LA NOCHE DE LA CONCIENCIA Autor: José Santana Prado Miren el compás alocado que corre con piernas de zagal y la alquimia se
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Puesta online a las 22:03, el 03 de Julio del 2011
LA NOCHE DE LA CONCIENCIA
Autor: José Santana Prado
Miren el compás alocado que corre con piernas de zagal y la alquimia se desplaza entre la simiente del cartabón, los que yacen relegados en medio de dos fuertes y hermosos balaustres: el de Joachim, el anciano, y el del callado Boreaz, dando así lugar a que, cierta cosa, convertida en el ara ceremonial, se levante justo sobre la inmensa masa de los mortales, los que, embelesados, caminan sin mirarse unos a otros por el inmenso valle de Tiro. He aquí a los hijos de la viuda que todos conocemos, caminando por las calles de esta antigua patria, intentando desplazar su fanatismo, dejando atrás la superflua grandeza de su ignorancia, para así poder inculcar el manifiesto de su ambición a las puertas de esta grandiosa ciudad capitular.
¿Qué podría yo argumentar ante el retablo de calaveras y huesos cruzados que aparecen a mi izquierda? Sólo puedo sintetizar que la Universidad del Tiempo, me proyecta la lección más loable que jamás haya podido verificar, antes de alcanzar el magister de la vida, que en realidad, cuesta tanto. Aunque, bueno, si esto vale la pena, yo podría expresar que, “cuando cesa el temor de las cosas, cesa también su creencia en su poder, y, en consecuencia, su mismo poder sobre nosotros y sobre nuestra existencia. Entonces cesamos de ser esclavos de ellas.” Opinión de nuestro ancestro en el Arte Real, Aldo Lavagnini, o sea que, podríamos asegurar que más de alguno de nosotros, ya “hemos dado el salto quántico” para quitarle la horrible máscara a la persona que nos representa aquí y ahora, en su nítido y puro estado físico. Y ahora que hablo de mi persona o de la persona en sí, diré que esa máscara de la que me atrevo a hablar, es, o podría ser, el mejor antifaz o apariencia con el cual se cubre nuestra, a veces, aunque no siempre, vida interior.
Ahora sí que podremos hablar de la más pura de las palabras, aunque a veces sea tan tergiversada, pero al fin de cuentas reaparece, decía, la loable palabra: Amor. O sea que, esta sencilla palabra, pero bien aplicada como arma del adepto, nos puede elevar, tanto la conciencia, como a la persona en sí, por el simple efecto de su aplicación.
El poder del amor, reza como título del poema que haré de mi vida, para tratar con la tuya, puesto que el amor eleva y el odio baja; si, baja hasta el fondo del abismo donde yace Caronte a la espera del mortal que cruce el río y el abismo de la suerte. Así, el supuesto hijo de la madre Noche y de Erebo, el barquero del infierno, tiene el placer de conducirte hasta el fondo del Averno, hasta el otro lado del Estigia, bajo la gran sombra del Aqueronte.
Sin necesidad de usar, por ahora, la copnomancia, no podremos adivinar la forma ni la dirección que toma el humo, ante el sacrificio y ante el supuesto altar de los dioses. ¿Y qué pasaría si mi cuerpo es partido en dos y me arrancan y queman mis entrañas, arrojando al viento sus cenizas? ¿No me digas que tendría que convertirme en el tirio Hiram, el hijo de aquella viuda de la tribu de Neftalí, para poder salvar mi pellejo? ¿O será que esa viuda en sí, es la misma madre naturaleza y yo tengo que apegarme a ella, a pesar de que Isis y Osiris hayan procreado a Horus? Entonces me haré como el hijo del hombre, para transustanciarme en lo mejor que yo quiera, para no dejar ni rastro, ni secuela alguna en esta tierra de mortales. O en su defecto, seré un hijo de la viuda, como lo fue Horus reencarnando así a su propio padre Osiris, claro, después de unos golpecitos del mallete que indiquen, ahora sí, la transubstanciación pretendida por mí. ¿O este arcano será el mejor secreto, tan oculto y recóndito, del enigma de tan insólito misterio? ¿Y qué significa el golpe simbólico del mallete? ¿Será que la muerte del hombre viejo es la misma muerte del que se inicia en los términos más profundos del acto en sí?
