Nuevas caras para las mismas mafias. por Rafael Gumucio
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Puesta online a las 10:56, el 25 de Agosto del 2010
Nuevas caras para las mismas mafias
Durante esta última semana del mes de agosto de 2010 se completa la supuesta renovación de las directivas de partidos políticos. Hay ilusos que creen que con un cambio de cara estas agrupaciones, compuestas cada vez con menos ciudadanos y cada vez más despreciadas por los electores, éstas lograrán acercarse a la sociedad civil, sin embargo, lo único que podemos constatar, en la mayoría de los casos, se refiere a cambios de cara y de nombre, pero sus dirigentes siguen las mismas prácticas políticas. Poco quiere decir el reemplazo, por ejemplo, de Pepe Auth por Carolina Tohá – en fondo, los “dueños” del PPD son los mismos y, por mucho que se emplee un lenguaje más cercano a la ciudadanía, en el fondo, el partido sigue regido por las mismas mafias y malas artes de desprecio a la expresión ciudadana-.
En el PS la elección parecía, prácticamente, evidente: hace tiempo que este partido, otrora revolucionario, se ha transformado en un coto de caza, cuyo propietario sigue siendo Camilo Escalona y su lote, que se hace llamar “Nueva Izquierda”, aun cuando este término, en actualidad, sirve para un “fregado y un lavado”; los intentos de renovación, encabezados por el diputado Marcelo Díaz, fueron rápidamente aniquilados por la maquinaria que llevó al poder a Osvaldo Andrade. Nada se puede esperar del PS tal como está hoy: si antes fue un partido que puso en cuestión al sistema y tuvo ideas creadoras, en la actualidad es un partido que solamente puede vivir del poder, una agencia de empleos, una máquina generadora de nuevos ricos o de una aplanadora para cualquiera que se atreva a pensar libremente; en síntesis, el PS se a convertido en una excrescencia burocrática y su destino no será muy distinto al de tanto partido que nació siendo popular y terminó siendo un enjambre de apitutados: un conjunto de “mamones del Estado”.
El caso del PDC es verdaderamente trágico: en las últimas elecciones ha logrado, apenas, un 14%, situación que nos retrotrae a las municipales de los años 60; la Democracia Cristiana carece de doctrina, de mística, de legitimidad y de ideales y su única gracia consiste en haber sabido conquistar, con Aylwin y con Frei las dos primeras presidencias del período de la “transacción”. Sus fracciones son un verdadero remedo de oficialistas, rebeldes y terceristas; los actuales chascones, encabezados por el ex canciller Marino Fernández, no tienen propuestas que se asimilen a la sociedad comunitaria, si siquiera al socialcristianismo, ambas corrientes en verdadera retirada ante una iglesia carcomida por la pederastia y a las concepciones más reaccionarias respecto a la reproducción y las libertades individuales.
Los “príncipes” son jóvenes que se autodefinen como renovados, pero a la luz de la realidad representan una versión bastante reaccionaria de las democracias cristianas, respecto a temas vitales como las uniones civiles, el matrimonio entre parejas del mismo sexo, el aborto terapéutico, la muerte asistida, y otros. Los Walter, los Orrego, los Undurraga, entre los más visibles, son conservadores, que no se atreven a dar el paso de una alianza de partidos cristianos con la UDI - sí tienen bastante dificultades para entender el súbito amor de Eduardo Frei con el PC -. Si usáramos terminología de los años 60 podríamos decir que los “príncipes” serían perfectos compañeros de ruta de Carlos Larraín y los coroneles de la UDI.
El Partido democratacristiano nunca más será lo que fue y no le quedan más que tres caminos a seguir si quieren sobrevivir: continuar con el eje socialista-democratacristiano – Escalona y Frei, o sus representantes actuales, incluso, ampliando esta alianza al PC que jugaría, en este caso, un papel secundario, que podría ser una reproducción extemporánea de la Unión Social y Política del Pueblo, del Bloque de Saneamiento Democrático, del Bloc de Izquierda, y de tantas alianzas que, en su época, tuvieron sentido, pero hoy son sólo conglomerados burocráticos para el reparto de diversos “botines”-; la segunda posibilidad, un poco más audaz, se refiere a declarar caduca e inútil la Concertación y buscar nuevos caminos más creativos, que logren reciclar un partido que se ha transformado en una agencia de empleos; una tercera posibilidad sería convertirse en un aliado de la derecho y entrar al gobierno de Sebastián Piñera - ¿por qué no pensar en una fusión con la UDI? En el fondo, ninguno de estos caminos es muy racional para un partido casi perimido, que lo mejor que podría hacer sería que cada militante eligiera su destino.
RN es un partido de gobierno. La derecha, a partir de 1938, no ha conformado partidos capaces de gobernar: actúan frente al Estado en forma diametralmente distinta que los partidos de centro izquierda; si agregamos que llevan tantos años fuera del poder, podemos entender que tienen gran para manejar los aparatos del “Leviatán”. Tanto Jorge Alessandri, como Sebastián Piñera tratan a los partidos de derecha como el marido golpeador a la mujer que sufre violencia doméstica; como buenos machistas, cuando participa en las conferencias de los partidos que los apoyan, les tiran zalamería, - como aquella de Sebastián Piñera cuando dijo que, entre los participantes de RN, estaba sentado un futuro presidente de Chile- pero jamás reconocerán a sus partidos ante el Registro Civil como pareja legal.
Me cuesta entender aquello de la derecha liberal, aun cuando sé que existe y hay algunos personajes que la encarnan, sin embargo, en cada encuentro importante de RN termina triunfando Carlos Larraín junto con el sector más conservador de ese partido. Si se quiere hacer algún símil – aquello de la “patrulla juvenil” y hoy, el sector de Rubilar y los Monckeberg son como una cana al aire en una derecha que, al fin y al cabo, sólo ha triunfado con la dictadura de Pinochet.
La UDI es el más poderoso partido chileno - en un tiempo se le comparó con la trayectoria de la Falange a la Democracia Cristiana – y no falta quien la califique como un partido “leninista”, con una férrea dirección de un grupo fundacional que no permite, ni permitirá nunca, que este partido de “directorio”, con fuerte penetración masiva, se transforme en una institución de asamblea. Es muy difícil concebir la democracia en la UDI: sus directivas se renuevan en consejos que, en muchos casos, están vedados para la Prensa; paradojalmente, en la elección a realizarse hoy, 21 de agosto - y en la anterior- se da una disputa regulada entre Juan Antonio Coloma y José Antonio Kast. En apariencia, Kast representa a una generación más joven, pero radicalmente conservadora en los llamados “temas valóricos”; Coloma es el representante de los coroneles y de una continuidad en el ethos autoritario del partido UDI.
En conclusión, a renovación de la directiva de los partidos políticos actuales no representa ningún cambio esencial en el escenario de reparto de botín del Estado entre dos combinaciones que presentan signos de agotamiento y de lejanía de la soberanía popular y que sólo sobreviven gracias a un sistema electoral espurio y el rechazo- completamente comprensible - de los ciudadanos de la política y de los partidos.
Rafael Luís Gumucio Rivas
21/08/10