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El ruido del hambre .Apuntes del Casino de Viña del Mar (2005) Ivan Godosky

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Puesta online a las 19:00, el 09 de Noviembre del 2008






Era noche, eso me han informado, eran algo de las tres de la madrugada cuando de la casa de la loca Bella salió un olor a porotos granados. El perfume atracaba en cada olfato de los hambrientos. Era obsceno porque en toda la población se sintieron sonar las tripas de los hambreados y, algunos de los infelices, débiles y casi ciegos de tanto raquitismo, meaban espumas con sangre sobre el pavimento carcomido por las uñas de perros, que ellos, ya enloquecidos, buscan sus huesos de antaño en una tierra invadida de alquitrán y restos de cementos revueltos con plásticos que una vez, bueno, dos veces, eran de bidones para enterrar restos radiactivos de no sé que región del globo.

Los porotos granados habían sido ganado en un concurso de la televisión chilena y, para evitar que el ganador tuviera que calentarlos, se los entregaron en una olla especial para que no perdiera su temperatura y, en una bolsita, más a bolsa parecía un baúl enrollado con cadenas para que, bueno, no los asaltaran y les robaran dos patitas de pollo, tres panes colizas dos peras maduras y un poco de jugo de naranja.

El ruido del hambre, el concierto de las tripas, la tiranía del estómago que rasgaba algunos vientres de mujeres embarazadas dejaban caer al suelo fetos de yeso ya listos para volverse milagros o entregar el color, al menos eso, de la leche. Los gritos del vecindario eran desgarradores, la luna se cruzaba de cinismo porque bajo de ella algunos poetas componían versos acompañados con champagne y caviares... y de los hocicos de las ratas y gatos caían esqueletos de murciélagos aportillados por el hambre y destruidos por una fiebre apretada de una patria llena de plata y sin comida.

El desorden trajo muertos ya fallecidos antes del hambre. Unos con brazos pero sin músculos porque, bueno, dicen que ellos se los habían comidos, otros dicen que se los pasaban chupando, otros dicen que enterraban pajitas en las musculaturas y chupaban y chupaban hasta caer desmayados.

Tan pronto llegaron todos los vecinos a la casa de la loca Bella, un grito de hombre cayó sobre todos. De la casa de la loca Bella se vio que el cadáver volaba contra los vecinos. Flotaba en el aire, era liviano como una pluma. Unas miradas de niños, con gestos desesperados, trataban de olfatear el olor de los porotos granados que llevaba el finado en su ropa. Todo fue como un enfrentamiento rebelde de los impacientes que esperaban, bueno, es verdad, que los elegidos del pueblo, repartieran el pan prometido.

La loca Bella, clavó en la puerta de su casa un ropero vacío. Los vecinos rasguñaban hasta los muros de la casa para poder ingresar y, al menos, tener una cucharadita de porotos en sus hocicos desposeídos de alimentos.

Era el 2025. Chile sin alimentos. El pueblo había caído en pecados, eso andaban diciendo en Roma, que el pueblo nunca debió volver al socialismo porque, Dios, no era ni socialista, ni comunista sino que Nacional Socialista.

Una noche los mares de Chile dejaron abandonadas sus algas las cuales, eso no se entiende, tomaron vida e invadieron las ciudades con sus tentáculos. Nunca se supo porque cresta las algas se habían puesto hasta gafas de sol. Una crónica, leída por nuevos históricos aun no nacidos, dice que una alga tenia manos y en sus dedos llevaba unas aletas de pescados rojos. En fin, a nadie importa ese detalle porque en el transcurso de la noche la loca Bella se había comido una olla de porotos granados y, como sacudida por el egoísmo, se volvió arena y sal.

Nunca se podrá creer la historia de los porotos granados entregados a la loca Bella como premio en un concurso de la televisión chilena, pero, lectores, si continuamos al ritmo del 2008 pues para el 2025, seguramente se vivirá el ruido del hambre.

Ivan Godosky.


