Los viudos de George W. Bush El gran derrotado en las elecciones norteamericanas del 4 de noviembre de 2008 es George W. Bu
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Puesta online a las 20:18, el 05 de Noviembre del 2008
Los viudos de George W. Bush
El gran derrotado en las elecciones norteamericanas del 4 de noviembre de 2008 es George W. Bush. La historia lo recordará como el peor presidente de los Estados Unidos, título bastante difícil de conquistar considerando que sus rivales eran, nada menos, que Richard Nixon y Harry Truman. Bush, un hijo de papá, alcohólico en sus años mozos, se convirtió en fanático evangélico.
En su prontuario tiene a su haber dos estúpidas guerras, Afganistán e Irak, convirtiendo a Estados Unidos en un imperio belicoso, criminal y atropellador de los derechos humanos, y nunca respetó a sus supuestos aliados; para Vds. sólo hay amigos y enemigos, el bien y el mal, un perfecto maniqueísmo; únicamente una mente enferma puede inventar el “eje del mal”; por otra parte, su diálogo se restringe a quienes son serviles valet de su política – José María Aznar, Tony Blair y, en América Latina, el paramilitar presidente colombiano Álvaro Uribe-.
El mundo de Bush es muy limitado, al igual que el dictador de triste memoria, que trata de favorecer a los ricos y de despreciar a los pobres. Bush redujo los impuestos a los especuladores y a los accionistas bursátiles en desmedro de la mayoría de la población. Además, el presupuesto de Defensa fue estratosférico, aumento un déficit fiscal y comercial: la deuda norteamericana no podrá ser saldada por generaciones; como el rey Luís XIV, “después de mí, el diluvio”.
Para rematar su obra, termina con una crisis, sin precedentes, en el sistema financiero y una recesión que puede convertirse en depresión, cuya duración y salida nadie puede prever; el único parámetro de comparación con que se cuenta es la crisis de 1929, donde las acciones recuperaron su valor 15 años después, en 1945.
Para qué referirse al monstruoso deterioro de la calidad de vida de sus ciudadanos, cuyas casas son rematadas y el consumo ha caído a su más bajo nivel. No es necesario ser analista político para explicar el rotundo triunfo de Barack Obama y su partido, el Demócrata, como un producto genuino del desastre del neoliberalismo y neoconservantismo.
El período de las políticas neoconservadoras es bastante más amplio que los 8 desastrosos años de George W. Bush, pues comienza en los años 80 del siglo pasado con los gobiernos de Ronald Reagan y Margareth Thatcher; el mercado funciona sin ninguna regulación, no hay sociedad ni política, sino pocos individuos que luchan por enriquecerse en el menor tiempo posible; es la época del imperio de Alan Greespan, de las bajas tasas de interés, de las emisiones sin respaldo y del endeudamiento ilimitado; son los derivados, apalancamientos y una serie de creaciones de un mundo virtual de papeles sin valor. Hubo períodos de fiesta con las Bolsas en alza y períodos de crisis de recesión, pagados por países emergentes.
El neoliberalismo emprendía, en casi todos los países, las privatizaciones de las empresas más rentables del Estado, cuya intervención se acusaba de ser una brutalidad, propia de las políticas del maldito Estado benefactor.
El neoconservantismo es una forma de metafísica religiosa, monstruosamente sectaria e intolerante, incluso, el candidato republicano Mac Cain atacó a los conservadores evangélicos como una forma de sectarismo intolerante, siendo él mismo la última víctima de ellos al ser derrotado por Obama.
Max Weber, en su libro La Sociología de las religiones, publicado a comienzos del siglo XX resalta, en el último capítulo, la contradicción entre la libertad religiosa, garantizada en la Constitución, y el enorme peso de las sectas protestantes en toda las formas de sociabilidad norteamericana; el no pertenecer a ellas, según el autor, equivale a un aislamiento social y político; la primera pregunta que hacían los americanos se reducía a qué secta o sociedad religiosa pertenecía; el hecho de ser evangélico era garantía de que el cliente pagara su cuenta al dentista y, a su vez, este cumpliera los protocolos de su profesión.
