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Por Macondo: la fiesta de los piscianos ROLANDO GABRIELLI Los diarios buscan primicias de personajes célebres o acontecim

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Puesta online a las 12:06, el 28 de Marzo del 2012


Por Macondo: la fiesta de los piscianos
ROLANDO GABRIELLI


Los diarios buscan primicias de personajes célebres o acontecimientos estrellas que dejan buenas y malas huellas. Esta vez el diario La Jornada de México obtuvo la suya con unas simples gráficas del hijo ilustre de Aracataca, inventor de Macondo, el autor de Cien años de soledad, Gabriel García Márquez, quien cumplió sus 85 años, pero los conmemoró en México, días antes, en la llamada Fiesta de los piscianos, junto a cinco amigos nacidos bajo el mismo signo zodiacal. Las fotos son de Bruno Newman y dan la vuelta del mundo. Los conmemora con la aparición flamante en e-book de Cien años de soledad, con su primera portada histórica, iniciática del mundo macondiano, un galeón azul en la selva colombiana.
El viejo galeón garciamarquiano nació en 1967 en la soledad porteña de Buenos Aires, Editorial Sudamericana, bajo el olfato de Francisco Paco Porrúa. Una nave de viejas conquistas para un subcontinente navegado por la magia, la violencia, los dolores de un parto que aún no cuaja del todo. La novela seguiría viajando en todos los idiomas posibles, incluido el chino, pero no iría a la pantalla cinematográfica por expresa disposición de su autor. Cien años de soledad nacería en México y adquiriría forma de libro en Argentina, dos extremos para una diosa de las letras: la novela más citada quizás en el idioma español después del Quijote.
Algunos detractores de GGM, autor del emblemático El coronel no tiene quien le escriba, dijeron hace un tiempo que sufría del mal de Alzheimer, lo que podría ser debido a sus años, pero las fotos desmienten la buena forma en que se encuentra el padre del realismo mágico. Se le ve sonriente, feliz frente a su pastel con las tradicionales mariposas amarillas, que le revolotean la imaginación desde su cuarto de la infancia en Aracataca, un pueblito colombiano bananero sumido en el polvo y soledad ancestral de sus calles. Recuerdo cuando lo divisé de paso en mis tiempos de funcionario internacional. No había nada más que la memoria de la memoria de sus distraídos habitantes que entran y salen de las novelas y relatos sin más permiso que la realidad y la ficción de los lectores que vuelven a recrearlos cada vez que abren la gran novela latinoamericana. Cien años de soledad avanzaba con su galeón empujado e iluminado por la luz de sus personajes. La selva no siempre devuelve a sus hijos, pero los alimenta de una esperanza que devora cualquier duda ante la aventura más descomunal de la supervivencia. Algunos aún divisan el galeón macondiano esperando una ayuda casi mágica a sus ancestrales necesidades. Hay quienes aún desconocen el hielo.
Cien años de soledad, Rayuela, Pedro Páramo, La vida breve, Los pasos perdidos, El Aleph, La región más transparente, La ciudad y los perros, El obsceno pájaro de la noche, Los detectives salvajes, encabezan una lista más larga de autores latinoamericanos más allá y acá del boom.
La otra novela
Cabe señalar que Borges nunca escribió una novela de acuerdo con los parámetros que el mismo autor rompe, me parece en El Aleph. La lista es arbitraria, breve, inobjetable quizás, ni eso, tal vez. Un vistazo a la narrativa mayor. Usted, amigo lector, resuelva y comience a leer, buscar, a armar su propio recorrido prosaico. La narrativa del peruano Arguedas, los chilenos Donoso y la Bombal, el cubano Lezama Lima, el paraguayo Augusto Roa Bastos o el brasileño Jorge Amado, no pueden quedar por fuera. Están en carrera y desde luego hay más autores. De antes y después del mencionado boom que marginó a algunos, como ocurre durante estos caprichosos destellos edito-comerciales. Y siempre ha sido así, aun ahora que se confeccionan nuevas listas de los que encabezarán algún día los nuevos grandes narradores del habla española, donde están las grandes editoriales y promotores. El mercado os necesita, hijos. Se habla y teoriza sobre escritores urbanos que tienen por patria el mundo, cosmopolitas y marcianos, sin raíces atados a una laptop y a un mundo circular, sin memoria, historia, lugar aparentemente, que no tiene cola y se recicla en su propia ubicuidad. Aire de los que viven de allá para acá o de aquí para no sé dónde. Viajan, carroñean paisajes, foros, sitios, ferias, gentes, se alimentan de un espacio total, asisten a mesas redondas y contratan agentes.
