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Los pobres nacen cuatro veces Eso de que los ojos de una lechuza son buenos para curar los ojos de gallos y borrar las cic

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Puesta online a las 12:33, el 10 de Octubre del 2008


Los pobres nacen cuatro veces

Eso de que los ojos de una lechuza son buenos para curar los ojos de gallos y borrar las cicatrices del corazón eran puros cuentos de un monaguillo de la iglesia San Gerardo de la calle, Rondizzoni, de Santiago. Camilo Alonso, su nombre, era de origen valenciano. Tenía sus cuarenta años, y andaba rezando hasta en las puertas de las comisarías de Santiago.
“¿Hay detenidos en los calabozos?“ preguntaba al carabinero de guardia.

“No, señor, pero usted está pintado para ser nuestro huésped si sigue güeveando con los rezos en favor de los enemigos de Chile”.

Camilo Alonso se decía: no es mala idea. Además los desaparecidos no han aparecido y si entro a los calabozos podría sentir sus almas. Pero los carabineros se negaban detenerlo. Seguían la corriente. Camilo Alonso se desesperaba. Preguntaba mil cosas.



El monaguillo, lo digo sin pelos en la lengua, apoyaba a los pobres de la ciudad y no a los ricos. La pieza que ocupaba al costado de la iglesia era pequeña y hedionda a marijuana. Su perfume preferido porque ese olor era como un calendario de su proprio pasado. Recordaba Camilo Alonso los días, meses y años que estuvo en los bautizos de docenas de desaparecidos. El bautizo que más recordaba era el de una tal Juana. Era un sábado frío y con un cielo salmón, uno de esos sábados que no se sabe si son lunes o martes en que la gente anda como atontada.

“No me creerá, padre, ¡bendita la juanita!, al llegar a la iglesia me tomó una mano y sentí una quemazón parecida a lava que carboniza, y no le miento, sentí que mi cuerpo se cubría hasta con un manto de raso rojo, cosido con hilo negro, también”. “ ¿Qué?” –gritó el cura. “El rojo es de los comunistas y el negro, más tarde, lo agregaron los subversivos del MIR”. “No sé si es casualidad pero la juanita, ya lo sabe, desapareció y era dirigente de ése movimiento”. El cura alargaba su mentón y parecía poco interesado en la historia del monaguillo. “Tu lujo, Camilo, es recordar subversivos y no santos”, decía el cura.

Recordaba el monaguillo. Se acordaba de todos los niños y niñas. Pero la juanita era, como escuchar un griterío de adultos. El padrino del bautizo era un folklorista comunista, un tal “Rolando” y tiraba monedas a todos los niños que esperaban fuera de la iglesia. “Padrinito cacho, tírate un veinte guacho...” gritaban los mocosos, como siempre. Las campanas de la iglesia sonaban en tonos diversos y cantaban: juanita no es santa ni ángel, es subversiva.



Recordaba el monaguillo aquella tonalidad de las campanas. Nunca había pasado algo parecido. Los otros bautizos eran banales, copias aburridas de los anteriores. Camilo Alonso, y no era casualidad o contraseña, fue invitado a la fiesta y el cura no.

“Ya se sabe, padre, Dios no hizo a los hombres malos pero sus intelectos los confunden, que no salto de felicidad por ser el invitado de honor, que ahí tiene los otros bautizos de los hijos del sargento Roca que me ha considerado un ignorante o cosas peores..., pero ya ve, lo perdono, menos eso de creerse el ángel verde de Dios”.

En el bautizo de la juanita no hubo un gran banquete porque, entre ensalada de tomates y cebollas, algunos invitados trajeron sus pedazos de carne y vino. Recordaba el monaguillo que en una mesa, improvisada con cajones grandes que servían para transportar repuestos de tractores de la firma “Salina y Fabre”, había un libro empaquetado con papel de diario, y que de un extremo del paquete había un nombre: Recabarren. Al lado del paquete, el hombre que lo traía de regalo para la juanita.



El padre de la juanita andaba llenando las copas de vino y se detenía a conversar con los invitado sobre sus ideales anarquistas. Era un “Bakuniano” visceral. Los antepasados de juanita habían creado, junto a, Manuel Chinchilla, las primeras organizaciones anarquistas en el movimiento de los obreros tipográficos de Valparaíso. .Uno de los invitados tomaba a la juanita en los brazos y le cantaba: “no serás bendita sino que compañera/ y del árbol de tu boca saldrán ráfagas y notas de justicia y pedirás pan, leche salud casa y respeto, compañera”.



