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LA GRAN DEPRESION DE 1929Y LA CAIDA DE IBAÑEZ . JAIME ESPONDA FERNANDEZ Pese al optimismo inicial, la gran depresión de 19

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Puesta online a las 22:06, el 18 de Octubre del 2008


LA GRAN DEPRESION DE 1929Y LA CAIDA DE IBAÑEZ .

JAIME ESPONDA FERNANDEZ

Pese al optimismo inicial, la gran depresión de 1929 dio al traste con el primer intento, en Chile, de impulsar decididamente el modelo de Estado interventor, al que se asignaba un papel principal en el fomento y protección de la industria nacional, sobre la base de una transformación de las bases administrativo-financieras del aparato público que efectivamente se realizó, a partir de 1927.
En 1929, como resultado de la política impulsada por el ex ministro de Hacienda Pablo Ramírez, Chile disfrutaba de una estabilidad financiera consolidada. Las reservas totales se mantuvieron, los porcentajes de encaje sobrepasaron el 50% establecido como mínimo legal y las tasas de cambio y la moneda se mantuvieron estables . Sin embargo, posteriormente, se ha precisado que, “aun durante este periodo teóricamente ideal, por la estabilidad monetaria y cambiaria, la modernización fiscal, el crecimiento de las exportaciones y el aumento de capital”, debido a los pagos de la deuda externa, se avizoraba un agotamiento de las reservas de oro del Banco Central que haría que “la distribución internacional de los recursos” se tornase “muy desfavorable a Chile” .
Pero, al iniciarse la Gran Depresión, tal como ocurría en los propios Estados Unidos, en nuestro país no existía conciencia de sus consecuencias.
Aunque la noticia hablaba de una “crisis en la bolsa” de Nueva York, el 24 de octubre, “la peor que registra la historia del mercado de valores” de esa ciudad, se agregaba que “casi en su totalidad, los observadores pronostican un reajuste ordenado en las próximas semanas”, en consideración a que “el grupo bancario mayor del país cuenta con un exceso de recursos de seis mil millones de dólares, destinados a ser invertidos inmediatamente, con el propósito de impedir una nueva bancarrota”. La tranquilidad se consolidó en los hombres de negocios de Chile cuando leyeron que “en círculos oficiales de Washington se ha manifestado confianza sobre las buenas condiciones de la estructura fundamental de los negocios”. Pero, en ese 24 de octubre que sería bautizado como “el jueves negro de Wall Street•, la bancarrota ya había deparado pérdidas de cinco mil millones de dólares. Solo días más tarde, cuando se produjeron caídas en la bolsa parisina, los entendidos percibieron que el crac era más serio de lo que se había pensado.
La prensa chilena, es cierto, reprodujo cables fechados el 28 de octubre, que hablaban de “una crisis peor aun que la del jueves último”, caracterizada por la violenta depreciación de las acciones, de entre 10 y 60 puntos, “la baja peor que registra la historia” de la Bolsa de Nueva York. Agrega que, reunidos de urgencia, los banqueros americanos revirtieron transitoriamente la devaluación, pero luego abandonaron sus esfuerzos, para permitir que las cotizaciones buscaran su propio nivel, de modo que se produjo “una fuerte onda de ventas (...) durante la cual sufrieron graves pérdidas las principales acciones industriales”, encabezando la lista las de la General Motors. Pero, las noticias de Chile continuaron transmitiendo tranquilidad. Se aseguraba que “ninguna influencia ha tenido la crisis bursátil de Nueva York” en la Bolsa chilena, de modo que aquí reinaba “optimismo y confianza entre los hombres de negocios”. Según fuentes “confiables”, el trance “no ocasionará trastornos en nuestro país” y a lo más “podría tener influencia remota” .