El Caribe como telón de fondo
García Márquez escribió sus grandes obras, toda su obra caribe, teniendo como telón de fondo Cartagena de Indias y Barranquilla. Desde luego, viajó por el mundo y ya se había documentado de la vida con su abuelo. Fue a parar con su obsesión cinéfila a Roma, a la meca del cine italiano, Cinecittá, donde el argentino Birri le enseñó algunos secretos sobre el séptimo arte y la llamada dotoressa Rosado, el arte de conocer la magia de la moviola para hacer el montaje de las películas y ajustar los guiones, según cuenta Dasso Saldívar en El viaje a la semilla.
Pero lo que quiero decir es que García Márquez escribió Cien años de soledad en México; El coronel no tiene quien le escriba en París y El otoño del patriarca en Barcelona. ¿Cuál es lo nuevo del cosmopolitismo? Muchos cuentos son reales, tomados de personajes existentes y que descubrió en sus viajes a Europa. La literatura está en todas partes y en ninguna. Detrás de todo, existen muchas lecturas y autores, la memoria de su legendaria madre y algunas visitas al lugar mítico de sus sueños y el chispazo providencial de su viaje a Acapulco que le pasó como en una pantalla cinematográfica la gran novela del Macondo universal, un fenomenal viaje a la soledad de todos como puede expresarlo un gran poema total. Un escritor que recurre a la historia, a expedientes, archivos y consulta a expertos. La novela, en general, tiene más de gato encerrado de lo que parece a simple vista, y es un largo viaje de no pocos sacrificios personales. A los parias de países, editoriales, ausentes de recursos económicos, entorno cultural apropiado, les ha tocado subir a este ascensor sin paradero que es Internet, y muchas veces escribir sobre la marcha del ordenador para salir a flote y volver a sumergirse en la nada.
Mario Vargas Llosa, en su lúcido ensayo Historia de un deicidio, escudriña el esqueleto, corazón, la voz, la historia, la(s) vida(s) de una estirpe que se transforma en razón y mito de un mundo total que es la novela. Es uno de los grandes y primeros homenajes, reconocimiento que recibió la obra en su cuna.
Ya no debiera escribir sobre estas cosas tan repetidas y menos importarme. Paralelo escribo, no sé si para salvarme o hundirme en el abismo, un género ya casi desconocido, con fecha de cumpleaños, manoseado hasta la saciedad de la rima infame, pero también prosa para irme al otro lado del infierno. La empresa de una novela bíblica como la emprendida por Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, requiere de un soporte titánico, personal, primero, de la familia, y de un pequeño ejército de amigos investigadores de la talla como los tuvo esta diosa de las letras en que se ha erigido Cien años de soledad. Amén de una secretaria lista y con cara de palo, inmutable, tecleando como si estuviera viviendo los enormes aguaceros de la soledad, verdadero torrente sanguíneo del trópico. Esas Olivetti, Remington, Royal, Underwood, que encallecían la yema de los dedos y hacían sonar un inocente rodillo por el infernal teclado cuando uno se equivocaba y arrancaba la desamparada hoja en blanco.
