Cimentando el presente. Por Carlos Benítez Villodres
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Puesta online a las 10:07, el 29 de Abril del 2008
Cimentando el presente
Por Carlos Benítez Villodres
Siempre hay alguien, tanto en el exterior como en el interior de nuestro círculo social, que se extraña de que una vez que sucedió algo, ya no cabe hacer ni pensar nada para rebobinar el hilo del tiempo, aunque comenzase una nueva vida en un lugar donde nadie lo conozca. Son tan memos estos insensatos que se creen que el hombre arrastra al tiempo y no éste a aquél. Verdaderamente es el tiempo en su viaje continuo el que arrastra al ser humano hasta el último instante de su vida. Al concluir este instante habrá finalizado el tiempo individual de esa persona, pero no el universal, ya que éste empezó con la vida humana en el mundo y terminará con su desaparición, si es que en algún momento ésta desapareciera totalmente del planeta.
Es evidente que lo noticiable de la inmediata realidad no nos proporciona, aunque tenga un origen remontable en el tiempo, una visión de conjunto histórico. Bien es cierto que la Historia, manipulada o no, se escribe tras el paso de varios siglos. Ésta se nutre en especial de historias, con minúscula, que se contemplan más a corto plazo. Resulta interesante y, en determinados casos, aumenta nuestro bagaje cultural leer opiniones sobre lo que se dijo y lo que se hizo, sobre las convicciones y las actuaciones reales o realistas llevadas a cabo a lo largo del tiempo pretérito. Por otro lado, existieron y existen personalidades públicas –de las que hacen Historia- que piensan, hablan y escriben de una manera, pero actúan de otra.
Ciertamente cuanto más tiempo caminemos, la realidad y las necesidades atemperan los comportamientos y los alejan del fundamentalismo. A pesar de lo expresado, los problemas que surgen entre los hombres, se conozcan o no, tienen frecuentemente sus raíces en el paso del tiempo. No olvidemos que envejecer es renunciar a un sinnúmero de cosas. Por ello, cuanto más se acreciente nuestro tiempo personal, a más acciones y cosas renunciaremos. Las dos ideas clave incluidas en este parágrafo no dejan de ser una pura contradicción de las muchas que brotan de la vida de cualquier persona.
Además, también es una realidad comprobada que cuanto más envejece un individuo, más se acerca a la zona privada y personal de su infancia. Es otra contradicción, pero está ahí. De ello pueden dar testimonio actualmente aquellos seres humanos que pasaron la barrera comprendida entre los setenta y cinco y los ochenta años. Una barrera claramente psicológica, ya que cuanto más atrás la dejemos más nítidos tendremos los recuerdos de aquella infancia que creíamos desaparecida y olvidada por siempre.
A medida que un hombre llega y se adentra en el bosque de la edad madura pierde posibilidades físicas y mentales con cada año que pasa. De igual manera, pierde ilusiones, esperanzas, amistades… Se halla en esa época de la vida del ser humano, en la que la mayoría de las personas vive por vivir, incluso el genio muta, quizás inconscientemente, sus genialidades en vulgares gilipolleces, debido al desgaste natural del sistema nervioso, tanto central como periférico. Esta degeneración se acelera y, al mismo tiempo, se acrecienta si la persona no eligió, en su tiempo pasado, su profesión, sino que ésta lo eligió a ella.
Esta transformación trae consigo un debilitamiento progresivo del credo humano y de las ideas, de los pensamientos y de las reflexiones… que manan de un sujeto cualquiera, es decir, en la juventud se discute sin rencor y sin venganza y, me atrevo a escribir, hasta con complacencia o satisfacción. Sin embargo, en la madurez esas afrentas dialécticas son causas de increpaciones, ninguneos, odios…, y en la vejez, debido a un aumento considerable de la maldad, el egoísmo, la obstinación…, alcanzan dichas actitudes negativas el máximo de grados. Los políticos y los practicantes de alguna rama de las artes en especial la creación literaria son más susceptivos y desconfiados que las demás personas. Son bandas estas de egocéntricos y ególatras. La amistad entre estos “cerebrines” de la literatura, la música, la pintura…, se basa, en una inmensa mayoría de casos, en la instabilidad y fugacidad. A estas personas les pasa como a las reses bravas. Cuando son becerros se muestran juguetones y cariñosos, pero, cuando cumplen la edad para ser lidiados, sólo se puede esperar de ellos una cornada mortal de necesidad. Además, estas pandillas de hipócritas dicen públicamente que creen en la dignidad humana, pero sólo apuestan e imponen sus criterios formados en los hondones de su casi siempre agria personalidad. Por ello, para estos individuos la educación no es una cuestión que les afecte directamente, sino a esos otros que, según estas manadas de “pesos pesados”, se encuentran en estratos inferiores al de ellos.
Son tan necios estos lameculos malintencionados que no quieren concienciarse de que cuando un hombre pierde aquello que le pertenece, pierde también la libertad, ya que estas mafias de creadores, no exentos de vulgaridad, creen a pie juntillas que “libertad” es término sinónimo de “servidumbre”. Si un buen día alguien se asomara a sus pozos sin fondo comprobaría que sólo hay en ellos oscuridad, desilusión sin límites y envidia férreamente enraizada. No, no hay sentimientos verdaderamente solidarios en ninguno de ellos. Tan sólo lo dicho impregnado de demagogia. Para estos “padres eternos” de la literatura, o de la música, o de la escultura… hay dos clases de compañeros o amigos: aquellos que pueden ayudarles, con sus poderes, a escalar la montaña del arte que practican y aquellos otros que sólo son de usar y tirar. No hay más.
Estos quitamotas, que mantienen cierta distancia con su entorno artístico, se creen que son “líderes” entre aquellos que cultivan su misma arte, pero no piensan, en contraposición a sus creencias dogmáticas, que aún son incapaces de hallar el propio espacio en el mundo que les rodea. Se lamentan y se lamentan porque ignoran que “las lamentaciones, expresa Abel Dufresne, no sirven para nada; entregarse a ellas es perder el tiempo presente por un pasado que ya no nos pertenece”. Sin embargo, para construir el futuro es imprescindible cimentar el presente. Pero no es menos cierto que sólo edificando el presente con visión de futuro será útil lo que hagamos, no sólo para salir del paso ahora, sino para preparar el camino que otros habrán de recorrer mañana. Ahora a meditar lo leído.