy infiel pagaba su culpa en platos hondos y bajos.
Antonia del Carmen, la pobre, no es que andaba tan bien de salud mental. Era una mujer rica. ¡Tenía un poder inmenso en la química basilesa...!
..... No hubo funeral para la conejita. Las noches que llegaron fueron un infierno para el conejo viudo. Se lamentaba que temía a la obscuritas. Antonia del Carmen hizo instalar ampolletas dentro la jaula.
El vecindario estaba hasta la coronilla con las misas que la Antonia del Carmen hacía en el jardín de su casa en memoria de la conejita muerta. Dicen que a la Antonia del Carmen la gobernaba el diablo.
Su vida de la mujer se transformó en un calvario. En las noches no podía caminar bajos los faroles de la ciudad porque, y esto no es mentira, las ampolletas explotaban. Todas las noches la misma cosa. Todas las noches la ciudad sin iluminación por culpa de la Antonia del Carmen.
Los basileses, por desgracia, no comprendieron el mensaje. Pero con unos cuantos artículos en los principales diarios de Basel se informó sobre los temores de un conejo viudo.
..... Todo era banal. Los oportunistas venían a dar el pésame por la perdida de la conejita. Otras vecinas, esas medias burguesas y con colonias falsificadas traídas de Turquía, pasaban a tomar el té con la Antonia del Carmen y, de paso, le depilaban las piernas porque ella, sin saber la razón, las tenía siempre peludas. Una noche de invierno, eso me contó el jardinero de mi barrio, vieron a las vecinas que peinaban a la Antonia del Carmen para luego entregarla a unos señores bajos, de piel color verde, de ojos en las orejas y de manos como martillo, que la subieron a una especie de platillo de taza de té y que desaparecieron en el espacio.
Cuentos o no, el conejo viudo, heredero de tantas riquezas, se viste con smoking y camina por la ciudad de Basel fumando zanahorias como si con su pinta decorara las mentiras que he entregado en mi historia...