Es evidente que la generación de los adolescentes y jóvenes de los primeros años del siglo XXI es diferente a las que les precedieron. Cuanto más retrocedamos en el tiempo, las diferencias se incrementan. Es un error, por parte de los adultos, creer que tales diferencias no existen o, si las hay, son mínimas.
La vida real de los jóvenes de hoy está en otro lugar diferente del que buscamos... Su vida es de ellos, y nos resulta difícil interpretarla, según nuestros esquemas habituales. “Cuando la juventud pierde entusiasmo, dice Georges Bernanos, el mundo entero se estremece”. De ahí la necesidad de recordar continuamente que los jóvenes no son objetos de adoctrinamiento, para encuadrarlos y numerarlos dentro de nuestro círculo de adultos, sino personas que están recibiendo una vida a la que debemos acercarnos sin esos prejuicios e interpretaciones que sólo sirven para tranquilizarnos. Entonces escucharemos la palabra que nos quieran dirigir cuando sientan que los acompañamos en verdad.
Los jóvenes de hoy no sólo son “diferentes” con respecto a los adultos, sino que también lo son entre ellos mismos. Y en consecuencia tienen experiencias de vida diferentes que expresan a través de lenguajes y modos culturales variadísimos. Son diferentes los jóvenes rurales de los urbanos, aunque se haya dado un acercamiento entre estos grupos; son diferentes los jóvenes urbanos de los centros de las ciudades de los de los barrios periféricos, diferentes los que han tenido largos procesos educativos de aquellos que han realizado estudios técnicos más breves, o los que transportan sobre sus espaldas el fardo del fracaso escolar. Los de familia estructurada de los de familia desestructurada; los que se han criado en la calle de los que no la han conocido, los superdeportistas de los amantes de las discotecas, etc.
De lo expuesto anteriormente se deduce que encontramos jóvenes con deseos de éxito, de una vida soñadora, pero la gran mayoría de las veces fantasiosa, con sueños irrealizables o metas absurdas que en el fondo los van a dejar insatisfechos y siempre pensarán que el problema está en el mundo y no en ellos mismos. A pesar de ello, “el tesoro del hombre es su verde juventud, manifiesta Jean Ronsard, el resto de la vida es invierno y senectud”.
Otro tipo -quizás el más penoso- es una juventud dependiente, mediocre, sin deseos de progresar, que sólo vive por vivir, incapaz de responder a ninguno de sus cuestionamientos, pues le huyen. Les aterra pensar en el futuro, sólo quieren el presente que en sí mismo ya los agobia. Buscan el placer por el placer, sin un rumbo fijo por el cual caminar, con un futuro incierto ya que los mueve algo parecido al instinto y no son capaces de ir mas allá de cómo se sienten.
Pero también hay una clase de jóvenes que se detienen a pensar seriamente en su vida. Piensan de una manera concreta y no por eso dejan de soñar... pero sueñan en serio. Y son capaces de poner todo de su parte para llevar a cabo su objetivo en la vida. Estos jóvenes luchan, luchan por responder a lo que creen, son personas que con sólo mirarlas te das cuenta de su coherencia, aunque también es cierto que “demasiada cordura, refiere Baldassare Castiglione, en los jóvenes es mala señal”.
Son, pues, muchos los modos, estilos y dimensiones de sus existencias. Acompañarlos, aunque no sea sino en un pequeño tramo de su recorrido, exige, para los adultos un desprendimiento que sólo es posible si logramos engendrar en nosotros actitudes profundamente humildes, comprensivas, sinceras.
En la actualidad, los jóvenes tienen una visión cada vez más negativa de lo político, al punto de considerarlo como algo que complica la existencia. Son también muy presentistas, las cosas pierden rápidamente su validez, se vive la cultura del “ya fue”, se valora el acceso, el consumo, la competencia y el ahora. Además, los jóvenes tienen grandes dificultades para entrar en el mercado de trabajo. Si bien las empresas prefieren gente joven, no cualquier joven está capacitado, según ellas, para las exigencias del “nivel de excelencia empresarial”. El medio laboral es, por consiguiente, muy agresivo, ya que ostenta, en cuanto a los jóvenes de hoy, la exclusión y la prescindencia.
La experiencia fundante de los jóvenes actuales es vivir la vida intensa, eufórica y apasionadamente. La civilización de las sensaciones ha hecho del joven un consumidor programado, como si esa forma de vida fuera un dogma absoluto que a todo cuanto existe le encuentra esta “función”: consumir.
Junto a esta concepción dañina para la vida, surgen sin embargo nuevas maneras de vivir valores, un nuevo código de valores: la “libertad” es un valor-clave; la “autenticidad”. El joven expresa lo que es y lo que siente sin inhibiciones ni prejuicios, liberándose así de tabúes y mitos sociales; el “amor-placer” como meta primera de la libertad; la “experiencia personal” como la fuente y el criterio de verdad y de valores; la intuición y enamoramiento como la única lógica que impone el fin de gustar la vida; la “omnipotencia”: poderlo todo, aunque todavía no se pueda todo; fe en la libertad y en los adelantos científico-técnicos; la “justicia unida a la paz”, como un deseo y un gran sentimiento, es decir, es una gran esperanza, es más una utopía que un compromiso personal; la “unidad universal” como búsqueda de una humanidad segura y sin riesgos; el “futuro como mentalidad de cambio”, no repetir los errores del pasado, buscar un mundo nuevo a la medida del hombre libre; la “trascendencia del ser humano” como ser supremo, lo cual no excluye a un Ser Trascendente, pero lo acepta o rechaza si responde o no a su concepto de realización humana. Claro que estos valores no se dan puros en nadie. Y, además, los mismos valores pueden vivirse como antivalores.
Hay dos realidades culturales que afectan profundamente a los jóvenes, y que viven de manera muy intensa: la música y la imagen. A través de la música y de la imagen, expresan tanto su comunicación, es decir, cuando los informan, los emocionan o les permiten construirse por identificación y “adhesión sentimental” a lo presentado, como toda su cerrazón, es decir, cuando a través de ellos huyen de la realidad y se colocan en mundos fantasiosos o se zambullen en otro mundo, dejándose atrapar mentalmente por los medios de comunicación en lugar de pensar por ellos mismos. Por consiguiente estos medios son instrumentos de comunicación, pero también pueden ser instrumentos de cerrazón,
Los medios educan en valores (o antivalores), imponen un modo de ver el mundo, la existencia, proponen gustos, establecen prioridades. En definitiva, construyen la personalidad de las nuevas generaciones mucho más que la escuela y la familia.
Esta generación, que llamamos “epidérmica”, necesita sentir para adherirse, emocionarse para comprender, y engancharse para actuar. Generación para la que la apariencia, el “look”, las marcas, lo “fashion”, etc., es muy importante. Prefiere los caminos de la sensibilidad a los de la racionalidad. La palabra no es instrumento de comunicación ni profundización, de ahí las dificultades entre los jóvenes para la expresión oral y escrita. Ciertamente los medios de comunicación supieron captar (dirigir y utilizar con fines comerciales) esta sensibilidad especial de las nuevas generaciones. Ahora a meditar lo leído.