El miércoles 30 se informó de “otro golpe terrible” en la bolsa neoyorquina y, también, de la primera quiebra, que afectó a la firma John J. Bell. Pero el Gobierno estadounidense decía confiar “en que esta crisis no afectará a los negocios en general” y en que “se producirá un largo periodo de calma en la bolsa”. Basaba tal optimismo en que “los bancos tienen abundancia de recursos líquidos para préstamos y, además, las tasas de interés no han sido afectadas”. En fin, en Washington, se veían “pocos signos de ansiedad y- se decía- las actuales perspectivas son tranquilizadoras”, lo cual deparaba quietud en Chile.
Pero en las semanas siguientes, la crisis del mercado de valores norteamericano aceleró la depresión, con la caída de los precios de las manufacturas y artículos de consumo, es decir, la deflación. Comienza a cerrar una fábrica tras otra, aumentando dramáticamente la cesantía. La crisis de Wall Street repercute, con fuertes bajas iniciales seguidas de relativa recuperación, en las bolsas europeas. Mas en Chile no existía conciencia de que la crisis adquiriría dimensión internacional y, obviamente, afectaría al país. Al concluir 1929, Ibáñez, presidiendo el optimismo entonces generalizado, declaraba al “New York Times” que “nadie piensa, en Chile, ni siquiera remotamente, en un abandono del Gold Standard (…)cualquiera sea la situación de otros países sudamericanos”, decisión que se fundaba en que el Banco Central “es una organización casi perfecta”, con “una reserva de oro superior a 400 millones”, es decir, superior al valor de la moneda en circulación, y en que “la hacienda pública lleva ya tres años se superávit consecutivos” y “tanto la suma del comercio exterior como el balance aduanero alcanzarán en 1929 la más alta cifra de toda la historia económica del país”. Incluso, considerando “el trabajo abundante” que había en Chile, apuntó a la necesidad de “traer inmigrantes para el trabajo en las minas, los campos y las obras públicas” .
El optimismo chileno condujo a que la Ley de Presupuesto Extraordinario para 1930 autorizase la contratación de nuevos empréstitos, hasta por 225 millones de pesos. En el verano de ese año, puesto que todavía no se manifestaban en el país los efectos de la recesión mundial, no existía preocupación alguna por sus consecuencias. La atmósfera generada por el superavit fiscal, la estabilización de los precios al consumidor final y el buen crédito internacional permitían afirmar a los observadores internacionales que Chile “presenta, tal vez, el cuadro más palpitante de progreso y prosperidad de América del Sur”.
Sin embargo, en lo que respecta al salitre, su futuro comenzó a verse ensombrecido por la posibilidad de un descenso histórico, ocasionado principalmente por nuevos competidores internacionales y el consumo creciente de un salitre sintético cuyos precios descendían, lo cual forzaba a reducir progresivamente los precios del producto nacional, mediante “rebajas indirectas del derecho de exportación”. Coincidiendo con los entendidos, el ex- ministro Ramírez advertía que tales factores estaban “a punto de conducir a la ruina definitiva” de la industria . Por ello, estimaba imprescindible avanzar en el abaratamiento de los costos, mediante nuevos métodos de explotación. Ramírez estimaba que “pocas personas parecen haber advertido plenamente (…) de que, a menos de que la industria salitrera de Chile sea reorganizada radicalmente, dejará de existir en breve plazo”. Y agregaba que en tal caso, además del inmediato problema de desempleo y la pérdida de cuatro mil millones de pesos, “dos importantes provincias del país volverán a transformarse en el mismo desierto que fueron antes del descubrimiento del salitre”. Anticipándose a quienes lo acusarían de entonar “un himno amargo y desalentador” , agregaba: “Nunca esto ha sido dicho con entera franqueza por ninguna entidad oficial ni algún representante del Gobierno de Chile”. Por último, advertía que bastaba un descenso de los precios mundiales, en “poco más de una libra por tonelada, para que el derecho fiscal desaparezca íntegramente” .