El autor, ni corto ni perezoso, envió además algunas copias sagradas, originales, a unos amigos indispensables para conocer su opinión. Y al final del final, llenó las galeras con miles de correcciones que nunca terminan de ser finales. Dicen que tiene influencias de Sófocles, la Odisea, Cervantes, Faulkner, Kafka, Joyce, Rulfo, Hemingway, Virginia Woolf, Camus, Defoe, Carpentier y quizás cuántas lecturas más. Detrás de todo está el oficio de escritor, el día a día en las redacciones de provincia, la brutal página diaria. La soledad viciosa con la máquina de escribir en la madrugada más oscura y perfecta de la juventud. Quien no haya experimentado esa atmósfera, como la de Macondo, no podrá respirar todo el oxígeno y la asfixia de la novela. Puede caer fulminado antes de presentarse al pelotón de fusilamiento.
Los alfileres silenciosos
Lo que eliminó de la hechura de la novela, como cuando un sastre no dice dónde van los alfileres de un traje, ni qué tela hay que cortar y por dónde, sólo lo sabe el autor y probablemente la cómplice de su mujer, para así dejar a Cien años de soledad como una pieza dotada de la perfecta imperfección. Una gran lección es lo que hay detrás de la novela, en el camerino y en el cuarto de utilería. Siguió los consejos de un librero catalán que aparece en dos de sus novelas.
GGM dijo que vivió para contarla. Ya es un cliché de su largo anecdotario. No creo que la haya contado toda. Viajo en su laberinto, don Gabo. Alguna vez leí, y no sé si creerle o no a mi memoria —nunca coticé en la bolsa para tener un fondo memorioso—, que tiene un libro escrito sobre Cuba y que se editará cuando usted o Fidel ya no estén para seguir contándola. No sé, repito, si he caído en mi propia ficción atrapado por estos personajes enigmáticos, macondianos, del hijo de Aracataca. Es probable. Su anecdotario debe ser como el de Las mil y una noches, libro que sin duda le influyó en su manera de narrar, contar y secretear la oreja del lector. Pero su oreja desde tiempos de la infancia resultó prodigiosa en relatar cuentos, relatos, subir a la memoria del futuro escritor personajes y paisajes que entraron por la puerta grande de su narrativa.
Yo no conozco al personaje, a pesar de que visitó muchas veces pública y secretamente el país. Mi anonimato superaba cualquier sombra por oscura o transparente que fuera. Hace unos años supe que estuvo en el hotel en que suele quedarse. Al que una vez recorrí para hacer una extensa nota publicitaria. Aquí se aloja GGM, fue lo primero que me dijeron, y puse atención en los acabados, el peculiar reposo del hotel, los pasos que resonaban pura memoria caribe de un escritor puro caribe, que en las noches mexicanas siente retumbar los tambores desde Brasil al Misisipi. Mucha madera, en pleno corazón de la ciudad. Me refiero a El Bristol. Muy a mano de farmacias, comercio, restaurantes, más hoteles y una librería que se dejaba colgar como una curiosidad por sus callejuelas. La librería ya no está y la ciudad tampoco. Ahora solo crecen rascacielos que siguen estirándose como chicle en las noches tropicales con la lluvia diluviana, humedad y el sol canicular. Todo crece hacia arriba, como si alguien del cielo nos quisiera ver de más cerca para aconsejarnos pisar tierra. GGM caminó esa mañana a la librería, como un viejo rito de cualquier escritor. Entró al Hombre de La Mancha, que por esos tiempos manejaba una publicidad sobre el autor de Cien años de soledad del tamaño natural del escritor. Uno entraba y parecía que GGM te iba hablar. Llegué a preguntarme si ese tipo no trabaja allí. La librería es una cadena que tiene un surtido del autor de Relato de un náufrago. Saludó, buscó, revisó, seguramente se detuvo en algunas portadas de sus libros, habló con la gente, los vendedores y se marchó. Un sitio bastante estrecho con un alto y una cafetería casi de juguete. ¿La cultura no tiene espacio? Nadie se dio cuenta de que el visitante era Gabriel García Márquez. Ni le sintieron el olor a guayaba. Al día siguiente la dueña pasó la cuenta a sus vendedores, a los que ya estaban condenados a siglos de soledad. A mí me parece que es tal el respeto por la privacidad, que la gente simplemente trata a todos con la misma indiferencia, sin deferencia.
