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La periodista Agata Tuszynskarelata la desoladora vida de«La cantante del Gueto de Varsovia» MANUEL DE LA FUENTE Día 13/10/2

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Puesta online a las 12:03, el 13 de Octubre del 2011


La periodista Agata Tuszynskarelata la desoladora vida de«La cantante del Gueto de Varsovia»
MANUEL DE LA FUENTE
Día 13/10/2011

Wiera Gran, de diva a acusada de colaborar con la gestapo
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La nieve, eterna, sobre las calles de la ciudad. A la salida del Paradis Cafe, el mejor garito de aquella Varsovia de entreguerras, una mujer, sola, espera entre sombras un taxi. Sola, sí, aunque se la conozca como la «Marlene Dietrich del Este», aunque sea la cantante más querida de los polacos. Nieva, lenta, inexorablemente, sobre Varsovia, y Wiera Gran sube a aquel taxi con un cigarro en los labios, y la estola de astracán acariciándole el cuello.
Nieva en aquella Europa de 1938, y pronto toda Europa sentirá en sus carnes el gélido filo del cuchillo nazi. Wiera, como casi todos, es una víctima. «Justo ahora, cuando estaba a punto de debutar en el Moulin Rouge», recuerda en su cuartucho del gueto. Pero ni en aquellas dramáticas circunstancias su belleza, su estilo y su talento pasaron inadvertidos. Se le abrieron las puertas del Sztuka, un café donde los pocos afortunados del gueto, agentes de la Gestapo, colaboracionistas, judíos enriquecidos con el estraperlo, pasaban las noches.
Para ellos cantará Wiera, acompañada al piano por un tal Wladyslaw Szpilman, al que muchos años después un compatriota llamado Polanski dedicaría una película. Wiera Gran, con un nudo en la garganta, repasa sus éxitos de los viejos y mucho mejores tiempos. Su leyenda. Unos la admiran, otros sospechan de ella. Pero hay que comer y, sobre todo, vivir. Aunque a su lado sus paisanos, sus martirizados hermanos mueran malheridos por el hambre, por las epidemias.
Aquella mañana del 22 de julio de 1942 había amanecido soleada sobre Varsovia. Pero el ruido de las botas nazis, el estruendo de las cadenas de sus blindados, devolvieron el gueto a las sombras, a las tinieblas de la dura realidad. Los judíos no lo sabían pero había comenzado la «Gran Acción de Realojamiento». Un cruel eufemismo: a los hijos de Moisés les esperaban los trenes que les llevarían «al Este». A un lugar llamado Treblinka. Milagrosamente, Wiera, casada con un católico, consigue escapar, escabullirse. Quizá, a esas mismas horas, sus hermanas y su madre ya arden en los hornos de Treblinka.
Durante tres años, Wiera deambula, se esconde, se disfraza, se tiñe de rubia. Pero su calvario está por llegar. La guerra concluye y los dedos acusadores le apuntan al corazón. Es condenada a muerte por la antigua resistencia judía, pero consigue escapar una y otra vez. Su propio pueblo la condena. Y su hijo, su criaturita, muere de hambre. Wiera, aterrorizada, camina entre las ruinas de Varsovia, y una melodía en la radio la saca de su pesadilla. No hay duda, es Szpilman. Sube aceleradamente las escaleras de la emisora. El encuentro es terrorífico. «Creí que estabas muerta, se dice que colaboraste con la Gestapo», le restriega el pianista. Solo queda el exilio, la huida, el éxodo. Recorre el mundo entero de cabaret en cabaret, de teatro en teatro, y llega a actuar con éxito en el Carnegie Hall. Vivió y cantó en Tel Aviv, en el corazón de la tierra de promisión. Amenazaron con volarle la cabeza, con acudir a sus recitales con el pijama de rayas.
Siempre le quedó París
Acabó en París, con aguacero, medio loca, esclavizada por sus recuerdos, por las difamaciones. «Solo intenté sobrevivir con todas mis fuerzas». Allí, entre sus fotos, sus discos, su insalvable melancolía, la encontró Agata Tuszynska, una periodista polaca que ha reconstruido su vida en «La cantante del gueto de Varsovia. Wiera Gran, la acusada» (Alianza Editorial).
«Cuando la miré a los ojos supe que era una mujer que había sido torturada por el mundo, que tenía mucho miedo, que estaba pidiendo a gritos que alguien la cogiese de la mano y escuchase su historia», recuerda Tuszynska. «No llegamos a ser amigas, aguanté sus maneras de diva, sus cambios de humor, todo para que se abriera y hablara. Al final, creo que la domestiqué. Lo que más le dolía era haber sido acusada por su propia gente, gente del gueto como ella. Creo que lo único que de verdad hizo toda su vida fue sobrevivir, sobrevivir a toda costa».
Cementerio de Pantin, en los alrededores de París, 12 de diciembre de 2007, tres semanas después del entierro de Wiera Gran. Agata busca y rebusca entre las losas. El funcionario le ha dicho que Wiera se encuentra en el rectángulo 122-20-24. Ni lápida, ni flores, nada. Agata se conmueve: «Ni la más mínima huella, no hay nombre. En el fondo qué más da. Sus allegados tampoco tienen tumba». Pero Wiera y su voz sobreviven en youtube.
http://rolandogabrielli.blogspot.com/





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