Alessandri, exiliado en París, aseguraba no sin entusiasmo que venía el desastre. En abril de 1930, en carta dirigida a su ex secretario, afirma: “Ya empezó la crisis económica y comercial brutal. Seguirá pronto la financiera en forma descomunal y, al freír, será el reír. Déjenlos que se frían en su propia grasa, que se derritan solos al calor de sus infamias, robos, peculados, incompetencia e inexperiencia” . Lo cierto es que, avanzado 1930, el número de oficinas salitreras en actividad se había reducido a la mitad , continuaba la acumulación del stock y la empresa Guggenheim enfrentaba dificultades financieras solo superables mediante la dispensa del pago de derechos de exportación. Se pensó que la situación se aliviaría con el acuerdo de Berlín, con los europeos, para mantener los precios sin variación, hasta 1931. En Chile, el Gobierno estimaba que evitar una guerra de precios representaba “una decisiva victoria de la industria nacional”. El otro paso que, se pensó, atenuaría los problemas, fue la creación, por ley, de la Compañía Salitrera de Chile (COSACH), inédita asociación de los privados con el Estado que permitiría mantener la producción y los precios.
Pero, en agosto de 1930, ya se hacía sentir, como incipiente efecto de la recesión mundial, un descenso general de los precios de las importaciones y exportaciones; y el último trimestre estuvo marcado por el temor colectivo, alimentado por rumores sobre rebajas de sueldos y salarios en la Administración y las fuerzas armadas, eventual paralización de obras públicas y descenso en las exportaciones, con secuelas de cesantía y hambre. Al fin, en 1930, las exportaciones descenderían, en general, en términos reales, en un 36% y pese a la expectativa creada por la COSACH, la recesión mundial comenzaría a azotar el mercado salitrero. Se duplicó el número de oficinas que cerraron y, junto a una moderada reducción de la producción (17%), las exportaciones alcanzaron sólo a 140.000 toneladas mensuales, comparadas con las 250.000 del mismo periodo del año anterior . Pero, aún así, en la primavera de 1930, salvo excepciones, como el ex ministro de Hacienda, Jaramillo, ni gobiernistas ni opositores ni empresarios reconocían la profundidad de los efectos de la depresión mundial y, por ello, Ibáñez, dando continuidad a la política del ex ministro Ramírez, contrató nuevos empréstitos destinados, en gran medida, a la ejecución del plan de obras públicas, con lo cual el crecimiento acumulado de la deuda externa, entre 1927 y 1930, alcanzó un 40.5% . Como a raíz de la recesión los precios internacionales caían, pero no así los intereses generados por los empréstitos, al concluir 1930, más de un 88% de la deuda pública correspondía a deuda externa . En cuanto a los ingresos fiscales, las entradas provenientes de derechos aduaneros disminuyeron ese año en un 30,9%. En el caso específico del salitre, debido a la crisis de arrastre de la industria, el aporte de los derechos de exportación caería de 293,7 millones de pesos en 1929, a 180 millones en 1930 . No obstante, el ejercicio financiero 1930 deparó, aunque nimio, un superavit de aproximadamente 0,2% .
Debido a este último antecedente, aunque con cautela, el grupo más cercano a Ibáñez seguía considerando que la situación del país no era crítica, ni mucho menos desesperada. No se había repetido el superavit de años anteriores, pero ¿qué otro país de América Latina podía exhibir equilibrio fiscal, a más de un año del jueves negro de Nueva York? Además, era posible realizar nuevos ahorros, dolorosos por cierto, para concebir un presupuesto no deficitario, en 1931; y también incrementar las entradas fiscales con el aumento del pago de impuestos. Puesta en marcha la COSACH, comenzarían a recibirse las rentas comprometidas por las empresas salitreras y los recursos del plan de obras públicas permitirían absorber, aunque fuese parcialmente, la cesantía producida en el sector minero. Por último, conjeturaban, en la medida que Estados Unidos fuese saliendo adelante, Chile aguantaría el chaparrón indemne.
