Las Cosas Simples DON ELIAS SUÁRES ARANCIBIA Por Elizabeth González Altamirano Yo tuve un suegro de ojos azules, cara ..
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Puesta online a las 18:16, el 17 de Octubre del 2008
Las Cosas Simples
DON ELIAS SUÁRES ARANCIBIA
Por Elizabeth González Altamirano
Yo tuve un suegro de ojos azules, cara sonriente y manos toscas; él era tan simple como el viento que rasguña las torres de las iglesias sobre nuestro puerto. No tengo ningún mal recuerdo de él; cada vez que se viene a mis recuerdos sonrío y me quedo viendo su cara alegre, puedo sentir el cariño que nos dio a todos; en medio de esa simplicidad fue tan grande, tan sabio y por sobretodo, tan alegre.
El no sabía leer, cuando me enteré no lo creía, ya que muchas veces lo vi con un periódico frente a él; así era, se reía de todos y con todos.
Fabricaba volantines con sus 9 hijos; almorzaban con la ventana abierta para ver si algún volantín pasaba cortado, la algarabía de los niños se hacía una cuando en tropel salían a tratar de capturarlo.
Yo se que muchas veces dio opiniones acerca de alguno de nosotros sobre temas que quizás no le agradaban, pero al final siempre su sonrisa salía airosa por el amor que a todos nos tenia.
Fue bueno sentir que nunca hizo diferencias entre sus hijos y nietos, los amaba a todos con la misma intensidad y con una sencillez que emocionaba, siempre se los demostró.
En las épocas difíciles él siempre salía con una solución, ahora todavía se preguntan cómo lo hacia para que nada en casa faltara, incluso muchas veces había mas de lo que se necesitaba ya que él siempre fue previsor.
El zorro le decían en su trabajo, se ganaba sus propinas con astucia y buen trato, era inteligente.
Su imagen está en mi retina, acaricia los momentos en los que busco a los que ya no están, siempre su sonrisa me abraza, su simplicidad, su forma de ver la vida y no complicarse por nada.
A veces me pregunto si esa fuerza que siempre puso en el amor que nos entregaba fue la que hizo que su corazón se fuera cansando.
Un mes antes de que florecieran los volantines en el cielo del puerto y cuando los aromos ya volvían a dormirse hasta el próximo invierno, don Elías partió.
Besé su cara ya dormida y tomé sus manos toscas entre las mías, puse una rosa sobre su pecho, y lo miré sin despedirme.
Yo tuve un suegro de ojos azules, cara sonriente y manos toscas.