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El fin del neoliberalismo. JOSEPH E. STIGLITZ, premio Nobel de economía 2001, es profesor en la Universidad de Columbia (New

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Puesta online a las 9:16, el 23 de Julio del 2008


El fin del neoliberalismo
por Joseph E. Stiglitz - 21/07/08

El mundo no es amable para con el neoliberalismo, ese saco de ideas basadas en
la noción fundamentalista que los mercados son auto correctores, que distribuyen
eficazmente los recursos y que sirven el interés general.

Es el fundamentalismo del mercado que sostuvo al thatcherismo, a la
“reaganomics” y el “Consenso de Washington”, favorables a las privatizaciones, a
la liberalización económica y los bancos centrales independientes preocupados
solo por la inflación.

Después de un cuarto de siglo de experimentos en los países en desarrollo, los
perdedores aparecen claramente: aquellos que adoptaron una política neoliberal
no solo perdieron la carrera hacia el crecimiento, sino que cuando hubo
crecimiento, benefició en modo desproporcionado a los más ricos.

Aun si los neoliberales rehúsan admitirlo, su ideología fracasó también con
relación a otro criterio, el de la asignación de recursos, como ocurrió a fines
de los años 1990 con las inversiones consagradas a la fibra óptica. Este error
tuvo al menos una ventaja inesperada: el costo de las comunicaciones bajó y la
India y China se integraron más en la economía mundial.

Pero ninguna consecuencia positiva acompañó la mala asignación de recursos en
gran escala en el sector inmobiliario. Las casas nuevas que pertenecen a
familias que no tenían los medios de pagarlas cayeron en ruinas y millones de
personas se encontraron en la calle. En algunos casos el gobierno tuvo que
intervenir para salvar lo que podía serlo y, cuando no lo hizo, el daño
progresó.

Cierto, la inversión excesiva en el sector inmobiliario fue portador de
beneficios a corto plazo: algunos estadounidenses compraron casas más grandes de
lo que hubiese sido posible de otro modo. ¿Pero a qué costo para ellos mismos y
para la economía mundial? Con su casa, millones de personas perderán sus
economías de toda una vida. Y las expulsiones en el sector inmobiliario trajeron
consigo una ralentización de la actividad en el ámbito mundial. Hay consenso
respecto de las previsiones: la ralentización será general y de larga duración.

Al mismo tiempo, los mercados no nos habían preparado para el alza del precio
del petróleo y de la alimentación. El problema de fondo es que la retórica del
mercado se usa en modo selectivo: se la reivindica cuando sirve intereses
particulares y se la rechaza cuando no es el caso.

Uno de los raros éxitos que se le pueden adjudicar a George W. Bush es el de
haber reducido el foso entre la retórica y la realidad, comparado con Ronald
Reagan que, a pesar de todos sus discursos en favor de la libertad de los
mercados, impuso en toda libertad restricciones comerciales y en particular la
famosa limitación “voluntaria” a la exportación de automóviles japoneses.

La política de George Bush ha sido peor, pero su desfachatez para ponerse al
servicio del complejo militaro-industrial estadounidense es mucho más aparente.
Solo una vez la administración Bush tomó una medida en favor del medio ambiente;
fue cuando se aprobaron subvenciones favorables al etanol, cuyo interés
ecológico es dudoso.

Esta mezcla de retórica a favor de la apertura de los mercados y de intervención
gubernamental ha sido particularmente nociva para los países en desarrollo. Se
les ha dicho que no intervengan más en la agricultura, lo que equivalía a poner
en peligro a sus campesinos frente a la competencia irresistible de los EEUU y
de Europa.

Sus agricultores hubiesen podido, tal vez, competir con los del Norte, pero no
podían entrar en competencia con sus subvenciones. De modo que los países en
desarrollo invirtieron menos en la agricultura y el foso alimentario se
agigantó.

Dicho de otro modo, en un mundo de abundancia, millones de personas en los
países en desarrollo aun no pueden alcanzar un mínimo nutricional. En muchos de
esos países el aumento del costo de la alimentación y de la energía tendrá
resultados desastrosos para los más menesterosos porque estos dos consumos
representan una gran parte de sus ingresos.

La cólera en el mundo es palpable. No es sorprendente que los primeros
inculpados sean los especuladores. Que responden que ellos no son la causa del
problema: “Nosotros buscamos simplemente el justo precio”. Lo que quiere decir
que descubrieron que la oferta es insuficiente.

Pero su respuesta adolece de falta de franqueza. Si esperan un alza de precios y
la volatilidad del mercado, centenares de millones de agricultores tomarán
precauciones. Ganarán más si almacenan existencias que venderán mas tarde. Si no
lo hacen, no podrán recuperarse el año próximo si la cosecha es menos
abundante. Algunos granos retirados del mercado por centenas de millones de
agricultores en diferentes sitios del planeta terminan por representar una
cantidad apreciable.

Los defensores del fundamentalismo de mercado quieren cargarle la
responsabilidad del fracaso del mercado no a la economía de mercado sino al
gobierno. Un alto responsable chino habría declarado que el problema reside en
que, frente a la crisis del sector inmobiliario el gobierno estadounidense no
hizo lo suficiente para ayudar a la población más modesta. Yo estoy de acuerdo
con él, pero eso no cambia la realidad: los bancos estadounidenses administraron
mal los riegos, y eso a una escala colosal, con consecuencias mundiales,
mientras los dirigentes de esas instituciones partieron con miles de millones de
dólares de indemnizaciones;

Hay, hoy en día, una separación total entre los beneficios sociales y los
intereses privados. Si no se les une cuidadosamente, la economía de mercado no
puede funcionar en modo satisfactorio.

El fundamentalismo neoliberal es una doctrina política al servicio de intereses
privados, no reposa sobre una teoría económica. Es ahora evidente que tampoco
reposa sobre una experiencia histórica. Esta lección es el único beneficio que
podemos sacar de la amenaza que pesa sobre la economía mundial.


JOSEPH E. STIGLITZ, premio Nobel de economía 2001, es profesor en la Universidad
de Columbia (New York).





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