Puesta online a las 17:02, el 04 de Noviembre del 2010
Yo pertenezco a esa generación que no creció en democracia. Más aún, quizás por no haberla vivido no la valoraba mucho más allá de lo que podía comprender leyendo libros de historia. Una historia que contada por sus padres distaba mucho de lo que en ellos se podía aprender, a pesar, muy a pesar de lo que se esperara encontrar hoja tras hoja.
Pertenezco a esa generación que repetía sin pudor:
- que Rosas era un sanguinario.
- Que la Campaña del Desierto había permitido “extender” nuestras fronteras. Fronteras internas eran los cuerpos de los indios originarios de esta tierra.
- Que hubo presidentes elegidos democráticamente, pero que no se preguntaba por qué y por quiénes habían sido derrocados, hasta que empezó a hacerlo y fue otro el destino de esa generación.
Pertenezco a esa generación que creció escuchando que una campana puede sonar distinta según repique en el hogar, o en la escuela. En una escuela capaz de exhibir sin pudor, el poder que la amparaba, repicando sin éxito, que el tirano prófugo, en referencia a quien fuera tres veces presidente de los argentinos, había incendiado iglesias, había perseguido opositores, había huido, (pasando por alto los bombardeos de Plaza de Mayo, la amenaza de volar las destilerías de La Plata), para terminar viviendo en España, cómodo, asilado.
En el hogar, la tristeza era la misma que podía percibirse en cientos de hogares peronistas. Entiendo hoy, a ese padre sumergido en un mundo de añoranza, cuando cada tanto, bajo una luz tenue, desempolvaba aquél libro gigante, pesado para las manos de niña. Ese libro mostraba un país distinto. Por eso era una reliquia. Fui descubriendo el sentimiento con que lo abría, y la solemnidad con que daba vuelta sus hojas. El sentimiento de orgullo, disimulaba su tristeza, y se hacía presente al explicar cada uno de los cuadros, de las fotos, de los números que lo ilustraban. Era un libro que mostraba las transformaciones que el país había ido alcanzando. Ese libro supo transformar mi solitaria infancia, compartido en las noches de invierno, sólo en familia. No era un libro al alcance de mis manos, tampoco de ocasionales visitantes. Era un libro celosamente guardado. Casi escondido, a salvo de posibles usurpadores. Fue atesorado, y sé con certeza que no son pocos los ejemplares que puedan encontrarse en alguna biblioteca, sin que produzca asombro entender que ha sobrevivido más de 50 años en esas circunstancias. Hay que cuidarlo mucho más para que un día, cuando lo decidan ellos, también lo conozcan nuestros nietos.
Pertenezco a esa generación que comenzó cantando el “Luche y vuelve”, para luego, sumarle el canto real, “La vida por Perón”… Soy una de esos tantos jóvenes, que sabe que parte de su generación no fue censada hace unos días. Que no afloja el dolor cuando piensa en tantos niños huérfanos, y otros tantos que desconocen sus verdaderos apellidos.
Soy una de aquellas a las que el viejo trató de imberbe, pero que a su muerte, no dejó de estar presente en una de las cientos de capillas ardientes, armadas en casas de familias a lo largo y ancho de nuestro suelo. Que lo lloró, sin preguntarle demasiado por qué los había echado de la plaza días antes de morirse. La misma que entendió que el discurso de despedida de su viejo adversario debía ser un símbolo, un mensaje para las futuras generaciones.
Pertenezco a esa generación que cree que las utopías viven, resisten en proyectos políticos y que celebra, que cada quien crea mejor el propio que el ajeno.
Pertenezco a esa generación que no le teme a las diferencias, porque es capaz de reconocerlas. Que no tiene vergüenza por sentirse responsable de sueños colectivos. Esa generación que creyó, cree, en la política, a pesar de los esfuerzos que hicieron muchos por desprestigiarla hasta negarla.
Es la misma generación que no titubeó decirle presente al primer presidente del retorno a la democracia cuando las caras se pintaron del color de los uniformes de la guerra.
Es también la que no sumó su crítica, porque la victoria llegaba al poder sin las estructuras tradicionales del poder político, y sin que cantara la “marchita”. Es que renacían sueños en esa generación de que las banderas históricas comenzaran a remontar su vuelo.
La muerte a veces sorprende. A veces también sorprende a pesar de que una crónica la anuncie. Mi generación cree que la muerte no vuelve a los muertos más buenos, ni más nobles. Mi generación recupera cierta añeja intolerancia cuando algunos vivos la celebran, y otros oportunamente la lloran.
Pertenezco -como ese hombre- a esa generación a veces reconocida, respetada, admirada, casi acostumbrada, a perder una tras otra las batallas a manos de la muerte, convencida que “a la hora del naufragio, y de la oscuridad, alguien te rescatará para ir cantando…”