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Leonardo Farkas, el cazabobos Rafael Luís Gumucio Rivas

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Puesta online a las 21:49, el 01 de Diciembre del 2008


Leonardo Farkas, el cazabobos

Hay una falsa imagen idealizada de la democracia y de los partidos políticos chilenos, que pasa de largo el decenio de exclusiones que va desde 1948 a 1958, desde la Ley de Defensa de la Democracia hasta el Bloque de Saneamiento Democrático, que derogó la “ley maldita”, incluso, podría extenderse hasta 1964, fecha del triunfo de la Democracia Cristiana. El carácter central de este período es el rechazo a la política y a los partidos, algo no muy distinto a la actualidad.

En 1952 el gobierno radical de Gabriel González Videla, que se había caracterizado por la formación de gabinetes integrados por todos los partidos políticos chilenos, había caído en el mayor de los desprestigios: los radicales eran la expresión del máximo de la corrupción y de los escándalos que, además de perseguir a los comunistas que habían colaborado para su elección, la inflación llegaba a más del 50%, provocando la famosa huelga de la chaucha - a raíz del alza de 20 centavos de peso por el boleto de locomoción - y la aventura del complot de coyiguay del autosecuestro de Mass y Soto.

Como siempre, los partidos políticos de la época estaban convencidos de haber detenido la rueda de la historia: cada uno de ellos se preparaba para las elecciones presidenciales de 1952; se sostenía que el populismo no tenía cabida en Chile – solo había habido una experiencia en la dictadura de Carlos Ibáñez (1927-1931), que había terminado a causa de la crisis de 1929 que, en Chile llegó tarde, hacia el año 1931. El Chile nuevo de Ibáñez poco tenía que ver con la dictadura de Primo de Rivera, en España, o con el fascismo italiano.

Los radicales creían, sin darse cuenta del rechazo popular que generaban, que podía repetirse el gobierno con el insulso candidato Pedro Enrique Alfonso, apoyado por la Falange. Liberales y conservadores estaban convencidos de que esta vez llegarían al poder con Arturo Matte Larraín, del clan Alessandri, sin embargo, el ex dictador Carlos Ibáñez ganó las elecciones por más de 400.000 votos. Es sino de la derecha ha sido siempre el creer que va a ganar y, así, recuperar el fundo que es este país – ojalá se repita se repita nuevamente la situación-.

A los 80 años, Carlos Ibáñez del Campo ya no era el mismo del Chile nuevo y del “termocauterio por arriba y por abajo”, sino que hizo un gobierno completamente errático: al comienzo se alió a Juan Domingo Perón - quiso imitar al justicialismo – en este período lo apoyaban los socialistas populares de Raúl Ampuero y los agrario-laboristas; al poco tiempo, los primeros se pasaron a la oposición e Ibáñez, en pleno desastre intentó un gabinete, presidido por Eduardo Frei, con plenos poderes, pero esta fórmula fracasó a causa de las intrigas de Rafael Tarud, en ese entonces jefe del partido agrario-laborista. Posteriormente, integró al gabinete a Jorge Prat, un nacionalista-fascista portaliano, director de la revista Estanquero – uno de los prosélitos de esa tendencia era Sergio Onofre Jarpa, líder de la derecha del Partido Nacional.

El Mercurio, que siempre ha querido dirigir los distintos gobiernos, dedicó una serie de Editoriales al problema de la inflación que, en 1957, había llegado al 83% - pensar que en la actualidad el 10% es materia de alarma-. Agustín Edwards gestionó, en Estados Unidos, la venida de una Comisión llamada Klein Saks, cuya misión consistía en terminar con la inflación en base a la clásica política derechista de reducir el gasto fiscal y, sobretodo, los sueldos y salarios que, anteriormente, se equiparaban al costo de la vida; la misión fracasó rotundamente debido al corporativismo de los empresarios que, como siempre, vivían del Estado, y de las huelgas obreras. Al final, el gobierno de Ibáñez terminó firmando la derogación de la Ley de Defensa de la Democracia y la promulgación de la Ley Electoral que, por medio de la cédula única, combatió el cohecho.

Es difícil calificar de populista al errático gobierno de Carlos Ibáñez, pues es una sombra comparado con Getulio Vargas o con Juan Domingo Perón, mas bien le correspondería el título de un gobierno anti político, que terminó ahogado por la inflación y la poderosa combinación opositora de “todos contra Ibáñez”.

En 1958, el empresario neurótico Jorge Alessandri Rodríguez intentó realizar un gobierno gerencial sobre los partidos, supeditando a la derecha al poder presidencial, sin embargo, terminó con un desastre económico y la pérdida de la mayoría parlamentaria, que lo obligó a integrar a los radicales al gabinete.

En la elección de 1958 apareció un personaje que encarnó al populismo: Antonio Zamorano Herrera, el cura de Catapilco, una pequeña localidad entre Zapallar y La Ligua; en esa zona los gamonales era la familia Irarrázabal, dueños del latifundio desde 1891. El cura de Catapilco era un personaje que hacía muy entretenidas las funciones en la Cámara de Diputados acusando a los dueños de fundos de tratar a los campesinos peor que a los cerdos.