Carlos Fuentes cuenta que, al principio de su estadía mexicana, se veía obligado por cuestiones de estatus migratorio a viajar dos veces al año por vapor a Panamá. Algo kafkiano, agrega, desconociendo, sin duda, lo que son actualmente aún algunos servicios migratorios en América Latina y el mundo. De ello puedo ahondar como en un pozo sin fin. GGM habla de sus días cuando era feliz e indocumentado. Fue en Venezuela, donde nació la idea de El otoño del patriarca. En el mismo orden de los comentarios que superan la realidad, un director de periódico, al que nunca vi escribir una nota, me comentó la poca calidad periodística de GGM. No tuve palabras para festejar su estupidez, que se hizo parte de mi memoria.
Fue el periodismo el que lo llevó a la literatura, ese ejercicio tenaz, reflejado en las fotos de madrugada con los pies sobre el escritorio y todo el tiempo vacío para encontrarse con la historia. Tuvo suerte al contar con tanta historia a su alrededor, amigos, escribir sin pausa y con Colombia, donde la realidad desconoce a la fantasía como propietaria de cualquier historia real.
De la mesa del pellejo
El periodismo en ocasiones también mata al escritor, quien para ganarse la vida se transforma en un escritor fantasma. No sé si le ocurrió ocasionalmente, pero yo puedo firmar como Freelance en tierra de nadie, Escritor fantasma de todas las escrituras, Periodista a cuatro manos sin papeles por años, Publirrelacionista de mi propio silencio, Decorador de interiores de un verbo anónimo, ajeno, insustancial, ocasionalmente, Cronista habitual sin salario, Autista por derecho propio, que todo esto me transformó en un gran long best-seller inédito por décadas. ¿Qué significa ese aprendizaje? Ganarse la vida puede ser la soledad más grande de la vida. Pero la vida te empuja sutilmente a estos protagonismos del desamparo personal, tiempos de la intemperie. Al menos Kafka le rendía homenaje a la sombra que él producía para ganar confianza en sí mismo.
García Márquez también es la historia latinoamericana narrada en el siglo XX, desde adentro, nosotros mismos, y él fue un protagonista de excepción de la política regional, embajador del Caribe íntimo en ejercicio durante una época llena de acontecimientos en el avispero de nuestra América. Un best-seller que trajinó los circuitos del poder, a veces mensajero de noticias, propuestas, también actor y moderador, hombre de consensos, una especie de puente inmerso en la geografía política subterránea, silenciosa, discreta. Iba y venía por el Istmo de Panamá, por ejemplo, hacia Colombia y otros puntos cardinales donde fuera necesario. Un bypass cardiovascular en las saturadas arterias de la política confrontacional en la región. La Habana-Madrid fue uno de sus constantes periplos políticos para aproximar al viejo continente con las causas de América Latina. Puso su prestigio literario y publicitario para poner fin a la dictadura de Pinochet: “No escribo más hasta que caiga Pinochet”. Fue un mensaje potente, aunque tuvo que seguir escribiendo, porque el dictador chileno había echado raíces, momificado en un lugar sin tiempo humano, la nada, quizás, donde se llega solo con los propios huesos afilados por el tiempo. El mérito de ese destino son las cenizas.
Vargas Llosa, con quien mantiene un distanciamiento de cordial admiración, ha asumido un papel del escritor famoso en la política internacional desde la óptica neoliberal, pero sin participar de los grandes escenarios en los que vivió inmerso García Márquez, porque estos son otros tiempos, y el narrador hispano-peruano es más de las academias, círculos restringidos y de los foros de derecha. Eso de estrechar candidatos neoliberales, empujarlos a un nuevo abismo esperanzador. Un banquero de la palabra, en una bolsa muerta de valores. La atmósfera y la intensidad política que vivió el autor de El amor en los tiempos del cólera tiene otras dimensiones y características. Es irrepetible. Los escritores hoy no se asolean con la realidad nacional ni internacional. Fueron absorbidos por el desorden digital, en parte, la frivolidad, banalidad, el comercio, los esloganes publicitarios que acuñan los publicistas de los políticos para un público ausente y entretenido al mismo tiempo.
