Puesta online a las 10:04, el 29 de Septiembre del 2008
La negra y el soldado
La alameda, manchada con sangre, se había cerrado temprano; en las cunetas de la calle habían cadáveres frescos. Cerca de la estación acababan de fusilar al Jeremías y a unos enfermeros de la posta central. Tan puntuales y violentos eran las ejecuciones, que no había perdida de tiempo. ¡Once fatal!. ¡Once de mierda!, porque la negra, al igual de todos los días, pasaba por la alameda y luego para pasar al restaurante a tomar su acostumbrado café. Vio al chunchuli Ramiro, cabrón de una casa de cita de la calle Maipú, que le daban un balazo en la nuca. La negra, andaba vestida de fiesta.
- ¿Pa´onde va, iñora? – dijo un soldado cuando la vio pasar. Luego la siguió, cargando su ametralladora. Era un soldado nervioso, inseguro de él mismo. A la negra la siguió unos pasos porque deseaba hablar con ella y adquirir un poco de intimidad pero, se notaba, temía mirar los ojos de la negra y deseaba matarla por la espalda.
- ¿Pa´onde va, iñora? – gritó.
- - primero que nada quiero enseñarle a ser educado –dijo la negra. No temía al soldado armado. Cuando habló con él se sacó una argolla de matrimonio.
- - ¿Nunca fue a la escuela, soldado? Preguntó la negra.
- - No pude ir, iñora – dijo el soldado.
El soldado dejó su ametralladora apoyada en una cuneta y se puso a llorar. La negra sacó un pañuelo para secarle las lágrimas al soldado. EL muchacho vio unas iniciales en el pañuelo, cocido con hilos plateados. Vio la abundancia y delicadeza en las iniciales. Vio su cuerpo desnudo, su nacimiento en un estrecho burdel de la calle Colo Colo de Linares.
- ¿Es suyo ese pañuelo, iñora?
- -Si no es mío, de quién puede ser? – respondió la negra. – No creas que me lo podrás robar.
- - Nunca he robado pañuelos, iñora –dijo el soldado. ¿Apuesto qué usted lo robó, iñora.
La negra le sacó brillo a su argolla y se la volvió a meter al dedo. Ella andaba, así se veía, con una expresión de muerto. De muerte mezclada con la hediondez.
- La debo matar, iñora – dijo el soldado.
- - Todavía no me ha preguntado mi nombre – dijo la negra.
- -Hace horas que ando matando gente y nadie me ha pedido de preguntarle el nombre, iñora.
- -Conmigo es diverso –dijo la negra.
- -Morirá al igual que los otros, iñora –dijo el soldado-. Todos los santos días el mismo restaurante y el mismo café, iñora, la misma taza, francesa comprada en el mercado persa, entonces, el mismo garzón, fusilado por cafinero, iñora, te preguntaba si querías el café en una taza del restaurante o en la tuya, ahora, muerto el cafinero, yo le serviré el café con galletitas de balas.
- - No sabes hablar, soldado. No existe la palabra, cafinero. O dices, garzón encargado de la máquina del café, pero no, cafinero.
La negra, al decir eso, se arrodilló a los pies del soldado. Su cabeza esperaba el impacto. Estuvo esperando sus minutos. El disparo en la nuca no llegaba. Luego se levantó y miró su reloj. Eran las ocho de la mañana.
-Es posible, soldado, son las ocho de la mañana del once de septiembre del 1973 y hoy no se trabaja sino que se anda matando a Chile. – dijo la negra. Luego sacó de su cartera la taza francesa comprada en el mercado persa y la limpió con el pañuelo.
El soldado cargó su pistola.
- La mataré, iñora – dijo.
- -Ser asesinada sin antes haber tomado el café no es de recomendar ni al peor enemigo, soldado –dijo la negra.
- -Se le acabó el tiempo, iñora –dijo el soldado- cuando usted pasaba al restaurante yo estaba por irme.
- -Siempre he pasado a la misma hora, soldado dijo la negra.
- -Casualidad, iñora.
- -No creo en las casualidades, usted me esperaba, soldado.
La negra volvió a arrodillarse, el soldado puso el cañón de su pistola en la nuca de la negra.
-¿Su último deseo, iñora?
La negra volvió a levantarse. Estaba irritada.
-Déjese de jugar, soldado. Usted sabe que su sueño ha sido el de matarme con sus propias manos.
-Eso no es verdad, iñora –dijo el soldado-, nunca tuve ese sueño. Le apuesto que usted me mataría mil veces, iñora.
-Lo pensé, soldado –dijo la negra.
-Ah, um; entonces ahora comprendo –dijo el soldado.
-Nada tiene que comprender, soldado – dijo la la negra -. Llevo cuarenta minutos esperando que me mate.
El soldado cerró sus ojos.
-Bueno, si así lo desea, tiene que esperar otros cuarenta minutos.
-Muerte psicológica, soldado –dijo la negra, y se volvió a arrodillar.
-Si no le duelen las rodillas, iñora, puede rezar –dijo el soldado y, al abrir sus ojos, vio que pasaba una carreta por su lado: disparó todo el cargador de su pistola contra el caballo que arrastraba la carreta llena de verdura. Volvió a cargar su pistola y remató al caballo y al carretonero que era un anciano.
-Está bien, soldado –dijo la negra. No puede matar a gusto y gana. Durante toda la vida odié a un hombre que removía hasta los huesos con su arrogancia de bandido choro. ¿Soy puta, eso lo sabe, soldado? Mi marido muerto en una fuga de una carcel de Italia, esa es mi gloria, soldado, puta y mujer de un lanza acribillado en Italia.
-Quiero verla arrepentida, iñora –dijo el soldado y metió el cañón de su pistola en la boca de la negra-: Chúpalo.
La negra rompió en llantos.
-Chúpalo... ¿Se me hace la cartucha, iñora? ¿Cree que sensibilizará con su llanto de puta, iñora?
-Soy tu madre, soldado –dijo la negra y su voz, más voz de letras revueltas en un tarro, se volvió ronca... voz de hombre. El soldado se aterrorizó. Escuchaba la voz de su padre asesinado en la fuga de la cárcel italiana. Lloraba. Sacó el cañón de la boca de la negra y la puso en su sien y se hizo saltar los sesos.
La negra se quedó mirando el cadáver de su hijo. El once fue turbio en una ciudad que ardía de muertos. La voz de hombre en la boca de la negra. Luego un viento fresco sacudió su rostro y una invasión de palomas cubrió su cuerpo transformándolo en pan molido de otro tiempo. Ahora, para todo el mundo el once iniciaba, para la negra y el soldado había finalizado.