George W. Bush, y su partido Republicano, han basado su poder en los Estados de la Unión, donde predominan los evangélicos y los blancos. En la elección de 2000 ganó, a causa del fraude y la votación de los cubanos ultraderechistas, en Florida; en la reelección de 2004, por el apoyo de los evangélicos, presentándolo como el gran jefe de las Fuerzas Armadas que triunfarían en la guerra de Irak.
Quizás, uno de los elementos más interesantes de las elecciones de noviembre de 2008 es la pulverización sociológica de los dogmáticos evangélicos, que se vieron reducidos a los Estados de centro del país, que votaron por MacCain. No sólo ganó Barck Obama con 349 electores, contra 173 de MacCain, sino que también el partido demócrata cuenta, hasta el momento de escribir este artículo, con 56 senadores de un número de 100 – sólo le faltan 4 para evitar el bloqueo legislativo por parte de los republicanos- además, tiene la mayoría absoluta en la Cámara de representantes, con duración de dos años en su cargo y una significativa mayoría de gobernadores.
En el sistema presidencial norteamericano una mayoría de esa importancia sólo se ha dado, en el caso de los Demócratas, en 1933, con Roossevelt y, en los años 60, con J.F. Kennedy. Si Barack Obama logra imponer sus principales proyectos durante los primeros meses, podrá aprovechar su “luna de miel”, que siempre favorece al Ejecutivo; de no hacerlo empantanará, como ocurrió con nuestra presidenta Michelle Bachelet; esta es una regla de oro de todos los gobiernos presidenciales o presidencialistas.
Los Republicanos se han quedado solamente con el voto de los blancos, los fanáticos evangélicos – que se niegan a todo cambio- y, ahora, una minoría de latinos cubanos, todos pertenecientes a un grupo etario baste maduro; por el contrario, más del 90% de los afroamericanos, una importante proporción de latinos y latinas, además de muchos blancos votaron por Obama. Una de las claves del triunfo del partido Demócrata se encuentra en el cambio sociológico de los ciudadanos norteamericanos en la actualidad.
Es una coincidencia que en Chile, el país que produjo uno de los tiranos más canallas, cobardes y ladrones de las historia se expresen, con todo cinismo, los viudos del neoconservador George W. Bush. En El Mercurio, del 5 de noviembre 2008, se nos puso a llorar el “inefable” columnista Hermógenes Pérez de Arce, un pilar de este Diario, con el título “preveo algunas lágrimas hoy”; tiene un amor senil por Mac Cain, a quien cita: “soy más viejo que el polvo y tengo más cicatrices que Frankenstein, pero he aprendido algunas cosas en el camino”. Me pregunto si habrá aprendido a no meterse con Bush, que es igual a la lepra. Según don Hermógenes “Obama va a ganar gracias al racismo de casi todos los negros y una mayoría de hispanos, que votan por él por motivos raciales”. A Bush lo ha demonizado la izquierda, de ahí el rechazo mundial del que goza. Así, suman y siguen las lamentaciones de este derechista, pero al menos tiene la franqueza de reconocer que la derecha chilena no tiene candidato, pues Sebastián Ciñera es un demócrata cristiano camuflado.
Otro de los viudos del neoconservantismo es José Piñera, hermano de Sebastián; el triunfo de Obama para él constituye una gran desilusión, pues llevará el proteccionismo a la Casa Blanca proponiendo un sistema de salud universal; según este fanático neoliberal, Obama, Senador por Chicago, debiera haber aprendido de los Chicago Boys.
Afortunadamente, la tonta metafísica de los neoconservadores está en el mundo en franca retirada y, ojalá, un gobierno de Barack Obama ponga la lápida a tanta estulticia. Cada día creo menos en la capacidad científica de los neoliberales, que son más teólogos que economistas.