El día que nos mataron al viejo Pascuero El colibrí anda comiendo moscas, me dijo el hijo del guano. No comprendí la porc
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Puesta online a las 10:25, el 23 de Diciembre del 2008
El día que nos mataron al viejo Pascuero
El colibrí anda comiendo moscas, me dijo el hijo del guano. No comprendí la porción de frases. Prorrateas profecías inútiles, le respondí. Es mejor que no hablemos de colibríes. Mi abuela, que en paz descanse, solía narrarnos cuentos misteriosos en la época de invierno. Recuerdo el brasero que chispeaba y tantas veces el carbón nos quemaba las piernas desnudas. Pantalones cortos, obvio, que no cambian de moda cuando se es un pendejo.
Los colibríes, decía mi abuela, son el poema de los pobres. Tan profunda que era la agüelita. Había sido vecina de la Violeta Parra. Eso lo sabia hasta al gato del carbonero, que siendo blanco de nacimiento era negro porque dormía en el carbón. Un día antes que ella falleciera me dijo: “ Nunca defraudes a los muertos”. Me sentía –ya- como propiedad de los finados. Mi padre, albañil y poeta, decía que mi abuela nació gracias a una prosa de mi tatarabuelo. Eramos pobres, digo materialmente pobres, pero ricos de sabiduría. Lo prosaico de un pueblo no es repartible, decía mi papito. Una familia orgullosa de ser el proscenio de la frente alta.
El 24 de diciembre, mi madre, lavandera y poeta, había escrito una lista de cosas para la cena del 25.
3 coliflores
2 patos asados
3 kilos de porotos verdes
5 kilos de tomates
tanto pan
tanta fanta
na´de vino.
Era la lista de una familia de obreros. El vino era una expresión derrotista, decía mi madre. Muchos se esconden detrás de un vaso de vino. Muchos son cobardes y ganan su locura con el vino. Nunca he bebido vino. Nunca vi a mi padre beber vino, nunca vi a mis abuelos con vino en su casa. El ponche, bueno, era lo único que se bebía en la casa. Fuera de mi hogar, sentado en la puerta, esperaba a mi papá. Llegaría pagado y con un pan de pascua. Eran algo de las siete de la tarde y no llegaba. Fui a buscar al hijo del guano. - Nunca hemos podido llamarlo por su nombre. Javier Luis, se llama el hijo del guano. Cada vez, digo los domingos de fútbol en el barrio, Javier Luis, es el mejor jugador y, bueno, todos lo dicen, “el hijo del guano es un talento”-.
Te noto expatriado, me dijo. Javier Luis hablaba igual que yo. Somos algo amariconados para hablar, dicen en el barrio. No son defectos de los pobres hablar mal sino que flojera del pueblo, respondíamos. Mi papito no llega, le dije al hijo del guano. Eran las ocho de la noche. Mi madre ya lloraba. Mi papito nunca había retardado tanto. Esperamos toda la noche. Mi madre no aplazaba lo peor. Cerca del medio día pudimos encontrar a mi padre. Estaba sentado bajo un sauce del parque causiño y lloraba. Mi madre y yo lo abrazamos. Le dijimos que nos había hecho pasar un tremendo susto. Boato, hijo aquel que nada en el lujo, me dijo.
Era Navidad. Mi padre había perdido el trabajo. No hubo pan de pascua ni sueldo. La empresa había quebrado. Nos mataron al viejo pascuero, hijito, decía mi papito en un mar de lágrimas.
No importa papito, le respondí, porque al encontrarte llorando bajo el sauce me he dado cuenta que la suntuosidad de una mesa en pascua no llena el alma sino que la obliga al lucimiento y es lúgubre, en todo caso, porque te incita a consumos elegantes, a profusos gastos y deudas. No habrá en la mesa los:
3 coliflores
2 patos asados
3 kilos de porotos verdes
5 kilos de tomates
tanto pan
tanta fanta
na´de vino.
Pero tendré a mi padre abrazado a mi madre esperando que el 2009 renazca el viejo pascuero.