Pero la crisis se cernía implacable sobre el país. Correspondiendo a un fenómeno mundial, el proceso deflacionario llevaría, en 1930, a una caída de los precios superior al un 5%. Al descenso de la actividad productiva en el sector minero, se sumaba, en la agricultura, la reducción de cosechas y unos precios que bajaban, en promedio, 35% , todo ello con el consecuente desempleo. Después de dos años de crecimiento del producto interno real, el embate de la depresión se tradujo en un descenso del 14% y cuando el Banco Central manifestó que “no se presentan indicios de que el movimiento general descendente en la tendencia de los negocios haya llegado (…) a su punto ínfimo”, la suma de las acciones transadas en la bolsa ya había caído a la cuarta parte y los montos de los protestos de letras, prácticamente, se habían duplicado . A raíz de las menores entradas de divisas, las reservas del Banco Central disminuyeron en casi un tercio y, por último, la elevación de las tasas de interés y la contracción de circulante determinarían que, en 1931, los negocios sí llegarían a ese temido “punto ínfimo”. El Gobierno, al elaborar el presupuesto de este nuevo año, adoptó medidas severas para reducir los gastos ordinarios, a saber, supresión de empleos públicos y nuevas rebajas de sueldos del personal administrativo, pero la disminución total de gastos fue solo de un 13,7%, reveladora de confianza en la posibilidad de enfrentar con éxito los efectos de la crisis .
El Gobierno afirmaba que “todos los expertos financieros europeos y americanos que han visitado recientemente Sudamérica coinciden en estimar que Chile está pasando la crisis mundial en mejores condiciones que la casi totalidad de los países del mundo” No obstante, Hacienda debió adoptar medidas para enfrentar el previsible déficit fiscal, como las facultades extraordinarias otorgadas por ley al Presidente, para introducir economías, en ejercicio de las cuales dictaría más de mil decretos con fuerza de ley que provocaron la paralización del plan de obras públicas y el consecuente aumento del desempleo. Arreció entonces la supresión masiva de cargos administrativos, fueron reducidas drásticamente las jubilaciones y se aumentaron impuestos. Para la ciudadanía, el régimen que hasta entonces, mal que mal, había sido mayoritariamente respaldado, se convertía en verdugo de miles de funcionarios públicos, jubilados y contribuyentes de la clase media.
Curiosamente, Pablo Ramírez logró suscribir, en Nueva York y colocar en Estados Unidos y Europa, un empréstito de 34 millones de dólares. El embajador Chileno, Dávila, se manifestó asombrado de “la forma en que el señor Ramírez ha dado término a las negociaciones para financiar la COSACH”, que calificó como “algo increíble, ya que se trata de una gran inversión en momentos de depresión mundial en que los capitalistas no se inclinan a hacer inversiones en el extranjero”. Pero, ya en marzo de 1931, los augurios santiaguinos de un terremoto financiero, económico y social comenzaron a crecer, cuando tras la exitosa estancia de Ramírez en Nueva York, los mercados financieros de Wall Street suspendieron la colocación de nuevos bonos de la COSACH, los cuales se depreciaban. Los cables hablaban por sí solos. Las ventas de salitre caían dramáticamente, afectando la demanda agrícola, el transporte y el comercio; los stocks acumulados en las oficinas superaban las peores expectativas y la cesantía crecía como amenazante marea social, pero no sólo en la industria salitrera, sino también en el carbón, la administración pública, y en las empresas y comercios que, saturados de deudas y enfrentados a la galopante contracción del circulante y el descenso dramático de los precios, caían en quiebra. Nadie debía sorprenderse, por tanto, de que los generosos banqueros americanos comenzasen a cerrar sus puertas a Chile. Como iban las cosas, se presentía que pronto las arcas fiscales se encontrarían vacías. En tales condiciones, parecía patético aquel comunicado del Gobierno, dirigido a las fuentes crediticias externas, en que decía ser víctima de una campaña malintencionada de rumores.
