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Juan Cacaseno En el psicoanálisis se trata de buscar en el subconsciente los recuerdos infantiles. Al parecer, todo se defi

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Puesta online a las 21:35, el 24 de Noviembre del 2008


Juan Cacaseno

En el psicoanálisis se trata de buscar en el subconsciente los recuerdos infantiles. Al parecer, todo se define en los primeros años de vida. Escarbando en mi pasado, se me vino a la mente el cuento que solía relatar mi padre, cuyo personaje principal era Juan Cacaseno, un antihéroe que, en cada situación, metía a pata. El cuento era bastante insulso, pero la infancia tiene la facultad maravillosa de transformarlo en genial y risible, más cuando lo cuenta el padre, que es tu héroe. Nunca me explicado por qué la vida no se detiene en la infancia, pues viviríamos en la perfecta parusía.

En esos tiempos mi padre era un falangista, que tenía el cargo se subsecretario de Hacienda. Cuando niño, no podía comprender cómo una persona que sabía poco de esta ciencia oculta que es la economía y sí mucho de política, pudiera ostentar este cargo. Hoy por hoy, casi todos los ministros son economistas, con posgrados en universidades europeas o norteamericanas, una perfecta tecnocracia.

En mi infancia casi el único tema que se ventilaba en casa era la política y las hazañas de mi abuelo. Mi madre salvaba un poco a situación, pues se dedicaba a la literatura y nos leía las obras mamotréticas de Marcel Proust; en mi imaginación desfilaban Albertina, la Magdalena y el concepto del tiempo perdido – élla escribió un ensayo El Mito Proustiano, en el cual relata el affaire de Dreyfus-.

Mi padre tenía problemas de conciencia por abandonarnos semanas enteras, a causa de las largas juntas nacionales del Partido y, para compensar esta ausencia, nos llevaba a las visitas a provincia, donde había núcleos de esforzados falangistas. Yo, en mi inocencia, escuchaba palabras que no entendía, como la inflación – que creía que era algo así como la fiebre que enviaba al hospital a los pobres; de repente, escuché una palabra tan rara, la deflación, y la verdad es que mi inteligencia infantil no logró procesarla, ¿podría ser algo como la hipotermia?

De las grandes enfermedades de la economía la inflación es muy conocida para los latinoamericanos y chilenos; su expresión más radical, la hiperinflación y la estagnainflación, es decir, inflación con cero crecimiento, equivalen a un cáncer incipiente que puede ser atacado por medio de la quimioterapia de las tasas de interés.

La deflación es mucho más mortal: consiste, al parecer, en que los precios de las materias básicas empiezan a bajar en forma geométrica y, como consecuencia, ya nadie compra nada, a la espera de que los precios sigan bajando. La deflación trae la cesantía y el aumento de la deuda. Al parecer, según leí opiniones de algunos economistas, algo parecido ocurrió en la crisis de 1929 y, más cercanamente, en el caso de Japón, en 1999. Creo que este país aún no supera la deflación y parece lejano el día en que lo logre.

Sin saber nada de economía, me da la impresión de que, al menos Europa y el imperio del Sol Naciente se acercan, peligrosamente, a esta peste, cuyo único remedio conocido es la emisión de billetes, el pleno empleo – algo así como dar calor a un enfermo con hipotermia – y una enorme inversión del Estado, es decir, lo contrario de las políticas neoliberales – que aún hoy defiende George W. Bush – no me referiré a los Juan Cacasenos del mundo desarrollado, que mas bien ahondan la crisis en vez de superarla, sino a los Juan Cacasenos chilenos.

La bellísima e inteligente presidenta, Michelle Bachelet, a quien siempre he admirado y defendido de los ataques misóginos de los tontilandeses, tiene la mala suerte de relacionarse con hombres del montón que, abundan en estos lares y podría citar miles de casos, el más conocido el de la brillante Teresa Wills Montt, cuya vida desgraciada la llevó al suicidio. Esto de “la suerte de las fea las bonitas la desean” tiene más de verdad que lo que la gente quisiera pensar.

Leamos algunos casos durante este período: la “rebelión de los pingüinos”, varios Secretarios de Estado no dieron pie en bola; la buena princesa Michelle los retó, en público, recomendándoles ser preactivos ante los conflictos. El regaño sirvió de poco y siguieron cometiendo las mismas juancacasedas; en el Transantiago le pintaron un cuadro maravilloso, donde las nanas se trasladarían a las casas “patucas” del barrio alto en buses maravillosos y rápidos; este medio de transporte sería una revolución muy superior al Transmilenio colombiano. Michelle Bachelet se vio, nuevamente, obligada a pedir perdón a los zarandeados ciudadanos de a pie.

Hoy, los empleados del Estado han despertado de un largo letargo llevando a cabo un huelga ejemplar, que concitó el apoyo de más del 90% de los afiliados. Es apenas evidente que en toda negociación los empleados tienen que pedir por lo alto, en este caso un 14,5%, y el patrón, el Estado, debe tratar de bajar esta cifra mediante la negociación. Al ministro de Hacienda se le pasó la mano al ofrecer una exigua proporción; era evidente que esto iba a provocar la prolongación del conflicto y su extensión a otros sectores, con el consiguiente daño a los usuarios.

Para completar las sucesivas “juancarcasenadas”, el proyecto de reajuste pasó a la Cámara de Diputados, donde sólo cuatro honorables dieron su voto de aprobación al proyecto del Ejecutivo. El ministro Velasco, sacando de la manga una nueva fórmula, propuso un reajuste escalonado, rechazado tanto por diputados, como por dirigentes sindicales.

Para cualquier persona que use el sentido común era más que obvio que sólo sería aceptable la fórmula cabalística de dos dígitos que, apenas, compensa el IPC del presente año. En pleno hundimiento del barco, los músicos del Titanic se mandaron a cambiar a distintos países – José Antonio Viera Gallo, a Israel, y Osvaldo Andrade, a Ginebra- para colmo de males, el ministro Pérez Yoma tuvo una rabieta y abandonó la sala del Congreso.

Al final de esta historia de Juan Carcaseno, el proyecto terminó aprobado por el Senado, dando un 10% a todos los empleados público, incluso a aquellos que ganan más de $3.000.000, presidente de la república, ministros de Estado, gerentes de empresas públicas, a otros a altos jefes de servicios y a diputados y senadores, lo que ha provocado la lógica indignación de muchos ciudadanos que, cada día, desprecian más a las castas en el poder. No faltó quien justificara tamaño abuso contra un país en un contexto de crisis económica, sosteniendo que este reajuste ayudaba a compensar los gastos en campañas electorales, tanto las pasadas, como las que se avecinan.

La Presidenta tiene sentido ético y por eso propone, con razón, que ella y sus ministros renuncien a tan indignante aumento. Nada se gana con esconder la cabeza: cada día está más claro que hay que terminar con el pago a los trabajadores con boleta de servicio, dejándolos fuera de los derechos a la salud y a previsión, así como con la deuda provisional a los profesores y mejorar la atención en hospitales consultorios, tanto en calidad como en cantidad de prestaciones e infraestructura, en las diversas comunas y regiones.

No puedo más que alegrarme del triunfo del los movimientos sociales, sin embargo, aun cuando estamos llenos de candidatos presidenciales, ninguno de ellos tiene un programa, ni sueños, ni ideas. Lamentablemente, la Concertación va al despeñadero y sus propios autogoles están favoreciendo a la derecha que, mundialmente ha probado ser catastrófica para los pueblos.

Rafael Luís Gumucio Rivas
24/11/08





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