La primera y última vez que estuve en el Casino de Viña del Mar, fue el 2005. Llegué hasta la puerta de ingreso. Un muchacho, según él, director del Casino, me salió al encuentro. Llevaba uniforme. Su camisa blanca estaba manchada con gotas de aceite para frituras. Sus zapatos negros , eso lo vi de inmediato, eran algo grandes para sus pies. Al inicio era educado y muy gentil. Me habló en un castellano complicado para él mismo: "Es..., usted, colombiano?. Con mi shilenismo de exiliado antiguo, al parecer no me entiende nadie. "Ando con un par de mineros que me pesan en los bolsillos", le dije. El muchacho me miró desconcertado. "Este huevón está loco" habrá pensado. "Sorry?", me respondió. Me estaba dando cuenta que ser exiliado tiene millones de desventajas en mi ex-terruño. "Mire, ando..., olvídese..." Me sentía como las reverendas pelotas. El acento de los exiliados políticos no es igual al de los exiliados económicos. Los exiliados políticos, al pasar por Pudahuel, luego por las calles de la Alameda, después por las poblaciones de la metrópoli, dicen: "Puta que hay pobreza en la patria". El exiliado económico dice: "Me podría comprar unas de esas casitas, renovarlas y luego arrendarlas". Al final, eso hay que decirlo, son exiliados de un mismo problema. Unos hablan modulados, lentos y casi a lo cuico. Otros, con acentos marcados que parecen ser discursos del Chicho. "Señor... desea entrar o no", me pregunta el muchacho. Deseaba decirle que era la primera vez en mi vida que pisaba las puertas de un Casino. Claro el muchacho no me habría comprendido. Si le explicaba que en soy exiliado político, me habría dicho que a él la política le importa un bledo ya que todos los politicantes reman pal mismo lao, iñol. Deseaba seguir conversando con él pero no era posible. Me dijo que mi castellano es muy primitivo y que debería tomar un curso. Me hizo unos ejemplos: "Articulo de casa: la casa, el perro, el patrón. Veamos, otro ejemplito. Chiflar. un ejemplo, pero sin ofensas, jefecito. "Te chiflo". En ese momento me estaba dando cuenta que el muchacho me estaba tomando por jetón. “ Haber tírese usted un ejemplo...” "Te chiflé", le respondí. El muchacho se puso pálido. "Qué güeaaaaaaa dijiste? Me chiflaste? Son cinco años que trabajo en el Casino y nadie me había chiflado en la puerta de mi pega..., sabí güeón, yo me voy a ir a la casa, voy a pedirle el divorcio a la iñora porque no es digno que tenga un marido que se lo chiflea cualquier güeón y menos si es un becado de Pinochet. A tal punto la situación se estaba volviendo peligrosa. Le dije que me perdonara y que no era mi intención de causarle dolores. "Dolores, güeón... eso es el nombre nomás, ponle el apellido..." Quise darle la mano y decirle que entre chilenos es asi la cosa... te giras y te chiflan. No fue posible. El muchacho me dijo que si no me iba del Casino llamaría a los carabineros y me denunciaría por molestias sexuales. Dejé el lugar y me tomé un taxi hacia reñaca. El chofer, al verme subir a al taxi, me preguntó. "Cómo amaneció, jefe?"

El exiliado chileno, nunca ha respondido enseguida. Piensa un poco. Si respondo mal el chofer me va a pegar un palo asi de grande. "Es sordito, usted, patroncito?" "Qué le pasó en las orejitas?" "Tengo una agüelita, digo cliente, porque la mía se la llevó la pelá, que la cagó pa´ser sordita, jefe, porque cuando le digo que la carrera del taxi le cuesta tanto, ella se hace de las chacras..., que yo, eso entre usted y el aquí presente, creo que se hacen los sordos pa´no pagar lo que uno pide". EL taxista avanzaba por la costa. "Linda la maría jefe, se mueve todo el tiempo... sus olas son como pa besarlas... me cacha?.

Yo seguía sin responder a su primera pregunta. El "cómo amaneció" era peligroso... si le respondía que ya al alba se ve el amanecer del día, pues, me habría dado unos ejemplitos de artículos y cursillos de coa. Su segunda pregunta, "si era sordito?" Bueno, si hubiese dicho si, el palo no me lo despintaba ni el papa. La tercera manipulación: "Linda la maría, jefe", si hubiese dicho que los mares de chile son bellos, el taxista se daría cuenta que no vivo en Chile y, para colmo, me habría dicho que mi castellano es como la pelotas. Llegamos a reñaca bajo. Le pagué. El taxista me dejó una carta de visita en mis manos. Patrón, yo también fui exiliado... y me costó responder las güevadas de mis patriotas", me dijo... ahhhh, si va al casino, no pesque ni en bajada al portero porque se cree el director y anda con mas cebo que corbata de músico".

Sonreí. Al menos nadie me podía decir que sonrío como exiliado.