Camilo Alonso, no se arrepentía de haber ido a la fiesta y, mucho menos, de no haber narrado al cura el pensamiento anarquistas del padre de la juanita y de los invitados.

Una parroquiana de la iglesia se acercó al monaguillo y le preguntó:

“ ¿Cree en el comunismo?”

“Mujer, no lo sé” respondió Camilo Alonso acusando nerviosismo por la pregunta.

Luego soltó una sonrisa confusa. El padre de la juanita, que pasaba llenando los vasos, escuchó la pregunta y dijo:

“Vamos, vecina, no me arruine al monaguillo. ¿Qué sacas con hacerlo comunista? Si te descuidas te puede bautizar todos los rabanitos”.

Los invitados reían a grandes carcajadas, especialmente el padrino de la juanita.




“ que en aquel momento que lo haya dicho”, me expulsa y ex comunica por haber estado tomando junto a los herejes>.



Mientras se bailaba y cantaba, la madre de la juanita, sepa Dios de quién fue el milagro, llegó sirviendo tacitas llenas con consomé de gallina. Juanita lloraba a gritos..., se había ensuciado..., y el padre de ella, delante todos los invitados, la mudó.

“Vaya, que golpe al machismo. Seguro que te despreciarán los anarquistas por ser emancipado...” decían los invitados aludiendo a sus principios de machos.

“Fue una fiesta comunista, Camilo, no me lo niegues, que bien me informaron en la confesoria, y parece que tú te harás comunista, ya ves, te dejo ir a un bautizo y me llegas transformado en rebelde, “ no serás bendita sino que compañera...”, mira que basura de canción, y no te disculpes, claro que sé el fin que tendrán estas pestes, eso, te lo informo, Camilo Alonso, qu se creen que por ser pobres tienen derecho a rebelarse, avasallando el evangelio, y tú que, “un comunista”, comunista ¿de qué?, porque, haber, dime tú, ¿de qué se van a engordar los hocicos de los miserables?, tú dirás, Camilo Alonso, Dios les ha dado el pecado para que se confiesen en mi iglesia, que vegetan en la pobreza que vivió Belén, sin pretensiones y riquezas, que son cristianos a la prueba de nuestro Señor Santificado, y no te creo ni te creeré porque la metafísica no es agua y yo te la he dado y no los comunistas...”

Camilo Alonso no respondía y se inclinaba delante el cura, para luego, besarle las manos.
El monaguillo recordaba, continuamente, el bautizo de la juanita porque la niña había guiñado un ojo a un Cristo crucificado en el altar de la iglesia. La madre repetía que le había entrado un mugre en el ojito, y de eso deducía que, al menos lo que se me contó, que la juanita sería coqueta.



Juanita, eso andaban diciendo, se daba cuenta que era su bautizo, y hablaba con los vecinos que la tomaban en sus brazos... Camilo Alonso, recordaba que aquella vez no se atrevió a tomar a la juanita en sus brazos porque el angelito estaba, y es cierto, trasmitiendo tanto.

“Es que discursa tanto. Habla con los angelitos”. Al alba comenzó a irse la gente de la casa. Cuando quedaron los vecinos más estrechos de la familia de la juanita, se preparó un desayuno con restos de comida de la noche. Camilo Alonso, se decía que la juanita había nacido cuatro veces: la primera en un seme, la segunda en la tierra la tercera en el bautizo y la cuarta en su ideología. Todo se le podía perdonar a la juanita, menos sus ataques a los sectores de la iglesia, que aquí, en su clandestinidad, se sacó los zapatos contra el prelado pinochetista. “Le digo la verdad, padrecito, si de algo me arrepiento es de no haber salvado a la juanita, porque, quieran o no los desaparecidos son los mártires de Chile, que si yo hubiera callado mi boca y no hubiese revelado su escondite en mis confesiones, le aseguro, padre, que otros hubiesen sido los colores de los huevos de las gallinas”.

El cura de la junta, lo digo, delataba a los antipinochetistas.

