LAS MONAS DE ELOTE Y UN PUEBLO LLAMADO SALVADOR ALLENDE
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Puesta online a las 17:10, el 26 de Diciembre del 2008
PERIÓDICO EXPRESS - Tepic, Nayarit. Viernes 26 de Diciembre de 2008.
LAS MONAS DE ELOTE
Por: Angélica Cureño
Las mujeres de la Comunidad de Salvador Allende desarrollan su imaginación y aprenden a vivir en comunidad gracias al juego y que ellas mismas crean sus muñecas y sus juegos; algo que se está perdiendo entre las niñas de ciudad
La era digital y la modernidad han alcanzado a los niños y sus juegos, al grado de ser tema de debate si la fantasía y la capacidad de imaginar son devoradas por la habilidad para apretar botones a gran velocidad, con la mirada fija en una pantalla o monitor donde se mueven rápidamente las imágenes.
Los defensores del juguete tradicional y el juego en general afirman que es a través de éste como los infantes aprenden a relacionarse con su entorno y desarrollan ideas, emociones y hacen procesos mentales cada vez más complejos, hasta llegar a la abstracción. El reclamo también los lleva a cuestionar si no traerá consecuencias en la vida adulta de los ahora niños “pegados a la computadora” cuando se requiera de su creatividad para resolver problemas e idear soluciones, generar nuevas ideas, en todos los ámbitos.
IMAGINACIÓN ANTES QUE JUGUETES
Para que un niño imagine no hace falta el juguete, menos el caro o de moda; miles de niñas y niños indígenas, en extrema pobreza, atrapados por la guerra, aislados o en circunstancias adversas se divierten con pedazos de cartón, madera, piedras, un trozo de tela, lodo o lo que encuentran a su paso; la ausencia no les ha impedido divertirse, como lo comentan mujeres de la comunidad de Salvador Allende, población indígena de unos cuantos habitantes muy cercana a Tepic, la capital del estado, que crecieron sin muñeca de fábrica, y eso les ayudó a desarrollar su imaginación y sus juegos.
LAS MUÑECAS DE OLOTE
No acostumbradas a hablar de sí mismas, las mujeres de Salvador Allende aceptan luego de un rato a platicar de su infancia. La mayor ronda los 70 años, la más chica no ha cumplido veinte años; el texto a continuación es un resumen de esas voces entremezcladas en la conversación.
--Mi madre nació y creció en una comunidad (indígena) y también jugó con muñecas, pero no eran de fábrica, ella se las inventaba utilizando olotes y pedazos de tela para vestirlas y hacerles la cara, y hasta una hamaca donde sentarlas o mecerlas.
Niñas menos afortunadas hacen de una piedra envuelta –su propia falda, blusa o suéter- una muñeca instantánea, según dijo una a quien la mandaban a cuidar los animales y pasaba largas horas solas en el campo.
Otra, no recuerda a qué edad hizo su primera mona ni cómo aprendió, seguramente fue viendo a las niñas más grandes. Dice que después de desgranar el maíz junto con las abuelas, buscaban los mejores olotes para hacer sus muñecas, “monas” como las llama ella, y luego en un pedazo de tela, con aguja e hilo cosía los ojos, la nariz y la boca; así como la falda y la blusita; a las mayores les gustaba ponerles “cabellos”, hechos con hebras de hilo, también de colores.
--Luego les hacíamos cunitas, con un hilo y un trapo, y ya nos poníamos a jugar, nos juntábamos tres o cuatro, a veces debajo de un árbol de tamarindo grande o en el patio de la casa. La que no podía decía: “ayúdenme a hacer mi mona”, y ya las hacíamos todas juntas.
Ella y otras mujeres de la comunidad cuentan que “las monas” de olote sólo se hacían una vez al año, después de la cosecha, y no duraban mucho, si acaso un año, hasta la siguiente temporada.
--Platicábamos con ellas; las llamábamos Alicia, Mercedes, Teresa, Consuelo. Le poníamos el nombre de alguna hermana, amiga o el de la artista de la televisión, el que nos gustara.
Su imaginación no conocía límites. --Hacíamos como queríamos a la monita: gordita o delgada, y las juntábamos con las de las otras niñas. Acostumbrábamos jugar por las mañanas, cuando los grandes se iban a la siembra.
Cuando jugábamos nos “invitábamos”, les gritábamos a las vecinas para que vinieran; ya tanteando que eran las once de la mañana nos poníamos a moler, cuando llegaban ellos (los mayores), ya teníamos la masa para tortear. A nosotras nos dejaban el balde de nixtamal para moler. A veces nos convidábamos (compartíamos) y nos ayudábamos.
También se hacían muñecas de trapo, pero éstas eran menos. “Les robábamos los trapos a las abuelas –recuerda con picardía- les hacíamos los ojos, les metíamos trapos adentro, inventábamos nuestras muñecas, pero a veces no había trapos suficientes”, dice con una voz que evoca al pasado.
NO HAY BARBIS DE TRAPO
Animada por la conversación, una mujer de más de 40 años recuerda la primera muñeca que le regalaron:
--Yo tenía ocho años cuando mi papá me compró una mona, era así de grande --dice abriendo sus brazos para abarcar un cuerpo de aproximadamente 40 centímetros-- y todas se peleaban por ir a jugar con mi mona, decían: ¡préstamela, préstamela! Y mi papá decía: ya no te vuelvo a comprar otra, porque ya le sacaron un ojo.
Entre sus juegos también estaba la comidita, con ollitas de lodo y a veces con pedazos de barro o trastes que sacaban de entre los desperdicios.
Cuando no había olotes, y si la abuela se volvía a descuidar, le hurtaban uno que otro pedazo de tela, o pedían hilos para confeccionarse chonguitos como los que llevaban las maestras que llegaban a la comunidad así, pues, adornaditas, y querían parecerse a ellas.
(*) La localidad de Salvador Allende está situado en el Municipio de Tepic (en el Estado de Nayarit). Tiene 241 habitantes y está a 160 metros de altitud.
- Un pueblo llamado Salvador Allende - México
En la sierra mexicana de Nayarit, había una comunidad que no tenía nombre. Desde hacía siglos, esa comunidad de indios huicholes andaba buscando uno. Carlos González, uno de ellos lo encontró de pura casualidad.
Este indio huichol había ido a la ciudad de Tepic para comprar semillas y visitar parientes. Al atravesar un basural, recogió un libro tirado entre los desperdicios.
Sentado a la sombra de un alero, empezó a descifrar páginas. El libro hablaba de un país de nombre raro, que Carlos no sabía ubicar, pero que debía estar bien lejos de México, y contaba una historia de hace pocos años.
En el camino de regreso, caminando sierra arriba, Carlos siguió leyendo. No podía desprenderse de esta historia de horror y de bravura. El personaje central del libro era un hombre que había sabido cumplir su palabra.
Al llegar a la aldea, Carlos anunció, eufórico: ¡por fin tenemos nombre! Y leyó el libro, en voz alta, para todos. La tropezada lectura le ocupó casi una semana. Después, las ciento cincuenta familias votaron. Todas por sí. Con bailares y cantares se selló el bautizo.
Ahora tienen como llamarse. Esta comunidad lleva el nombre de un hombre digno que no dudó a la hora de elegir entre la traición y la muerte.
"Voy para Salvador Allende", dicen ahora los caminantes.
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Eduardo Galeano. in La memoria del fuego, 1984.