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LOS SECRETOS DE LA POESÍA CHILENA Rolalando Gabrielli Poetas mudos y ventrílocuos Muchos buscadores de pepitas de oro, carg

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Puesta online a las 9:06, el 15 de Octubre del 2011


LOS SECRETOS DE LA POESÍA CHILENA
Rolalando Gabrielli

Poetas mudos y ventrílocuos
Muchos buscadores de pepitas de oro, cargadores de lenguaje, inconformes con el verbo y las frases hechas. Y todos en este métier, como si en el oficio les fuera la vida. Hay suicidas y gozadores per se, poetas románticos atravesados por su sino. Poetas mudos y ventrílocuos, Poetas del Sur (el Norte también existe) con una aureola de santones intocables, poetas de todas las latitudes y geografías, poetas de pensiones baratas, adelantados, dueños de su inagotable victrola. Poetas en turno de Oriente a Occidente, Este a Oeste, en todas las direcciones posibles, y compartiendo la teoría del péndulo, dos o tres féminas, con la excepción de la Poeta Mayor que siempre corrió por su propia tangente. Lucila, en sus alucinaciones constantes (en medio de tantas alusiones), huyó de Chile por cielo, mar y tierra, multiplicando sus propios panes y peces de su poesía. Esa fue su materia esencial, en medio del aceite y del vinagre. Ejerció la maternidad con tres de los poetas mayores del país: Neruda, Parra y Rojas, siempre desde la alegría y celebración, el conocimiento de la poesía. Desplegó alas con sus viejas cicatrices de cigüeña del Valle de Elqui, procreó por los demás estos hijos que nunca abandonó en sus sueños y vida de cónsul de Chile en América y Europa. Este es el gran secreto de la cocina de la Mistral, su poesía limada una y otra vez, nunca satisfecha, arrastrando para muchos el mito de la sequía con sus baúles la patiloca más incomprendida del Chile provinciano, pacato, cegato, de ojo polifémico sanguinolento. Escribiendo sobre su tablita mágica, corriendo sus libros impresos, haciendo crujir las palabras, arrancándoles el último aliento y, aun así, archivándolas como si fueran indefensas(os), desprotegidos, desvalidos poemas. Esa fragilidad, ausencia de sí misma aparentemente, quizás fortaleció mucho más el mito de la Mistral, una mujer que mostraba una gran entereza al solo ver el trazo de su escritura sobre sus célebres cartas. Su secreto fue ser quien fue, no dejar de buscar, ni siquiera en las religiones alternativas, en encontrar el lugar para la felicidad, en su ir y venir por el mundo, trasladándose en su imaginario poético real con sus queridos muertos. ¿Nadie ha pensado en dibujar a la Mistral atada al largo cuerpo de Chile, arrastrándolo por el mundo? Chile se mueve, cruje, tiembla, el mar se recoge con sus muertos, pero el país permanece pegado al océano y a la cordillera, sus dos límites como orillas contrastados como su geografía y su largo cuerpo tan duro que no se quiebra más de lo que está. La diversidad fragmentada se une. El país vuela en sus cóndores en el alto vuelo de sus alas. En materia de poesía no todos aterrizan ni llegan a algún aeropuerto. La poesía también migra, se vuela y retroalimenta con la experiencia de la ausencia. Se silencia por partida doble. Cae en el abismo y lo que la luz le niega, cubre la sombra. Pasa el tiempo que tiene todo para sí mismo y recoge los muertos en la vieja y eterna ecuación de la vida y la muerte. Hay un raro polen que permanece en el viento y nacen nuevas palabras.