En menos de dos semanas, el Banco Central aumentó las tasas de descuento y redescuento en un 20%.El panorama fiscal amenazaba con un déficit que haría imposible cubrir el endeudamiento, pues las entradas aduaneras, que representaban la mitad de los ingresos ordinarios, caerían más de un 50% y las del salitre un 62%. Solamente paliaban la situación el alza de los impuestos y contribuciones, gracias a la cual los ingresos por este concepto sólo disminuirían en cerca de un 20%.... , y el pago de la mitad del servicio anual de la deuda externa .En tal contexto, naturalmente, se desencadenaba el descontento de la población, alentado por rumores alarmantes de los opositores, quienes atribuían la situación exclusivamente al Gobierno. Un decreto de 4 de mayo de 1931 estableció nuevos despidos de empleados públicos, elevando la temperatura social. Irrumpieron violentas manifestaciones en Santiago, severamente reprimidas por Carabineros.
El gobierno trató de confiar la solución a un nuevo empréstito, ahora de los banqueros europeos, con el solo objeto de cancelar los pagos pendientes de la deuda externa, gestión también encomendada por Ibáñez a Pablo Ramírez, quien fue designado Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario en Francia. Pero los esfuerzos de éste fracasaron, en parte por maniobras urdidas por Alessandri y otros exiliados relacionados con los círculos financieros, como Gustavo Ross y Agustín Edwards Budge, para bloquear toda posibilidad de que la banca europea concediese el préstamo.
En el país, los acontecimientos derivaban en franca turbulencia política. El Gobierno parecía no distinguir entre críticos constructivos y conspiradores y acusaba a todos de ser “depravados elementos de la vieja politiquería” . Luego del brevísimo paréntesis de silencio que siguió al accidente de tránsito que costara la vida a Emiliano Figueroa, la represión arreció.
En definitiva, nuestro país no solo fue el más afectado en América Latina por la crisis internacional, sino que, según la Liga de las Naciones, “el valor oro del comercio internacional en Chile cayó proporcionalmente más que el de ningún otro país del mundo”. Ello se debió, principalmente, al catastrófico descenso en la demanda de salitre, que ese año 1931 produjo una disminución de más de 65% en las exportaciones del producto y de 26% en las exportaciones totales, respecto al ya doloroso resultado de 1930, lo cual ocasionó una virtual paralización comercial, claramente verificable en el penoso hacinamiento de barcos mercantes fondeados en Valparaíso. La disminución de la producción minera repercutió en el consumo interno, precipitando la caída de los precios de los productos agrícolas, en casi un 50% , y también en la industria fabril y el comercio detallista. El desempleo crecía velozmente en todos los mercados. La crisis se generalizaba.
Era esta marea incontenible la que aumentaba el descontento social. Políticos e historiadores discutirían más tarde si las dificultades para satisfacer la deuda externa se debieron a la política del gobierno o a la impredecible depresión internacional. Pero lo que la población experimentaba en la vida cotidiana, sin discernir sus causas, era el creciente desempleo y el dramático deterioro del nivel de vida, lo cual, como siempre ocurre, fue generando una ascendente indignación hacia el Gobierno establecido.
A mediados de mayo, la nueva gestión de Rodolfo Jaramillo, en Hacienda, parecía infructuosa, pero lo que más preocupaba a Ibáñez era la creciente agitación social. Cientos de mineros desempleados, provenientes del Norte, marchaban por las calles de la capital, protestando, acompañados de estudiantes que les avivaban la cueca. Ollas comunes se instalaban por doquier y las niñas de la Juventud Católica ofrecían tazas de ulpo a las hijas de los cesantes. ¡Hasta las señoras salían de sus casas y desfilaban frente a la Moneda pidiendo la caída de la que denominaban dictadura! La situación financiera no parecía tener solución a corto plazo y tampoco era posible evitar las consecuencias sociales y el descontento. Por otra parte, ¿de qué serviría el respaldo militar? Ibáñez no querría un baño de sangre. Por ello, se recurrió a la solución política, con la designación, como ministro de del Interior, de Juan Esteban Montero, mesurado abogado radical, sin trayectoria política, quien liberó a los relegados y otorgó garantía de total libertad de prensa.
