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La memoria institucionalizada Por: Omar Cid Centro de Estudios Francisco Bilbao La marcha o a estas alturas romería que ...

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Puesta online a las 16:46, el 22 de Septiembre del 2008


La memoria institucionalizada
Por: Omar Cid
Centro de Estudios Francisco Bilbao

La marcha o a estas alturas romería que encabezan las agrupaciones de derechos humanos, hasta el memorial de los detenidos desaparecidos; es en primera instancia un acto de respuesta, producto del temor que genera en las víctimas de la dictadura, los costos del olvido.
Esta conmemoración como un acto sacramental, contrarresta el temido maleficio, sin embargo, este gesto de memoria social tiene un peligro -que poco a poco- se ha ido instalando en el imaginario de los manifestantes.
Hace bastantes años atrás Jorge Luís Borges (1946) escribió una historia francamente inquietante, la de un tal Funes el memorioso. Es la historia de un hombre capaz de memorizar todo, pero a la vez, sin ninguna capacidad de proyectar nada y eso lo inhabilitaba socialmente, condenándolo al encierro.
El domingo 14 de septiembre, un grupo de familiares de los detenidos desaparecidos, llevaba un largo papel con los rostros de las víctimas del genocidio, la fragilidad del material, la carga emotiva del mismo, son la imagen latente del nuevo peligro que se asoma.
Los rostros se pierden a la distancia y no se trata de una ausencia, el problema es de enfoque, ningún lente puede capturar esas fisonomías, ninguna mirada puede retener, la significación de cada una de esas vidas. El lente y la memoria carecen de sentido, sino existe una actualización y esa es únicamente posible, revitalizando el proyecto de quiénes padecieron la persecución, tortura, asesinato y en muchos casos posterior desaparición.
La sociedad chilena en el transcurso de estos años, ha tenido el tiempo suficiente y los antecedentes necesarios para tener una opinión de cercanía y respaldo, a las víctimas de la catástrofe republicana de 1973, incluso pese a las críticas de los sectores conservadores y con las reglas del juego públicamente difundidas por Televisión Nacional, la figura del ex–presidente Salvador Allende, se levanta como el personaje más trascendente de nuestra historia, en el marco del concurso “Grandes Chilenos”.
La propia organización conocida como FUNA, goza de un claro respaldo popular, por su labor desenmascarando a criminales de la dictadura, esto a pesar de los reparos concertacionistas y el rechazo de la alianza conservadora, sin contar la propia intervención del poder judicial, cuestionando los métodos. La gente sencilla entiende perfectamente el mensaje, “Si no hay justicia, hay FUNA”, porque es parte de su cotidianidad el atropello y la ausencia de justicia.
El momento político que estamos viviendo es distinto, al de los primeros años de la transición, la batalla por la memoria histórica de las víctimas y su reconocimiento por parte de la sociedad chilena, es un hecho de la causa. Hay un camino importante por recorrer en el ámbito de las reparaciones y ahondar en el tema del terror, como instrumento político del Estado, especialmente en los casos de tortura, hay una deuda en pos de obtener justicia, además de la operación de silenciar los nombres de los victimarios.
Existe el interés de cerrar de una vez, todos los casos donde se encuentran involucrados militares, así lo ha expresado el candidato único Sebastián Piñera y el actual presidente del senado Adolfo Zaldivar.
A pesar de ello, los sectores políticos que tienen influencia en las organizaciones de derechos humanos, se han quedado anquilosados discursiva y socialmente, en lo discursivo han sido incapaces de instalar y unir temas de reivindicación social urgente, con la experiencia destructora del asesinato político. ¿Por qué no hacer de la marcha del catorce un acto de conmemoración de nuestras víctimas y de rechazo al intervencionismo norteamericano en América Latina? ¿Por qué no integrar las demandas sociales concretas? Hay un vacío discursivo preocupante, del que la dirigencia no se hace cargo, por incapacidad, indolencia o sencillamente sectarismos de diversa estirpe.
De hecho, han convertido la marcha, en un desfile donde los aparatos políticos de turno, sacan a relucir su capacidad de movilizar gente.
Estos aparatos funcionan con las mismas lógicas sociales de principios del siglo pasado, suponen que la ocupación del espacio público es el lugar donde puede resolverse el tema del poder, Pero bastan dos hileras de carabineros, para amedrentar la ilusión de los hijos ilegítimos de Lenin y Bakunin.
Si hay un elemento abierto a discusión en estos días, es que las grandes alamedas fatigosamente podrán abrirse, del modo como se supone que pretenden lograrlo. De hecho, las veces que se ha podido transitar por Morandé 80, ha sido con permiso de la intendencia, es decir, se ha vuelto parte de la institucionalidad de este país.
Si se quiere, esa es una de las fotografías de este tiempo, la memoria institucionalizada y por tanto carente de vigor, de imaginación de deseo. Los sectores políticos, que tienen directa responsabilidad con este proceso de desgaste, tienen la oportunidad y el deber de abrir una discusión amplia sobre el tema. Nuestros muertos ya no pueden ser una fotografía, una vela, un recuerdo, tienen el derecho de proyectarse al tiempo presente y futuro, en las demandas más sentidas de nuestra gente.
Sus vidas no pueden agotarse en un proceso de transición mezquino y abiertamente contrario a lo que ellos esperaban de Chile, ciertamente esa sería no sólo traicionar su memoria, sino arriar de una vez y sin lágrimas las banderas de un país más justo, donde los derechos sociales puedan ser exigibles, donde los elementos básicos, pertenezcan a nuestros hijos y a las generaciones venideras.






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