El pueblo nunca olvida Carlos Benítez Villodres Málaga Todos somos conscientes de que siempre ha existido y existe dentro
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Puesta online a las 20:27, el 07 de Febrero del 2010
El pueblo nunca olvida
Carlos Benítez Villodres
Málaga
Todos somos conscientes de que siempre ha existido y existe dentro del círculo de la propia juventud que se subleva y se pronuncia en contra de lo impuesto, de lo irracional, de lo intragable..., otra juventud más reaccionaria, o comprometida, o crítica, o insumisa..., es decir, jóvenes con verdaderos deseos de “mojarse” en los problemas de su tiempo y en las innumerables actitudes inhumanas que cada día abundan más y laten con más vigor. Estos jóvenes, dada su condición de luchadores natos, no comulgan con todo aquello que se encuentran en su camino. Por ello, se rebelan, ya que necesitan cambiar lo que creen que hay que modificar para bien de toda la sociedad. Pero, precisamente, en la esencia de ciertos jóvenes inconformistas, indóciles, se forman esporas que, con el transcurrir del tiempo, los convertirán, en una de las castas más idolátricas del dios oro y más eficaces en su labor de apagasoles, debido al desarrollo consciente de su capacidad de autodisección. Esto es una realidad que contemplamos cada vez que una generación se adentra por los caminos de la madurez. Yo le puedo decir, estimado lector, que éste no es mi caso, ni creo que el suyo, pero sí el de otras muchas personas que dejaron atrás los verdes prados de la juventud y hoy viajan en cualquier tren generacional.
Cuando yo forjé mi personalidad opté, aún lo mantengo, por no ser como aquellos individuos que se quedan a la orilla de un río, ni de los que lo cruzan por un puente. A mí, desde siempre, me satisface, y por ello lo prefiero, zambullirme en sus aguas bravas y nadar, y nadar..., tanto en contra como a favor de la corriente, según las características, adversas o no, de cada fase de mi viaje.
Lo nuestro, amigo lector, es luchar en los distintos campos de la vida para conseguir aquello que ansiamos ser y tener para gozo y provecho de los demás caminantes y por ende de nosotros mismos, compartiendo, con ellos, nuestros frutos deseados y maduros.
Pero esos frutos, llamémoslos ahora resultados, dependen de una mescolanza de factores feraces y estériles o dañinos que se hallan ahí, en nuestra ruta diaria. Estos últimos debemos aniquilarlos, luchando, desde la legitimidad y la justicia, desde la efectividad y la lealtad, desde la claridad serena, auténtica..., contra todo aquello que menoscaba, merma, malogra o pudre dichas consecuencias o resultas.
Uno de los combates en el que estamos “metidos hasta los ojos” aquellas personas que “soñamos con cosas que nunca fueron y decimos por qué no” es contra todo aquello que origina la insatisfacción del hombre y de la mujer en el trabajo de cada día. Es evidente que la satisfacción de los trabajadores en la labor que realizan hace que los objetivos a alcanzar, ya sean parciales o totales, redunden en un aumento y optimización de los beneficios obtenidos para ellos y para la comunidad en donde viven, es decir, la complacencia del hombre y de la mujer en sus quehaceres cotidianos repercute directamente en la producción. Cuanta más delectación nos aporten las tareas que llevamos a cabo..., más y mejores cosechas recolectaremos.
Por desgracia existe una fracción bastante significativa de “currantes” descontentos y con la moral sumamente baja, subterránea, debido al desempleo, a la inseguridad o terror a perder el puesto de trabajo, al salario ridículo en extremo, a las excesivas horas de faena, al ambiente laboral enrarecido, a la tensión y al estrés, a la devaluación de la labor diaria por una gran parte de la sociedad, a la explotación, “aunque algunos individuos la crean en desuso”, al acoso sexual, profesional..., a las pensiones injustas, denigrantes, etc., etc.
Es un deber inexcusable de nuestros gobernantes, de los sindicatos... atajar de raíz cada una de las tropelías y de los abusos que sufren los trabajadores. Actuando así conseguiremos una mejor calidad de vida laboral y, por consiguiente, una producción bastante más rentable para trabajadores y empresarios. Cuando logremos esto, podremos decir, a grito limpio, a todo el mundo que “España va bien”. Mientras, es mejor callarse, luchar con denuedo por ello y no echar las campanas al vuelo.
Me consta que una gran mayoría de españoles aguarda expectante el nacimiento de aquellas promesas de Rodríguez Zapatero manifestadas durante la precampaña y la campaña para los comicios generales del 9 de marzo de 2008. Prometimientos que, una vez ganada las elecciones, reiteró y afianzó. Por consiguiente, el presidente del Gobierno debe procurar que la confianza y la esperanza de la sociedad española no se frustren, no se desvanezcan, pues el pueblo nunca olvida.