A mí me agradan mucho los atardeceres, porque alcanzo como a percibir la otra vida, cuando entra el ocaso del sol en el inicio de la noche y las coordenadas saltan entre mis sentidos, intentando brincar al otro lado de la vida, quiero decir, intento entrar a la senda de Juan Matus, poseedor del milenario conocimiento tolteca, aquel antiguo indio yaqui sonorense que alguna vez me dijo cómo hacerlo, pero que en realidad es tan difícil de lograr. Bueno, lo mejor de todo lo que tiene el humano es que tiene vida, pues sin ésta, el término humano se desplaza hacia otra dimensión aún no alcanzable para los dotados de la supuesta vida, para los aún saturados del concepto de la muerte. ¿Y qué sucedería si digo que vengo de oriente y mi destino es occidente? ¿O será que debo ir de norte a sur para que tenga algún sentido mi vida? A mí me agradaría mucho estar justamente en la cámara del medio, aunque en verdad ignoro si a ti te gustaría estar allí, porque sé que no todos podrían estar en tal cámara, de otra manera, ¿quién va a franquear la puerta del magisterio?
¿En realidad te importa a ti que los tres simbólicos sean los asesinos del tirio, el que representa la iniciática tradición universal? ¿O no te interesa que tanto los símbolos como la esfinge sean mudos para los neófitos y aun para los que no lo son? Por lo tanto, creo que el que está aprendiendo, tiene qué saber muy bien acerca del dominio de las palabras, así como su acompañante necesita tener muy en la conciencia, que es urgente dominar cualquiera, o todas las pasiones juntas. Qué podría decir del magister, pues que sencillamente me guiaría por su signo vital, si es que verdaderamente tiene bajo custodia, el dominio de sí mismo, si sabe cómo atacar con efectividad a sus instintos para su regeneración y, de igual manera, para su tan importante personalidad.
Al principio y al final de la vida, creo observar un gran árbol de acacia; sí, la dulce y ritualística acacia que nos indica tantas cosas, como la finalidad y consecuencia con la cual podremos obtener, justamente, otra gran obra: un interesante y digno magisterio. Así de sencillo parecería a simple vista, este arbolito de acacia, el cual nos muestra su clave secreta que nos ayuda a vivir la vida con la grandeza de las cosas, para obtener, al fin de cuentas, el gran magisterio tan anisadamente buscado por el adepto fiel a la regla, a la causa, a la búsqueda infatigable de la verdad que a veces yace oculta bajo la sombra del árbol de la vida. Por lo tanto, volvemos al diálogo primero de la creación con las tres preguntas rituales que nos hemos hecho siempre, desde la antigua Grecia: ¿quiénes somos?, ¿a dónde vamos? ¿y de dónde venimos?, pues estas tres interesantes preguntas aún no las hemos podido responder con la debida autoridad, con la auténtica propiedad humana que nos envuelve, al fin de cuentas, es la gran incógnita, porque, si no es suficiente declarar que, “el que tengas ojos que vea y si hay oídos que escuchen,” pues al fin y al cabo, de las tres preguntas, apenas creemos intuir muy poca cosa de cada una.
¿Y qué hay del grado de la filosofía iniciática? ¿Será que los siete años que lleva en sí la iniciática edad del magister, se referirá al dominio y al conocimiento del emblemático número siete? o como reitera Lavagnini “si los humanos tuviéramos nuestro ojo lo suficientemente apto, pudiéramos ver los hermosos y sensibles sonidos como de igual manera podemos observar la intensas gamas del color, además de eso, si el oído nuestro fuera lo bastante refinado, ¿no creen que podríamos oír las cosas que nos rodean?” Por el otro ángulo, y, en este caso, no tendríamos que solidarizarnos con Federico Niezstche cuando éste dice que “los grandes favores, no inspiran agradecimiento, sino deseos de venganza.”
¿Y qué pasa con los 13 y 9 dioses mayas que nacieron para depurar la Tierra? ¿O es que en realidad podremos considerar que, ya hemos dado “el salto quántico” a través de la estrella flamígera que nos resguarda en casa, aun con el cielo estrellado que observamos sentados desde la silla del oriente, para después, dirigirnos al occidente y cumplir así la misión encomendada? ¿O es mejor dudar siempre para crecer? ¿O es conveniente tener el lugar justo y perfecto, para crecer con obligación dentro de la vida misma? ¿O será que “la banda, esa figura elíptica y oblicua, nos indica alguna analogía con la elíptica de la banda zodiacal o con los 12 signos del zodíaco, que supuestamente son como los astros del sistema solar de nosotros, tanto en su parecida forma como en lo auténtico de la vida?” O será mejor expresar que “cuando las palabras fracasan en su argumento, la fuerza de las armas abre su boca mortífera para asesinar a las letras, reencarnación de las palabras, incluyendo a los hombres, mujeres y niños inocentes.”(#)
Ergo, gaudeamus, porque hoc mihi, cras tibi, sin ningún lapsus calami. O debiera mejor expresar que soy un tanto suaviter in modo, fortiter in re. Pulchra praeclarorum poetarum carmina.
(#)- Apotegma de mi libro inédito “Resurrección,” con frases célebres (aunque yo no lo sea tanto) escrito en la ciudad de Zacatecas, México en 2005.