El cura de Catapilco logró, en las elecciones presidenciales de 1958, - exactamente el mismo porcentaje que Salvador Allende necesitaba para triunfar sobre Alessandri - la justa paliza propinada por los diputados socialistas, que lo acusaban de haber sido comprado por los candidatos de la derecha.

A partir del plebiscito de 1988, el populismo anti partidos se encarna en empresarios: en 1989 se presenta como candidato Francisco Javier Errázuriz, un empresario que, según él, había hecho su fortuna criando pollitos; su lema fue terminar con la UF. Logró una altísima votación – un millón de votos- con el 15,48%, apenas la mitad de Hernán Bugi, que obtuvo dos millones de votos.

En la actualidad, la política no puede estar más desprestigiada: ambas combinaciones bipólicas son ampliamente rechazadas por la ciudadanía: de 11 millones de electores potenciales sólo están inscritos ocho millones, es decir, cuatro millones rechazan el sistema político. Los candidatos con más posibilidades, Ricardo Lagos, Eduardo Frei y Sebastián Piñera, tienen más rechazo que aprobación, según las encuestas de La Tercera. La mayoría de la gente no se inscribe o vota simplemente por temor a las sanciones, pero nunca por convicción.

El Parlamento es una de las instituciones más desprestigiadas y la profesión de política es asimilada con el robo y el fraude. Abundan los casos de escándalos, que son destacados profusamente por la Prensa de derecha, cuyo interés simulado es convertir la política en algo banal. Vista esta catastrófica situación, sería apenas lógico que surgiera un populismo anti partido, sin embargo, no ha aparecido un líder carismático que pueda canalizar este descontento, hasta ahora larvado.

Leonardo Farkas es un millonario atípico, cuya apariencia personal, sus gustos y sus dichos llaman la atención en un país cartucho, cuya aristocracia está compuesta por vascos, vendedores de tocuyo, como los Matte; avaros banqueros, como los Edwards; vinosos como los Undurraga. En el pasado todos ellos disimulaban su riqueza para no ser vilipendiados por los pobres; los empresarios era un chupasangre y, no como hoy, un héroe. Si bien se habían comprado los cargos parlamentarios y los usaban como trofeos, jamás habían tenido la audacia de reemplazar el parlamento por la Casa de Piedra; nunca antes los presidentes de la república habían rendido cuenta y explicaciones a la ENADE, como si esta entidad fuera el congreso pleno del 21 de Mayo.

En el miserable Chile de hoy lo único que importa es la riqueza y se hace necesario hacer ostentación de ella: los ricachones están seguros de que su propiedad privada no será tocada jamás por el gobierno; no irán a la cárcel por uso de información privilegiado u otros delitos económicos, a lo único que temen es al asalto de sus propiedades, por eso piden mano dura frente a la delincuencia, en vez de promover el empleo entre los jóvenes y la justicia social para los ciudadanos más desprotegidos.

Leonardo Farkas tiene un efecto simbólico en los empresarios: en vez de la avaricia y la codicia emplea una extrema generosidad con quien solicite su ayuda; da propinas enormes en los restaurantes y hoteles, y se ha transformado en una especie de Cristo, archimillonario que, en vez de multiplicar los panes y los peces, multiplica los billetes; predica un evangelio un tanto extraño, pero que el común de la gente comprende. Es cierto se sirve de la farándula, pero ¿quién puede lanzar la primera piedra, cuando los políticos pagarían hasta con su alma por un minuto en la televisión. También tiene la audacia de ser un hombre orquesta: desde dirigir empresas hasta tocar el piano como un rey.

La verdad es que no sé cual será el destino político de Farkas; es muy posible que sólo sea un volador de luces y siga el camino de los anteriores personajes, reseñados en este artículo, sin embargo, pocos olvidarán el tremendo golpe dado en la Teletón, cuando donó mil millones de pesos, dejando en vergüenza al avaro de Sebastián Piñera –según algunos de sus partidarios, lo hizo anónimamente-. Si se da la boba idea de que sólo los pobres roban y que los ricos no hacen porque no lo necesitan, es mejor Farkas que Piñera pues, al menos el primero regala su plata y no hace populismo con la fiscal.

Se acusa a Farkas de no contar con un programa político, pero ¿cuál de los candidatos actuales ha superado los lugares comunes, como “hay que mejorar la salud, la educación y velar por la seguridad”?. ¿Para qué sirven los dichos de amor por los pobres si después se va a aplicar un programa que sólo sirve a los empresarios? Mientras no haya profundos cambios tanto en la Constitución, como al seno de los partidos políticos, Chile seguirá siendo la capital de la inequidad y limitará al centro con la injusticia, como cantaba Violeta Parra.


Rafael Luís Gumucio Rivas
01/12/08





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