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Jumiento 44. Por Juan Godoy

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Puesta online a las 9:39, el 05 de Julio del 2008


Jumiento 44



Antes, digo antes que la escuela fuera obligatoria, era intolerable que los campesinos supieran leer. La lectura del pobre de la tierra eran los regaderos, las zanjas, los cauces y si desaparecía era porque lo habían botado a un canal. Vida de acequias. La intransigencia del ignorante con plata. Aceleran el alba y esconden la noche para que los comuneros toquen el fondo de la tierra y la vida se vuelva relativa, próxima a los huesos de sus pobres viejos sepultados en los campos de choclos. El intachable patrón de los campos que se adueña de la tierra y los peones son mulas, la ley un apóstrofo y la arrogancia el sentido de todas las cosas. Chile acoge inversionistas, acapara los pobres para los colonos, ampara la discriminación y los asesinatos de comuneros, arrima la conveniencia e ignora el llanto. Eso le pasa por ser pobres, dijo un colono, y escribió en el pecho de un niño un número "44". Jumiento 44. El campo, la crueldad del invierno y el amargo latigazo del futre, fueron sus primeros libros de lectura. Jumiento 44, trabajaba duro: arar la tierra, luego limpiar corrales, más tarde ordeñar las vacas, y, ya muy tarde noche, ayudaba a su pobre vieja. Su madre se llamaba Miriam 33. Era una mujer de inmensos senos repletos de leche y, el futre, la obligaba a que ella le diera de mamar a sus lechones guachos. Jumiento 44, no podía hacer nada. Su padre, Ramón 32, se sentía feliz y honorado por ser el campesino preferido del futre. Todo malestar de Jumiento 44 era, para el futre, ilegitimo. No se podía invocar la justicia porque era desconocida. Si al menos nevara en los campos de Chile pues el hielo sería el pavimento que sepultaría la verdura y la ortografía de la nieve sería la muerte razonable del campesino. NO había modo de describir un Dios capaz de sacar de los campos a los pobres numerados. Los argumentos del campesino eran el tiempo, la verdura, las vacas y de nuevo el tiempo. La intemperie del alba que era más cerca del cielo. Una gallina tenía mejor vida de un campesino. Plumíferos sin conciencia, tontos y sin reclamos. Una tarde, día de San Juan, en el funeral de Miriam 32, unos campesinos relataban que unos lechones rojos le habían comido los senos a la Miriam 32 y, por causa de ello, ella murió desangrada. Otros decían que fue el diablo porque se había negado entregarse en alma y carne a su patrón. Historias del campo, obvio, porque la bendita verdad era que su marido, Ramón 32, la había asesinado al saber que ella le había dado permiso al Jumiento 44 para que la hija del futre le enseñara a leer y escribir. Antes, digo mucho antes, era el precio que se pagaba por querer aprender. Jumiento 44, pasó cinco noches encadenado en un corral de chanchos. Nunca supo en que lugar enterraron a su madre. El saber era solamente la proteína del poderoso. El campesino debía tener su cerebro de albóndigas, tranquilo, sereno, y sin sueños. El martes de un 1820, los hijos de los señores de los campos, habían preparado una obra de teatro en honor al cielo y a la visita de un obispo llegado del viejo mundo. Jumiento 44, ya había aprendido a leer y a escribir. Unos de los hijos de los señores de los campos, al caer de su caballo, se había rompido los huesos y no podía actuar. Había que remplazarlo. Se pensó en Jumiento 44. La orden lo dejó aturdido y lleno de terror: el futre lo mataría si descubría que él había desobedecido a las leyes de los poderosos. La orden de la hija del futre era sagrada. Jumiento 44, tuvo que estudiar su papel. Una noche, antes de la presentación de la obra, Jumiento 44, consiente que la desgracia en el campo era más grande de la honorabilidad que se le había concedido, mientras se encontraba recitando de frente a una vaca, su padre, Ramón 32, al verlo hablar solo, corrió hasta su barraca, cogió un fusil, y disparó contra su hijo. El futre, al sentir los disparos, corrió al corral. "Le disparé a mi hijo porque enloqueció ya que estaba hablando con las vacas", dijo. Jumiento 44, no murió. Eso vale la historia. Años más tarde falleció el futre del fundo. La hija, única heredera, desposó al Jumiento 44, y, en honor a su madre asesinada, abrió la primera escuela rural que llevaba el nombre de la difunta. El tiempo pasó. Los campesinos ya no llevaban números sino que sus apellidos y, los hijos del Jumiento 44, escribieron nuevas leyes hasta que en Chile la escuela se volvió obligatoria para todos los ciudadanos de la patria.

Juan Godoy

Escritor y pintor

Nota del autor: La paralice intelectual de un tiempo pasado lamentablemente se vuelve presente como si el tiempo no hubiese existido jamás. Todos sabemos que el sol tiene su lado oscuro... pero la educación de un





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