“Ya lo había imaginado Camilo que eres un sietemesino. En tu flacura espiritual, en tu carne, en tus pies, hijo, se ve que no entran zapatos, que contigo no hay balas de gastar, y cada vez que rezas por un enemigo de la patria, pues, estás amando más esas ejecuciones al pedirle a mi iglesia la salvación de esas almas... ¿Me equivoco?, y todavía me das pena cuando pasas por las calles besando la manos a los bárbaro”. Camilo Alonso no daba la razón al cura: “los pobres nacen cuatro veces, no lo olvide, padre”.



Veintidós años después se acordaba del: no serás bendita sino que compañera. Limpiando escaños en la iglesia y siguiendo sus recuerdos, Camilo Alonso, dejaba el pasado para ocuparse del presente. Unas notas de un poeta oriental de la India lo perseguían: “Tenemos tanto que pagarle al futuro por nuestras deudas del pasado”. Rezaba Camilo Alonso. Tenía presente la escena del golpe de estado, que fue una masacre llena de odio. Volvía a recordar a la juanita mientras le encendía una velitas en honor a su alma. Hablaba solo: “ No existen pecados de la juanita”.

El cura había prohibido rezar por los enemigos de la patria. Ahora se rebelaba y pensaba: “tu carne está bajo tierra, tierra fuiste y tierras eres”. Todos los vecinos habían ido a la iglesia aquella mañana que detuvieron a la juanita. El cura recordaba que juanita nunca fue amante de la metafísica, pero ayudaba a los pobres de la iglesia y participaba en casamientos, comuniones o bautizos. Lo hacía por la tradición de su pueblo y no por su devoción católica. Muchos vecinos no eran bien mirados por el cura, otros si. A veces la vieja norma, con su oficio de vender anfetaminas y tragos clandestinos en su casa, agitaba un poco las aguas de las misas dominicales. No era una enemiga del pueblo... porque, ya se sabía, era pinochetista al igual que el cura. Solían rezar juntos y la vieja norma entregaba nombres en sus confesiones. Pedía ser premiada por la junta. Ella sabía lo que hacia, y cuando el cura le preguntaba de dónde había sacado tanta información, decía que las compraba con anfetaminas y tragos. Estaba seguro el cura que si iba a la casa de la vieja norma encontraría tantos enemigos de Chile.



Solía la vieja norma organizar asados cuando se trataba de manifestaciones de descontento contra la junta. Habían disparos y heridos. El abogado del sector, un hombre sin colores políticos, llegaba al tribunal para sacar de la cárcel a los amigos del régimen. Como era de suponer esa gente andaba cargada de dinero. Pagaban en dólares o con terrenos quitados a los enemigos de del terruño. El abogado era el nuevo rico de la patria. Aquella profesión tenia sus debilidades y selección de clientes.



<¿No ha visto, Dios, cómo se ha hecho millonario el abogado del diablo? Más de una vez se le vio con militares o agentes de la DINA. ¿Y qué hacia por las víctimas de estos chacales? Pues mucho... llegaba hasta pedir el destierro. ¿Eran maneras de hacer la ley iguales para todos? Esos eran los hombres apolíticos de la patria. De pobres a ricos>.

“¿En qué piensas, Camilo Alonso?” interrumpía el cura.

“Pienso, y se me perdone, que la libertad de hoy es como tener las putas en las manos del poder”. Como era de suponer, el cura le dio un bofetón al monaguillo. “Un cristiano respeta la casa de Dios, te puedes ir de mi iglesia”.

, pensaba Camilo Alonso, .

“Perdone, padre, perdóneme,” decía Camilo Alonso y se arrodillaba delante el cura. “Aquí, no lo olvides, Dios perdona, de eso debes nutrirte, mírame a los ojos, es que no te pasa por la imaginación tu pecado, ¿eh?, no hace falta que te lo repita todos los días, porque ocasiones de meterte preso las tengo, ya ves Camilo Alonso, qué la persecución no es mía sino que tuya”.

Hablaba el cura de las cosas más penosas que un ministro del cielo no debe decir ni efectuar. Decía que la iglesia se alegraba tanto del golpe como el mismo vaticano, y que había que alejar los enemigos, que son cánceres del comunismo ruso, y que podrían dañar el mundo de mañana.



Ivan Godosky






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