Ivan Godosky



La primera y última vez que estuve en el Casino de Viña del Mar, fue el 2005. Llegué hasta la puerta de ingreso. Un muchacho, según él, director del Casino, me salió al encuentro. Llevaba uniforme. Su camisa blanca estaba manchada con gotas de aceite para frituras. Sus zapatos negros , eso lo vi de inmediato, eran algo grandes para sus pies. Al inicio era educado y muy gentil. Me habló en un castellano complicado para él mismo: "Es..., usted, colombiano?. Con mi shilenismo de exiliado antiguo, al parecer no me entiende nadie. "Ando con un par de mineros que me pesan en los bolsillos", le dije. El muchacho me miró desconcertado. "Este huevón está loco" habrá pensado. "Sorry?", me respondió. Me estaba dando cuenta que ser exiliado tiene millones de desventajas en mi ex-terruño. "Mire, ando..., olvídese..." Me sentía como las reverendas pelotas. El acento de los exiliados políticos no es igual al de los exiliados económicos. Los exiliados políticos, al pasar por Pudahuel, luego por las calles de la Alameda, después por las poblaciones de la metrópoli, dicen: "Puta que hay pobreza en la patria". El exiliado económico dice: "Me podría comprar unas de esas casitas, renovarlas y luego arrendarlas". Al final, eso hay que decirlo, son exiliados de un mismo problema. Unos hablan modulados, lentos y casi a lo cuico. Otros, con acentos marcados que parecen ser discursos del Chicho. "Señor... desea entrar o no", me pregunta el muchacho. Deseaba decirle que era la primera vez en mi vida que pisaba las puertas de un Casino. Claro el muchacho no me habría comprendido. Si le explicaba que en soy exiliado político, me habría dicho que a él la política le importa un bledo ya que todos los politicantes reman pal mismo lao, iñol. Deseaba seguir conversando con él pero no era posible. Me dijo que mi castellano es muy primitivo y que debería tomar un curso. Me hizo unos ejemplos: "Articulo de casa: la casa, el perro, el patrón. Veamos, otro ejemplito. Chiflar. un ejemplo, pero sin ofensas, jefecito. "Te chiflo". En ese momento me estaba dando cuenta que el muchacho me estaba tomando por jetón. “ Haber tírese usted un ejemplo...” "Te chiflé", le respondí. El muchacho se puso pálido. "Qué güeaaaaaaa dijiste? Me chiflaste? Son cinco años que trabajo en el Casino y nadie me había chiflado en la puerta de mi pega..., sabí güeón, yo me voy a ir a la casa, voy a pedirle el divorcio a la iñora porque no es digno que tenga un marido que se lo chiflea cualquier güeón y menos si es un becado de Pinochet. A tal punto la situación se estaba volviendo peligrosa. Le dije que me perdonara y que no era mi intención de causarle dolores. "Dolores, güeón... eso es el nombre nomás, ponle el apellido..." Quise darle la mano y decirle que entre chilenos es asi la cosa... te giras y te chiflan. No fue posible. El muchacho me dijo que si no me iba del Casino llamaría a los carabineros y me denunciaría por molestias sexuales. Dejé el lugar y me tomé un taxi hacia reñaca. El chofer, al verme subir a al taxi, me preguntó. "Cómo amaneció, jefe?"

El exiliado chileno, nunca ha respondido enseguida. Piensa un poco. Si respondo mal el chofer me va a pegar un palo asi de grande. "Es sordito, usted, patroncito?" "Qué le pasó en las orejitas?" "Tengo una agüelita, digo cliente, porque la mía se la llevó la pelá, que la cagó pa´ser sordita, jefe, porque cuando le digo que la carrera del taxi le cuesta tanto, ella se hace de las chacras..., que yo, eso entre usted y el aquí presente, creo que se hacen los sordos pa´no pagar lo que uno pide". EL taxista avanzaba por la costa. "Linda la maría jefe, se mueve todo el tiempo... sus olas son como pa besarlas... me cacha?.

Yo seguía sin responder a su primera pregunta. El "cómo amaneció" era peligroso... si le respondía que ya al alba se ve el amanecer del día, pues, me habría dado unos ejemplitos de artículos y cursillos de coa. Su segunda pregunta, "si era sordito?" Bueno, si hubiese dicho si, el palo no me lo despintaba ni el papa. La tercera manipulación: "Linda la maría, jefe", si hubiese dicho que los mares de chile son bellos, el taxista se daría cuenta que no vivo en Chile y, para colmo, me habría dicho que mi castellano es como la pelotas. Llegamos a reñaca bajo. Le pagué. El taxista me dejó una carta de visita en mis manos. Patrón, yo también fui exiliado... y me costó responder las güevadas de mis patriotas", me dijo... ahhhh, si va al casino, no pesque ni en bajada al portero porque se cree el director y anda con mas cebo que corbata de músico".

Sonreí. Al menos nadie me podía decir que sonrío como exiliado.



Ivan Godosky





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