Viendo llover en Macondo
En el Chile idílico, provincial, democrático, de los sesenta y tantos, leía “Isabel viendo llover en Macondo”, un relato asombroso, donde la lluvia tropical se nos pegaba a los ojos como si fuéramos un parabrisas y el agua caía a cántaros en alguna provincia y caminos del sur. Éramos la piel húmeda y pegajosa que después viviríamos en el trópico, para conocer esa realidad. La realidad de un sueño, la ficción cotidiana, mágica. Recordé esas lecturas de juventud, como Los funerales de la Mamá Grande y La hojarasca, un día frente a un balcón del trópico panameño, en el mes de noviembre, cuando el cielo abandona casi todas sus aguas en el istmo. Nunca creí que las nubes podían llorar tanto y todas a un mismo tiempo diluviano. El istmo alguna vez formó parte de los sueños del libertador Simón Bolívar, un brazo entre Colombia y Costa Rica, y su clima, humedad, mares, su Caribe, es el mismo de Colombia y sin ninguna confusión los sueños y temores atraviesan un destino casi parecido, tarde o temprano. Entrábamos en el largo monólogo del exilio voluntario, forzado por las circunstancias. No existía, no había tiempo, mejor dicho, para la somnolencia de las lluvias macondianas de Isabel, y su inmensa soledad ya estaba imprimiéndose en la mente de Gabriel García Márquez en su galeón mágico entrando a la manigua colombiana con su cargamento de historias y secretos. Los sueños de Isabel son la realidad tropical colombiana, y los muertos que flotan en medio del diluvio, la soledad de nuestra memoria, que puede ser un presente perpetuo. Un siglo de soledad y muerte, quizás la historia arrastra más cadáveres que agua, matanzas feroces que intentan borrar la memoria, crímenes con dios y ley. García Márquez ha sido testigo y cronista de su tiempo y otros, ficcionador de la realidad. La palabra masacre como un masaje de la muerte a todo lo que se mueve y tiene dos pies. Horror no mires / de reojo el ojo mortal / de los muertos / es memoria imborrable / Estoy de paso / no voy por tu mismo camino / Mírame ciego / que voy caminando con tus dos cojos pies / por una pequeña rendija / Oh historia / la orilla de una orilla / mañana.
Con Marín Gaviria en la historia
A mediados de los sesenta leíamos a García Márquez, Cortázar, Rulfo, y recuerdo que un compañero de curso, Eduardo Marín Gaviria, del Quindío, zona cafetalera, en un gran mapa de Colombia, claveteado en la pared de una pensión, ponía en un círculo rojo los frentes de las Farc, y fue a través de él que escuché por primera vez el nombre de Tiro Fijo, el legendario jefe de la guerrilla que se dio por muerto tantas veces hasta que la muerte lo recibió con los brazos abiertos cumplidos los 80 años en medio de la manigua colombiana. Nadie puede durar inmune cien años de soledad, pienso ahora. Nos asombraba la geografía exuberante y temida de Colombia, la violencia, la confrontación entre las clases gobernantes y todo un mundo reflejado en el telón de fondo del realismo mágico garciamarquiano. (¿Nosotros vivíamos en un parque de entretenciones en ese tiempo?) Tanta realidad de Colombia, que nos suspendía en el asombro y ya sabíamos que todo era posible en la ficción literaria o en la realidad que no dejaba respirar a la ficción por cuenta propia. Después supimos que en algún lugar de Colombia había acribillados, ajusticiados, masacrados, secuestrados, torturados, desaparecidos, mutilados, olvidados, empujados fuera de sus linderos por la intolerancia, desgraciados de por vida con su familia y descendientes. La historia como una bala loca que atraviesa todos los cuerpos posibles de la infinita historia de la violencia colombiana. Alguien le daba cuerda a la muerte. Las historias se reconocían entre ellas, su propia originalidad. No competían, se dejaban contar con la esperanza incierta de algún día quedar sin más historias.