Ministro de Hacienda fue Pedro Blanquier. Fue éste y no Montero quien en gran medida, precipitaría el destino fatal del Gobierno. El 16 de julio – no está claro si con la aprobación de Ibáñez- el Ministro Blanquier presentó un espeluznante informe sobre el estado de la Hacienda Pública, que posteriormente entregó a la prensa, según el cual el déficit total presupuestario, a fines de año, sería de 145 millones de pesos. En lo coyuntural, los compromisos exigibles alcanzaban 90 millones, pero el saldo disponible no llegaba a los cinco, de modo que el déficit de caja era de 85 millones. Por su parte, la deuda pública total sumaba, contemplados intereses y amortizaciones, 4.576 millones de pesos, que implicaban un servicio anual de 311 millones . La exposición de Blanquier, a la que agregó la decisión de suspender el servicio de la deuda externa en moneda extranjera, fue una espada clavada en el corazón mismo del régimen, que acabó por lapidar su prestigio y credibilidad, ya erosionados.
Al día siguiente del anuncio de Blanquier, los bonos chilenos en Nueva York ya habían descendido siete puntos y la última posibilidad del préstamo que se gestionaba en Suiza, fue abortada.
El Gabinete Montero-Blanquier duró una semana y, pese a las medidas liberalizadoras, la protesta social crecía, a consecuencia de resoluciones como el aumento del impuesto a los espectáculos y la obligación impuesta a los empleados públicos de contribuir con el erario, desprendiéndose del siete por ciento de sus ya reducidos sueldos, porcentaje que subía hasta un 33% en el caso de los profesores.
Se sucedieron los gabinetes ministeriales de emergencia. Académicos y estudiantes, que habían ocupado la casa central de la Universidad de Chile, se lanzaron masivamente a las calles, seguidos por los mineros cesantes y los médicos, que habían decretado un paro indefinido. Se exigía la renuncia de Ibáñez. Aumentaba la agresividad verbal y los enfrentamientos con la policía. El estallido social se extendía a provincias como Antofagasta, donde se iniciaba la huelga general. Ese 24 de julio, bastaba leer el manifiesto de Ibáñez para asumir que todo estaba perdido, pues culpaba de todo.... a los comunistas, que se habrían aprovechado de las medidas liberalizadoras.
La violencia, incluidos saqueos provocados por el lumpen y también por obreros cesantes, se desataba en las más importantes ciudades. Las cargas de los carabineros montados no impedían que la masa volviese a atacar. El comercio y los bancos cerraron sus puertas. El país se paralizó. La muerte del estudiante Pinto Riesco y el asesinato del profesor Alberto Zañartu, en los funerales de aquél, aceleraron el desenlace. El 25 de julio, el Presidente resolvió resignar el mando y al día siguiente se lo comunicó a los ministros. Todo transcurrió de acuerdo lo establecían los preceptos de la Constitución Política. Mientras Montero reasumía como ministro del Interior, el ex Presidente, en Los Andes, subía al tren que lo trasladaría hasta Mendoza.
Ninguna evaluación equilibrada de la caída de Ibáñez puede desconocer, como principal causa contextual, la depresión internacional y sus catastróficos efectos sobre Chile, debido a la caída de los precios de exportación del salitre y otras materias primas, que alcanzó un 83 %, es decir, la más acentuada en toda la historia del continente .Si en Chile “el producto cayó, en el trienio 1930-32, un 44%, en EEUU lo hizo sólo en un 25%” . Ello, unido a la deuda externa y “la brusca interrupción de la afluencia de nuevos capitales” , produjo el descenso de las reservas del Banco Central y el desequilibrio financiero, con el consiguiente déficit que, si bien no fue el mayor de los últimos años, cerró las puertas a nuevos créditos externos, generó pánico y fue hábilmente explotado por los opositores. A mediados de 1931, alimentado por el desempleo y las quiebras, pasó a operar, como precipitante del desenlace, el factor político, que incentivó las movilizaciones sociales, con la tolerancia de los partidos afectos al Gobierno.











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