ESTAS LETRAS DE AHORA. Pablo Varas Durante muchos años nos insistieron que ellos -las fuerzas armadas- eran todos unos valie
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Puesta online a las 15:32, el 12 de Diciembre del 2008
ESTAS LETRAS DE AHORA. Pablo Varas
Durante muchos años nos insistieron que ellos -las fuerzas armadas- eran todos unos valientes. Estos militares que gustan de marchar todos iguales, son los que llegan en tiempos de desgracias y catástrofes para estar junto a todos, para salvar vidas en peligro En todas las escuelas del país, miles de estudiantes aprenden de memoria, poesías que hablan del honor de estos uniformados, de su valor, de su amor patrio, de cómo ellos quieren la bandera, y por ella pueden entregar la vida si fuera necesario, en algunos casos ha sido así Todo esto en actos cívicos, y como si fuera un autosacramental se termina cantando el himno nacional, mientras la bandera queda en lo más alto de mástil, en el patio de todas las escuelas de Chile.
La historia se escribe siempre desde el sector de quien tiene el militar de su lado. Esa extraña sinfonía de tacos, ruidos de sables y voces que rompen el aire, todas uniformes con sus tonos gruesos y amenazantes, porque así suenan.
Las fuerzas armadas, sus generales, sus coroneles y capitanes, algunos suboficiales y guardiamarinas victoriosos, tienen calles con sus nombres en todos los pueblos de Chile: Eleuterio Ramírez, Almirante Riveros, Héroes de la Concepción, entre tantos otros.
Los generales que han disparado contra el pueblo también tienen sus nombres escritos, pero de manera discreta; nunca se les recuerda en que masacre estuvieron, su paso es inadvertido y silencioso. Se les deja dormir para que en nuestra memoria se nos pierdan en la bruma de los tiempos, como un impositivo gesto de impunidad Mientras el Almirante Gómez Carreño, fusilaba a chilenos amarrándolos a los postes del alumbrado público en la ciudad de Valparaíso en 1906, los diarios colocaban en sus pies de páginas, “fusilados por ladrones”, “fusilados por incendiarios”, esos chilenos, a quienes los historiadores definieron como ”chusma inconciente”.
Tenemos que recordarles al Presidente Pedro Montt, a Rafael Sotomayor -quien era Ministro del Interior en 1907- al general Roberto Silva Renard, jefe de las tropas en la ciudad de Iquique, del otro bando, solo, al “rucio ardiente”, y a los miles de asesinados. El nombre de la calle General Humberto Arriagada nos recuerda de quien estaba a cargo de las tropas, y autor material de la matanza el Alto BíoBío, Nitratúe, Ranquil y Lonquimay, también se debe agregar a la calle que lleva este nombre, la memoria de la matanza del Seguro Obrero, Santiago 1938.
La calle Vice almirante Vicente Merino, nos debe hacer recordar lo sucedido en la masacre de la Plaza Bulnes en el Santiago del año 1946. La calle general Oscar Izurieta nos recuerda los muertos en la matanza de la población José María Caro en 1963. la Avenida Vicente Huerta Celis nos lleva a recordar de quien era el Director de Carabineros cuando Edmundo Pérez Zújovic, Ministro del Interior, ordenó disparar contra los pobladores en Puerto Montt. Corría el año de 1969.
Los tiempos malditos, corren sin duda más rápido que los justos, es por aquello que no hay un Chile antes de 1973 y otros después del 11 de septiembre, nuestros país ha sido siempre un agresión constante, una democracia a medias, un desequilibrio permanente; de un lado el tormento, las balas, del otro la espalda y el quejido.
Y ESTAS LETRA DE HOY
La literatura, esa imperiosa necesidad, donde el oficio debe estar vigilante a los intentos siempre concertados para ocultar la verdad, de la forma en que B. Lillo saca a los mineros a la luz para quitárselos al olvido, las letras deben que levantar a los que están en las tumbas para hacerlos resucitar siempre, entre los vivos, para que nos cuenten como eran sus días, sus sueños, las escuelas a las que asistieron y el nombre de la profesora que les enseño a leer. Hay que contarlo, no para verlo como una mirada al pasado, sino como el traer de manera siempre fresca, ese proyecto más justo por el cual fueron condenados
En todos estos años la suma de testimonios, las crónicas, biografías, cartas, afiches, poesía, y cuentos, han ido desmontando cada una de los delitos cometidos por los militares, sin inventar nada, sencillamente escribiendo la verdad bien contada, donde podemos reivindicar todos los sueños como necesarios. Nosotros podemos escribir del hombre y sus proyectos de vida nueva, ellos su reguero de asesinados que nos recordarán siempre, la época más oscura y triste en nuestra corta historia como país.
La nueva literatura, los nuevos gestos narrativos, ayudan de manera permanente a refrescar la memoria, a desnudar a los traidores, a los que abandonaron a sus camaradas para pasarse al bando de los administradores del modelo, que lleva en su génesis el desconsuelo de la miseria, y ese maldito péndulo del que parece que nunca, eso, será de nuevo posible, que cuando pareciera estar cerca, se nos quita y nos quedamos de nuevo escribiendo de lo que puso ser, y volvemos a defendernos con las nuevas letras para evitar que la historia nos pase una cuenta, llena de dolor, que no hemos querido pedirla.
No es la hora de hacer un balance para todos aquellos narradores, porque no ha llegado el fin de la historia como han proclamado más de alguno, es el tiempo en que se debe seguir escribiendo. El oficio de narrar, es una cosa inconclusa siempre, porque siempre estará esperando una buena historia para ser contada, un personaje que salió de su casa para ir al trabajo, y que no vuelve nunca más. Alguien vestirá con letras la vida que continuó en los que mataron por la espalda, o de los que fueron fusilados amarrados a un poste del alumbrado público, o al pilar de un puente, o en la mitad de la oscuridad del desierto, mientras temblaba toda la tierra de dolor y de rabia.
Cobra más fuerza la nueva narrativa documental, los que se han dedicado a juntar las palabras que de manera desordenada están esperando, para ser levantarlas en un muro sólido, para que la historia se vea en ellos, para que las nuevas generaciones conozcan a los que les tocó vivir esos tiempos, en que el ruido de los tacos militares suenan en las calles de Santiago, y las de todos los pueblos, es por eso que la película Machuca no solo es una bella historia de amor, la entendemos porque fue así, porque lo vimos.
Cada día sale un nuevo cuento y otra bella historia, alguien escribe angustiado una poesía para que no se le vaya la mañana entre sus dedos.