García Márquez, un viejo corresponsal de Prensa Latina en Caracas, Bogotá y finalmente Nueva York, sobreviviría y se iría a vivir definitivamente a México, donde sus comienzos fueron, como todo exiliado, difíciles, pero contaba con talento y amigos. Solo volvería a Colombia por temporadas, a ver a su familia, amigos, Cartagena de Indias, de intermediario de algún entuerto político, a recibir un homenaje, pero no regresaría a la macondiana Aracataca por superstición. Su nave navegaba por la tupida y erizada selva de palabras latinoamericanas solo en su memoria y la de sus lectores. Estuvo a punto de quedarse. Había comprado un departamento en Bogotá. La toma del Palacio de Justicia de Colombia y la masacre con la intervención de tanques y fuerzas militares, le hizo volver a poner reversa y se fue a París. Lo cuenta Gerald Martin en Una vida, una biografía de más de 700 páginas. Allí relata también una escena totalmente macondiana, protagonizada por su agente Carmen Balcells, quien, dice, que lloró dos días sin parar cuando leyó el original de El amor en los tiempos del cólera, novela en la que el propio García Márquez cuenta que dejó sus tripas. Pienso que junto con El coronel no tiene quien le escriba, es la trilogía del universo literario del premio Nobel colombiano.
Cada personaje de Cien años de soledad puede ser imaginado a su manera por el lector. Son vitales dentro de la historia y la novela. La narración es asombrosa desde el primer párrafo que cautivó a su editor argentino Paco Porrúa cuando la tuvo en sus manos... “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.
PD: Soy un pisciano al que olvidan su cumpleaños
Más allá del macondiano cumpleaños, la novela y la literatura tienen un reto. El mercado ya sabemos cuál es: vender. Algunos hablan de la herencia de Bolaño, del fin del realismo mágico y de la contaminación cosmopolita del híbrido género novelístico, un dragón de múltiples cabezas y fuegos. El debate está abierto hace mucho, se hacen lista, hay algo así como 12 nuevos apóstoles en una reciente cena, que no será la última. Siempre está el inquietante folletín de la novela en mano de los expertos del mercado. Su abierta indefinición, clara cronicanonización, camaleonismo per se, es parte de la novela de la novela que se seguirá escribiendo, de ida y vuelta. La línea cosmopolita está en el lenguaje, no en los viajes, el Aleph borgeano no salió de un sótano, ni de las bibliotecas, enciclopedias. ¿Qué digo? No hablo de los antecedentes de ese libro, sino que no tuvo necesidad el autor de cosmopolitarse. Borges alguna vez dijo que no leyó Cien años de soledad. No sé si es una arbitrariedad más de su genial impostura. Ricardo Piglia ha dicho que en América Latina estamos más cerca de Borges que de García Márquez como vertiente literaria. Bolaño es un ejemplo potente, sin duda. En ese corte transversal de la novela están Cortázar y Onetti, tan olvidado. Estamos en manos de alguien que no fue novelista, detestaba la novela y posiblemente compartía la frase de Jorge Teillier: la novela es la poesía de los tontos. No caigamos en estos abismos, me digo, que hay muchas piedras en el camino.
Siempre hay moros en la costa y esta vez no sabemos de dónde vienen, ni cuándo aparecerán ni qué traen: ¿incienso, mirra o simples palabras?
El hombre seguirá novelando su existencia. Tiene mucho que contar y este es un recurso que nació para folletinear la vida, existencia humana, entretener, relatar aventuras y aventurarse en un género que tiene mil caras. No le echen la culpa a la novela de las malas historias y de los best-seller engañosos, empalagosos, mentirosos. Rulfo, Borges, Cortázar, García Márquez, Onetti, Carpentier, Vargas Llosa, Bolaño, seguirán siendo clásicos. Y la novela vuelve a mostrar su vitalidad en el idioma español con la presentación de casi 800 ejemplares a un concurso y también la preferencia de no pocos escritores de rifársela en un premio continental y salir de pobres. Y no se alargue más esta historia y festejos, que son también de la palabra.

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