Libertad, sí; libertinaje, nunca Por Carlos Benítez Villodres Hay “escultores y escritores y pintores…”, en definitiva, “
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Puesta online a las 15:53, el 08 de Septiembre del 2008
Libertad, sí; libertinaje, nunca
Por Carlos Benítez Villodres
Hay “escultores y escritores y pintores…”, en definitiva, “artistas” desconocidos en el orbe en especial en el mundo occidental, que a toda costa quieren alcanzar fama y dinero, tal y como les ocurre a Ivo Hendriks, Dan Brown, Soore Hera, Salman Rushdie… Para ello, recurren a ridiculizar y a burlarse, en sus obras o escritos, de Cristo, de Mahoma, de Buda…, personajes religiosos e históricos, que dejaron huella por los siglos de los siglos, o de la Biblia, el Corán, el Dhammapada… Lo que ignoran estos mentecatos procaces es que esa reputación y estima que buscan con sus creaciones asquerosamente provocadoras es que, si la alcanzan, les ocurrirá como a las flores, es decir, que una vez pisoteadas y desmembradas por los ofendidos, no volverán a recobrarse nunca jamás. Esto es lo que le acontece, desde hace años, al artista alemán Martin Kippenberger (Dortmund, 1953-Viena, 1997), pesimista, amargado y protervo desde su niñez.
Su interés por la fotografía, el “collage” y la escultura le lleva a producir numerosas instalaciones, en las que cuestiona las nociones de orden, racionalidad y la necesidad de unidad. Su estrategia consiste en crear obras perturbadoras que en ocasiones se presentan como obras superficiales, pero que esconden serias preguntas acerca de la responsabilidad moral del artista con relación a los valores y creencias del mundo occidental. Se sirve para ello de montajes paródicos de objetos cotidianos, en los que muchas veces incluye su propia imagen bajo el aspecto de un maniquí, contribuyendo esto al cinismo de su trabajo; cinismo latente en sus pinturas próximas, en su espíritu, a los neoexpresionistas alemanes de los años 80, denominados también “la nueva figuración”, o “los nuevos salvajes”.
En 1990, este cretino despreciable y hostigante creó una escultura de madera que nunca debió hacerla. Ésta representa a una rana de alrededor de un metro y 30 centímetros de alto clavada a una cruz marrón a través de las manos y los pies de la misma forma que Jesucristo. La rana crucificada sostiene una jarra de cerveza en una mano extendida y un huevo en la otra. Viste un taparrabos verde y su lengua verde también cuelga afuera de su boca.
Dicha escultura, que generó fuertes protestas, incluso del Papa, quien la consideró blasfema, seguirá en el Museo de Arte Moderno de Bolzano, en el norte de Italia, por decisión unánime del consejo de dicho museo pese a las críticas realizadas desde todos los puntos del orbe cristiano.
Por consiguiente, la obra, en litigio, del artista Martin Kippenberger, continuará expuesta al público, mientras dure la exposición, en el museo, ya citado, pese a que el papa Benedicto XVI envió hace poco una carta de apoyo al presidente del Consejo Regional de Tirol del Sur, Franz Pahl, en la que le decía que la escultura agrede los sentimientos religiosos de muchas personas que ven en la cruz el símbolo del amor de Dios.
Pahl, cuya provincia es muy católica, estaba tan indignado por la escultura del anfibio que inició una huelga de hambre para exigir que la quitaran y tuvo que ser llevado al hospital días pasados. “Es seguro, manifestó Pahl públicamente, que ésta no es una obra de arte sino una blasfemia y un asqueroso pedazo de basura que disgusta a mucha gente”. También el ministro de Cultura, Sandro Bondi, condenó la exposición de la rana.
Por el contrario, los directivos del museo argumentan que la escultura, titulada “Zürst die Füsse” (“Primero los pies”), refleja el estado de ánimo del artista en aquella época y no tiene nada que ver con la religión. Los propios funcionarios del museo dijeron que el artista, muerto en 1997, consideraba la escultura como un autorretrato que ilustra la angustia humana.
Las obras de Kippenberger han sido exhibidas en la Tate Modern, la Saatchi Gallery y en la Bienal de Venecia y actualmente se están organizando retrospectivas de su obra en Los Ángeles y Nueva York.
El presidente del museo, Alois Lageder, dijo con la caradura y la desvergüenza que le caracterizan, que la decisión de mantener la estatua en exposición fue tomada para “salvaguardar la autonomía de las instituciones artísticas”. Mayor cinismo e inmoralidad…, ¡imposible!
Ante estas “creaciones artísticas”, que ven la luz para que el autor o autores y demás mentecatos del ramo (editores, directores de museos, de bienales, de cursos, etc.) consigan popularidad y dólares, o euros, o libras esterlinas…, elevo la voz para gritar: ¡Libertad, sí; libertinaje, nunca! Arte, por supuesto, en cualquiera de sus facetas, pero sobre todo respeto a las creencias, a los sentimientos, a las tradiciones… de millones y millones de personas, que no están reñidas con el progreso y la modernidad bien entendidos. Ahora a meditar lo leído.