Vidas rotas Por Carlos Benítez Villodres Amanece un nuevo día sobre el cuerpo tan castigado de este mundo, en el que
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Puesta online a las 14:10, el 24 de Enero del 2010
Vidas rotas
Por Carlos Benítez Villodres
Amanece un nuevo día sobre el cuerpo tan castigado de este mundo, en el que la bondad y la maldad conviven, cada una en su órbita, desde que el hombre tuvo conciencia, por vez primera, de las luces y tinieblas que gestaba y desarrollaba en su corazón y en su mente, ejercitando el don mágico de la libertad.
Cada día recorremos un tramo más de nuestro camino. Unos avanzan arrastrando sus rodillas y otros valientemente erguidos y con la frente bien alta y soleada. Unos con hambre de realidades de progreso, benefactoras, sin demagogia ni recovecos, otros generando tempestades con sus incesantes fanfarronadas y actos indeseables, propios del egoísmo y la intolerancia más irracional, y otros curando generosamente heridas propias y ajenas.
A cada paso, y sin previo aviso, los acontecimientos se suceden dentro de nosotros, empapando nuestra alma de alegrías o sufrimientos. Sabemos que el mundo cambia, que las escenas que sobre él aparecen y desaparecen también cambian, pero la vida de la raza humana es la misma, es decir, no ha tenido a lo largo y ancho de los tiempos ni el más mínimo proceso de metamorfosis. La vida de hoy es idéntica a la de ayer y a la de mañana. Esta vida de la que hablamos es indiferente a todo cuanto sucede en el interior del hombre y fuera de él. La vida, con su mudez e impenetrabilidad, nos va marcando lentamente, introduciendo en nuestro granero triunfos y fracasos, placeres y desgracias. Ella nos acoge en su seno por un periodo de tiempo más bien corto, yo diría que ínfimo, dado que el tiempo es la medida creada por los humanos para poseer ciertas referencias dentro de uno o más, pero escasos, de los cuadrantes infinitos que forman lo que nosotros llamamos eternidad. Pues bien, esta vida está repleta de historias sensacionales por fascinantes y constructivas, y de otras ahítas de siniestras mezquindades, incomprensiones, murallas e intrigas, que intentan derrumbar, machacar y destruir los dones que nos fueron otorgados, así como el ímpetu de ánimo que nos hace ser luchadores mientras vivimos, lo cual nos permite engrandecer y perfeccionar la herencia que recibimos y que un día entregaremos a nuestros descendientes para que ellos continúen la labor que otros, en el principio de los tiempos, comenzaron.
Pero no confundamos la vida con “nuestra vida”. La nuestra es una minúscula estructura bajo la cual nos soportamos a nosotros mismos y a los demás. Una estructura que se va deteriorando por fuera y enriqueciéndose o embruteciéndose por dentro con el paso inexorable del tiempo. Una estructura que, aunque robusta y bien plantada, se puede romper física y psíquicamente con suma facilidad, como una copa de cristal.
Hay seres humanos capaces de romper no sólo su vida, sino también la de los demás. Hombres y mujeres que van atados a su destino sin saber escuchar la voz de su pensamiento, enraizada allá en los hondones de su alma, el canto jubiloso de un pájaro y la música reconfortante, aunque lejana, del mar. Hombres y mujeres que caminan sembrando soledades y amarguras en su propia vida rota y en la vida, por ellos mismos quebrada y deshecha, de su prójimo, o viven anclados en el pasado y no ven, porque no quieren, a los peregrinos que continúan su ascensión, portando frutos exquisitos, o si lo ven, intentan, con todos sus medios estériles y malévolos, pulverizarlos para que dejen de tener ese encanto, esa buena voluntad que les hace dichosos, mientras viven plenamente cada instante de la vida con verdadero placer.