La Diáspora existe detrás de la palabra
La Diáspora también cuenta. Puede tener alguna ala rota, vomitar silencio o ser insomne de por vida, pero existe. Es un viaje que algunos hemos hecho largo. Un viaje en círculo quizás, sobre un mismo punto de partida y una mirada que se puede confundir en uno mismo, aunque presiento que se viaja con un paisaje conocido y registrado en la memoria. Todo círculo vicioso busca su propio encuadre virtuoso. Hay quienes se integran, otros desintegran, algunos visitan la memoria. Se puede borrar el horizonte más próximo o dejar que un paisaje no visitado, forme parte de un futuro en algún lugar.
Neruda no paró de escribir, dejó ocho libros inéditos al morir, y si bien para Enrique Lihn “cedió” la vanguardia, el liderazgo poético a Nicanor Parra, la poesía necesitaba otro proyecto, aire, y esto ocurre en los nuevos ciclos, períodos que tienen las artes para renovarse y trazar caminos inéditos hasta ese momento. El parricidio, más que una metáfora, está en y forma parte de la literatura universal. Y Parra se venía preparando desde su libro iniciático Poemas y antipoemas. Fue hegemónico el proyecto nerudiano por largo tiempo en la poesía chilena y mundial, con todas sus peculiaridades más allá de la poesía. Parra, Gonzalo Rojas, Anguita, Arteche, Rubio, Lihn, Teillier, Barquero, Millán, Hahn, Uribe Arce, Waldo Rojas, Silva Acevedo, Lara, muchos otros buscaron alternativas que le distanciaran del vate de Isla Negra por el simple instinto de supervivencia y la necesidad de presentar un proyecto propio. La Escuela Lárica que fundó Jorge Teillier es un nuevo imaginario para la poética chilena, el mundo dorado de la infancia, su Paraíso perdido, el lugar (lar), una poesía nostálgica, incandescente, surgía del Sur de Chile como un espacio inédito. Teillier, él mismo, es uno de los grandes mitos de la poesía chilena. Fue poeta las 24 horas del día, ni un segundo más ni menos. Teillier es quien nos dice: Lo que importa no es la lluvia / sino sus recuerdos tras los ventanales en pleno verano. Poesía de hallazgos, diademas que la Musa deja flotando en el aire.
En poesía todo es posible, un género noble, flexible, mágico, que se presta y permite una extraordinaria plasticidad. Cada poeta puede hacer su propia performance. Pero Neruda siguió dándole vuelta a la manivela de la poesía y cubrió períodos extensos con sus continuos cambios, innovaciones, desde el romanticismo a la épica, lo eminentemente popular, surrealismo, vanguardismo, realismo y esas Odas elementales que son algo afrodisíacas, parecen amapolas en constante ebullición social, existencial, natural y que dan cuenta de las pequeñas cosas esenciales de la vida.
La poesía chilena no viene de Chile, como ha de entenderse en el estricto sentido de la raíz misma, aunque La Araucana es un primer antecedente y la epopeya arrancó del suelo indígena, mapuche, de la Araucanía para los españoles. Los clásicos chilenos incorporan a los poetas europeos, norteamericanos, el movimiento surrealista, franceses simbolistas —Rimbaud y Baudelaire—, ingleses, españoles, griegos, rusos, alemanes, latinoamericanos, chinos, hindúes, y cocinaron también su propia poesía. La receta criolla, con sus ingredientes, sabores, texturas, la poderosa carga geográfica, historia de cataclismos y primaveras otoñales, la respiración del poema en el nuevo poema. Las comidas y bebidas, la epopeya rokhiana angustiosa, desgarrada, delirante, el folclore parriano y su antipoesía de pisos psicológicos de un nuevo individuo, la chilenidad universal nerudiana y mistraliana, desde los malabarismos huidobrianos —París, París— al lar teillieriano, nostálgico de paraíso perdido, la metafísica de Anguita, Díaz Casanueva, la metáfora del espanto de lo real de Lihn —¿ciudad, ciudad real o irreal?—, Hahn, Millán, los dos Rojas, Rubio, Armando Uribe, Silva Acevedo, Omar Lara, Oliver Welden, Raúl Zurita, José Cuevas, la poesía tiene un cuerpo luminoso y se deja amar, oscurecer, transportar, alimentar con palabras, lenguaje nuevo que sólo ella puede llegar a recrear.

