Don Alejo el cleptónamo de chinches Puta que anda mal de la cabeza don Alejo. En el mercado persa se compró un claxon y
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Puesta online a las 9:43, el 20 de Noviembre del 2008
Don Alejo el cleptónamo de chinches
Puta que anda mal de la cabeza don Alejo. En el mercado persa se compró un claxon y se cree auto. Antes de su enfermedad, era remachador de clavos... una profesión rara en Chile, porque él, don Alejo en persona, se autoproclamó "remachador de clavos". Andaba con un catálogo en un bolsón de escuela y en él aparecían centenares de modelos. Hay clavos y clavos, decía. Los pobres son los que tienen más clavos. Unos son los "chinches, y los otros, chinchetas. "pero esas güevadas, don Alejo, son insectos que pican y no clavan poh" le decían sus vecinos. "El chinche es el lacho de la chincheta" respondía don Alejo. Y luego que quedaba solo, sacaba unos chinches vivos de su bolsillos porque, bueno, el los coleccionaba vivitos y tenía sus trescientos en su chaqueta, y los acariciaba con las yemas de sus dedos. Pobre don Alejo, siempre fue medio orate pa´sus cosas. Era educado, nunca reprochaba a nadie, hablaba ingles, nunca se supo cómo y dónde lo estudió, y también comprendía el portugués. Era inteligente. Había llegado a Barrancas una noche de luna llena. Un dato que no importaba a nadie. Pero un esotérico, simpático pero esotérico, andaba hociconeando por el almacén de don Pío, que don Alejo, era hijo de la Luna. Barrancas, cuna de matarifes de caballos, se había transformado en un cuento de hadas. El cleptómano de chinches, lo llamaba un intelectual del PS chileno. Barranca y sus casitas de campo; barranca y sus cazadores de conejos; barranca y sus diputados chuecos. Corría el 1968 por la patria de los chinches. En las calles el trafico era escaso. Pocos autos, algunas micros repletas y tanto caballo por la zona. Don Alejo no deba consejos. Había sido amante de la Carlina, me dijeron. Verdad o mentira, el estuvo siempre en la casa de ella. La historia del guacho, un matarife del matadero de barrancas, era que don Alejo, fue el que ayudó a la Carlina a tener una buena casa de puta y, no es todo, la mejor de todo Chile. Una noche, el muy infiel, se acostó con la Yuyito, y la Carlina lo mando a la cresta. Comentarios de picadas, obvio, porque bien se sabe que la Yuyito andaba metida en bolsillos ajenos pero no era la mujer que le quitaba el lacho a sus amigas. Una tarde, en la calle San Joaquín y Bascuñan, se vio a la Yuyito junto a don Alejo. Andaban comprando gas, dijeron a unos conocidos que habían bajado de una micro, Vivaceta Matadero, cargados de billeteras, todas, para recachas de los lanzas, vacías. Para tranquilizarlos, la Yuyo los invitó a su casita ubicada en la misma calle. Su hijo, el che, lleno de espinillas y hondas pa´matar tortolitas a las orillas del Zanjón de la Aguada, corrió a saludar la banda de lanzas. El che deseaba ser lanza como su madre. Crónicas de barrio, obvio, porque a don Alejo le importaba un comino el sueño del hijo de la Yuyito. Fue la única vez que vieron a la Yuyo con don Alejo. Ahora vivía en Barrancas, eso vale la historia. Los domingos se le veía bien achutado paseando por el Parque Causiño junto a la Carlina. Un ganster. Zapatos blancos y negros, pañuelo blanco al cuello de una camisa negra y traje plomo con rayitas negras. La Carlina, un trajecito de seda blanco con pelotitas negras. Zapatos de aguja, un sombrero de paja con una guinda que bajaba por la oreja izquierda y remataba con dos aros blancos inmensos que eran, aquí el hociconeo, imitaciones de perlas y no de perlas verdaderas. Don Alejo, un Caballero. Arrendaba un bote y pagaba a un vendedor de barquillos para que remara por él. Creía estar de vacaciones en Venecia. Unos muchachos, todos empelotas, se bañaban en la laguna. Fue aquél domingo que un cabro se acercó a nado al bote de don Alejo y le arrebató un reloj de oro de su pulso. Era un Rolex. Don Alejo no se hizo dramas. En Chile no hay gente que se puede permitir un reloj tan caro. Sabía que en un par de horas tendría en sus manos al muchacho que le había robado su joya. Y los arrastrados no faltan nunca. Le dijeron que el muchacho era el hijo de don Osvaldo y sobrino del choro Pepe. Los dos hermanos, Osvaldo y Pepe, eran los guapos de la cárcel pública de Chile. El Osvaldo, matón y cobarde que agredía a los pobres de su barrio con cachazos de pistola en la cabeza, fue castigado por la mano de don Alejo. Dicen que lo colgó vivo en un poste de la luz. Toda la noticia giró la patria. Don Alejo, había recuperado su Rolex y, de paso, le dio una lección, eterna, porque mandó a mejor mundo al matón del Osvaldo.
1968 Tiempos de putas y de sandías caladas en la vega central. No se advertía nada contra nada. Al máximo un campesino que transportaba sandías y melones a la capital volvía a su pueblo cargado de ladillas. Pero en las farmacias de la metrópoli solucionan el problema: afeitarse las bolas y sano como antes. Barrancas era como un cuento de un libro, porque cuando uno entraba a la zona para ir a bailar a la Pachanga, pues te asaltaban inquietudes de clérigo. El pecado se encontraba a la mano. Buenas niñas, todas del sur de Chile y con apellidos holandeses o ingleses... Y, muchos, como también don Alejo, iban a la pachanga para bailar con las niñas y, si era posible, descoser sus par de lucas del forro de la chaqueta para ir a fornicarse una mujer de apellido extranjero porque en todo el conjunto de las cosas, el orgasmo era para los amantes un cliché, ya que lo importante de todo era sacarle las ojotas a la diuca y volverla internacional. Tiempos de Pachanga, de alcaldes raros, de juventudes socialista con cabeza de pistola y de putas con lindos apellidos.
En barrancas, don Alejo, fue capturado por el Pepe, hermano del finado Osvaldo. Dicen que se lo llevó al Parque Causiño. No se sabrá nunca si antes de botarlo a la laguna grande, con sus dos manos amarradas a la espalda, estaba ya muerto o vivo. Osvaldo, eso cuenta la crónica, antes de botar el cuerpo de don Alejo a la laguna, le robó el vestón al finado y, sin saberlo, la misma noche, al quedarse dormido con el vestón puesto, los chinches y chinchetas de don Alejo se lo devoraron. En, fin, lectores míos, quiera o no se quiera, todo cigarrillo termina con su humo... la vida de hombre termina con sus andanzas.