Apuntes: Pudahuel y sus depredadores (1977) capitulo 2
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Puesta online a las 22:24, el 12 de Septiembre del 2008
El avión de Aeroflot partió puntualmente. Esplendente el cielo, plateada las alas de la herramienta voladora, áureo y espejeante el equipo de la línea áerea rusa. Nunca había viajado en un avión comunista. Las azafatas, altas, de piel blanca y rubias, nos saludaban con una sonrisa libre y llena de esmerilados en las dentaduras. Veía en cada compañera rusa una Marilyn Monroe. Parecían trillizas las tres azafatas de la herramienta rusa. Escapaba de un Chile fascista para volar en una herramienta leninista. Javier estaba sentado a mi lado. Era gentil. Sus vestimentas eran domingueras. A lo mejor nació un domingo, pensé. Su mirada era de un efebo amaestrado. No abusaba con sus ojeadas. Me impresionaba ese donaire de Javier. Me dijo que yo tenía dos posibilidades para quedarme fuera de Chile. La primera era que me quedara en Cuba: la segunda en Europa. Me sentía castigado, despojado de mi tierra. Es muy duro amaestrar las lágrimas en un momento tan delicado de la historia chilena. Llore nomás compañero, me dijo, Javier. Era injusto reprimir mi llanto. Adónde había quedado mi adiestramiento para no ser débil? Fui un hombre hasta que no entré a la morgue en busca de compañeros desaparecidos, al salir de ella, era un ser destruido, vencido de tanto inocente acribillado, llorón de camas diferentes, el gaudeamus del trauma. lloré, al igual que lo hago ahora mientras escribo mis memorias. Javier pidió un trago para nosotros dos. La Azafata comprendió todo. Javier era conocido en la línea Aeroflot. Viajaba en busca de los compañeros que llegaban a Lima. Nunca pregunté nada y tampoco se me preguntó algo. Llegar al exilio no es la verbena devota de un día de fiestas ni mucho menos el guateque de la dolcevita. En Chile quedaron los restos de mis viejos camaradas. En Cuba y en Europa estaban mis otros camaradas. La alimaña de los idiomas. En Cuba corría el riesgo de holganzar, en Europa la obligación de estudiar el idioma. No era el problema de región, sino que el bullicio de mis cuatro años resistiendo contra una junta tragantona de cadáveres me hinchaba hasta el hocico de tanta impotencia. Cierto es que yo viajaba completamente destruido. Mi mascarada de antropólogo o de cura había fallecido a la entrada de la herramienta rusa. Dormí hasta Cuba. En ese momento me sentí aristocrático del proletariado. En Cuba las palmeras tienen otro ritmo. En Chile las palmeras no tienen cocos. En mi cuerpo, no de palmera ni de feligrés de morgues o estadios de detención, sangraba mi árbol. El juicio de todo es haberme sacado de la patria y condenado a morir plagiado como un cubano de segunda mano o sino como un europeo care indio.