La derrota del silencio
Lihn es uno de los poetas más interesantes, complejos, en búsqueda incesante de un estilo, una poesía, un mundo propio, con su monólogo y fantasmas, espejos reales. La poesía de Lihn tiene una carga personal indiscutible, aunque el yo se desprenda de la estructura del poema, banalice en ocasiones, se esfume, no crea en él mismo. Lihn se divierte contrariando su espejo. Escribió más géneros que la poesía, era un performance, trasgresor, estudioso de la literatura, nunca tragaba en primeras aguas y era hombre de pronunciamientos, opiniones, críticas cuidadosamente elaboradas y siempre fue uno de los grandes animadores del panorama literario chileno y latinoamericano. Mucho se le debe a Lihn, un poeta consecuente, que siempre se pronunció y nunca escondió la mano. Ejercía y practicaba la crítica y la autocrítica, poeta opinante, dueño de su “retórica”, alzaba la voz, agitaba las manos en un redondel de círculos que se descifraban a sí mismos mientras la palabra zafaba hacia pistas desconocidas. Lihn armaba su propio escenario, performer natural, conocía cómo las máscaras de la poesía se miraban unas a otras. La poesía tiene algo de sacerdocio, es palabra. Una cierta prédica, como la del Cristo de Elqui, se produce desde el púlpito de algún poeta. Los poetas aran en el desierto, buscan espejismos, abrazan utopías, las palabras se les vuelven inservibles, imprecisas, afónicas, insuficientes. No toda la poesía es de paso ni los versos son robados, o de salón, ni el poeta puede ser siempre un Príncipe de naipes o un Perro del amor. La poesía no es una Universidad desconocida. La poesía no puede taparse solo con Hojas de Parra.
La poesía chilena tiene más caras que una cambiante moneda desvalorizada y acuña un nuevo, raro valor para asomarse al mercado. Sí, la poesía chilena es de antología y se han realizado varias, en nombre de su historia. Cada antologador tiene su idea más o menos arbitraria producto de sus gustos, lecturas, fijaciones, apreciaciones, conocimientos, lo que hace definitivamente una propuesta. Una antología es una selección parcial, reúne un historial poético de sus autores, poetas de un tiempo, y hay muchas maneras de enfrentar un documento de esta naturaleza. Una de ellas es ignorándolo, digo, el lector, o tomándolo como referencia, un punto de vista de quien se dio el trabajo de recopilar y a veces analizar un género en un espacio dado. El autor puede tomar la antología de una manera arbitraria, hincándole el diente a unos cuantos autores, ampliando el número hasta el infinito, recogiendo una tradición, siguiendo sus intuiciones, lecturas, gustos, revelando sus conocimientos, descubrimientos, hallazgos, reafirmando un tiempo explícito dentro de la historia. Un poema puede salvar el ocioso y productivo trabajo de una antología. Su reverso es el poema mismo leído por un lector distinto.
La poesía chilena es un largo río que atraviesa su geografía y los poetas con sus propios recursos lo navegan, inician una travesía y algunos aparentemente lo cruzan, pero todos, a su manera, permanecen en sus aguas. La larga geografía de la poesía chilena está contenida entre el mar y su montaña. En ese territorio ocurren todo tipo de accidentes geográficos; con una gran metáfora, el crítico y ensayista chileno Jaime Concha, uno de los más acuciosos estudiosos de la poesía nerudiana, comparó a los poetas de Chile con su geografía. Les asignó parte del paisaje como un valor, tamaño, estatura, importancia, y ello revela la diversidad, porque una geografía con una sola montaña sería de un enorme aburrimiento, como toda centralización en un solo objeto. Una geografía poética para la diversidad de un territorio desmembrado, duro, desértico, ártico, calcinante, de rotundos inviernos y primaveras, cuya poesía adquiere la vitalidad de una verdadera residencia en la tierra, se puede escribir en una pieza oscura o en el impecable cuaderno del primer día de clases. La poesía chilena no tiene dueño. Afortunadamente, no es el largo monólogo de un loco.
Seguirán surgiendo pequeños témpanos gigantes de silencio de Norte a Sur y en las geografías urbanas, hundidos como iceberg, aflorando a la superficie, los poemas. Así ha sido la historia y volverá con su monotonía de viento errático, río de sus caudalosas, agitadas, serenas aguas. Poesía del chambergo, de capa y espada, de tradición memoriosa, personal, íntima, épica, metafísica, amorosa, popular, amante de la rosa, del monólogo, trágica, desmitificadora, volándose la libertad en el nido y la jaula, una llave: el poema.



http://rolandogabrielli.blogspot.com/





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