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Unos muertos han vuelto a la patria

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Puesta online a las 21:38, el 22 de Junio del 2008

Unos muertos han vuelto a la patria

Los caballos tiraban la carroza (con el finado Méndez en su interior) en medio de un campo completamente lleno de callampas venenosas. El carrocero, no sé por cual motivo, soltaba sus caballos, dos negros y dos blancos, y ellos corrían a todo velocidad para descargar, según me dijeron, su temor a la muerte. Desganchado los caballo el sarcófago del finado Méndez lo sacaban de la carroza y lo dejaban por un rato bajo un sauce. Los caballos saltaban el tiempo..., el finado Méndez, los vivía como último muerto bajo el sauce. Era el alba. Los gallos, por duelo, no cantaban. El carrocero, amigo del finado Méndez, estaba cumpliendo el último deseo del finado. Destapó el cajón, sacó al finado de su interior, lo sentó bajo el sauce y, para finalizar le puso un babero de guagua en el pecho. La segunda parte era amarrarle un vaso lleno de chicha en la mano y, en la otra, una empanada jugosa. En las orejas, dos puchos y una armónica en un bolsillo de su camisa. Lentamente que iba cumpliendo el deseo del finado los caballos se iban envenenando con las callampas. El sol se avergüenzaba, sus colores denunciaban los estúpidos deseos de un muerto. Los cuatro caballos, ya envenenados, se revolcaban en el pasto. Muchas veces el cielo bajaba hasta ellos y les sobaba el estómago y, sin preguntar nada, garabateaba sin justificación al finado Méndez. Los caballos habían muerto. En ningún país del mundo resucitan los equinos. En chile sucede. El sol, sorprendido, hociconeaba por el planeta que los ritos de las callampas envenenadas son lo peor que suceda en la tierra. Muchas veces habían muerto estos caballos. Otras tantas, los finados resucitaban por un par de minutos y se bebían la chicha, se comían la empanada y se fumaban los dos cigarrillos que tenían en sus orejas para luego terminar su vida con un par de notas de armónica. En medio de los campos de Chile, por Dios, !qué escándalo! hasta las gallinas se pervertían con los rituales que daban diamantes en vez de huevos. Ya, pasada sus tres horas de muertes, resucitaciones y enganche de caballos, se volvía a la realidad y se llevaba al finado a su última morada. No siempre sucedía... algunos finados no respetaban el pacto del último deseo y, al sobrevivir escapaban de Chile... o se asilaban en las embajadas.

Yo fui uno de esos muertos... Eso me dijeron el día que me mataron. Mi carne en exilio, mi alma fallecida. Hablando con los compañeros muertos... nos intercambiábamos unos números de teléfono que nos entregaron nuestros torturadores en caso nos perdiéramos en el infierno. Algunos agradecían a los tiranos por tanta amabilidad, otros los amenazaban, y, los mas choros, escupían la cara a los verdugos. Los muertos son hombres a pata pelada. Se les ve desde las colinas chilenas.Los árboles, son la rosa escondida que los muertos pueden ver al pasar la otra puerta de la tierra. Unos muertos han vuelto a la patria. Han sido Presidentes de Chile, otros siguen gobernando, pero es la carne que sigue el pasado, es la orden de ayer que tortura al presente, es el pacto con la tiranía de Pinochet que los muertos regresen y opriman... Otros, los muertos de carne y alma se quedaron bajo el sauce..., esperando que las nuevas generaciones les devuelvan la dignidad y que nunca más Chile se vuelva a repartir en el exilio.

Juan Godoy

Escritor y pintor








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