Con entusiasmo y alegría Carlos Benítez Villodres Málaga El hombre contemporáneo debe tomar conciencia de la amplitud y g
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Puesta online a las 9:05, el 27 de Agosto del 2010
Con entusiasmo y alegría
Carlos Benítez Villodres
Málaga
El hombre contemporáneo debe tomar conciencia de la amplitud y gravedad de los atentados contra la vida, que siguen marcando la historia de la humanidad, para que busque las múltiples causas que los generan y alimentan, para que reflexione con suma seriedad sobre las consecuencias que se derivan de estos mismos atentados a la vida de las personas y de los pueblos. “El que no aprecia y valora la vida, asevera Leonardo da Vinci, no la merece”.
Hay amenazas que proceden de la naturaleza misma, y que se agravan por la desidia culpable y la negligencia de los hombres que, no pocas veces, podrían remediarlas. Otras, sin embargo, son fruto de situaciones de violencia, odios, intereses contrapuestos, que inducen a los hombres a agredirse entre sí con homicidios, asesinatos, guerras, matanzas y genocidios.
¿Cómo no pensar también en la violencia contra la vida de millones de seres humanos, especialmente niños, forzados a la miseria, a la desnutrición y al hambre, a causa de una inicua distribución de las riquezas entre los pueblos y las clases sociales? ¿O en la violencia derivada, incluso antes de que estallen las guerras, de un comercio escandaloso de armas, que favorece la espiral de tantos y tantos conflictos armados que ensangrientan el mundo y los adentros de cada hombre y mujer de buena voluntad? ¿O en la siembra de muerte que se realiza con el temerario desajuste de los equilibrios ecológicos, con el criminal tráfico de drogas, con no poner al alcance de cualquier persona, en especial del tercermundismo, los remedios necesarios para que la práctica de la sexualidad no sea portadora de graves riesgos para la vida? “La vida merece ser vivida, afirma Tagore, con todo entusiasmo y alegría. Es el don más precioso que poseemos”. Mas es imposible enumerar la vasta gama de amenazas contra este regalo tan valioso como único: la vida humana. ¡Son tantas sus formas, manifiestas o encubiertas, en nuestro tiempo!
Se encendió el alumbrado público. Este hecho me sacó del tiempo de la reflexión. El tiempo..., un espacio que empieza con el nacimiento del hombre y desaparece con él. Por consiguiente, a cada ser humano le pertenece su tiempo. Él sabe el día que se puso en marcha, pero desconoce cuándo se parará el reloj que al nacer le regalaron. En ese día ignorado, el crepúsculo brumoso miró a los ojos del viento y abrió desanimadamente las puertas a una noche tranquila. Una de tantas noches que en vez de sangre tienen hastío, como muchísimos seres humanos. Poco tiempo tuvo el ocaso para esparcir por todas partes su fragancia más íntima. Tras un bostezo y sin decir adiós, desapareció para no volver nunca más. Los amaneceres y las puestas de sol son como los torrentes, o como los árboles silvestres, o como las olas de la mar. Nunca nos encontraremos sobre el planeta a dos de ellos o de ellas idénticos, aunque apreciemos ciertas similitudes. Sucede lo mismo con el mundo. Si cambiamos de punto de observación, el orbe aparecerá, ante nuestros ojos, distinto del que mirábamos ayer o hace una semana.