Stalinismo común y corriente En los tiempos de José Stalin el Partido reemplazó al pueblo, el Comité Central al Partido, l
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Puesta online a las 23:46, el 25 de Enero del 2009
Stalinismo común y corriente
En los tiempos de José Stalin el Partido reemplazó al pueblo, el Comité Central al Partido, la Comisión política al Comité Central y, por último, el dictador a todos ellos. Esa era la lógica del socialismo en un solo país. En el Partido Socialista, en comedia a la chilensis, está ocurriendo algo similar: si bien se mantienen las asambleas, comités centrales y convenciones presidenciales, en todos ellas se impone, férreamente, la dictadura de una directiva que siempre es votado a mano alzada por militantes, que no son otra cosa que funcionarios del Estado.
En la historia del Partido Socialista siempre han existido fracciones, grupos, sectores, tendencias y sensibilidades – como se dice siúticamente hoy día, haciendo homenaje al posmodernismo; muchas veces, estos grupos llevaban el nombre de su líder – los Chetistas, por Aniceto Rodríguez, los Allendistas, los Ampueristas, los Laguistas, los arratistas, Nuñistas, los Almeydistas y, ahora, los Escalonistas -. Hay que ser muy hábil en geografía política para analizar los componentes de cada una de estas tendencias. Algunas tenían nombres tan sui generis, como los “suizos de Lagos”, además, estaban los helenos – que no tenían nada de platónicos y sí mucho de guerrilleros-.
Ese era el Partido Socialista antiguo: pleno de debates apasionados, de acusaciones violentas y de discursos más verbalistas que reales. Hoy todo ha cambiado: el PS que estuvo a punto de ser bolchevique, se ha convertido en una excrescencia burocrática cuyos órganos partidarios - casi sin militantes porque muchos han dejado el partido-. Actualmente, sus reuniones exigen inmensos garajes para aparcar vehículos 4x4; los asistentes son, en su mayoría, alcaldes, intendentes, empresarios públicos y privados, altos funcionarios del Estado, parlamentarios, ministros y, a lo mejor, no falta algún banquero; es algo así como el comité central con que soñaba Saint Simon, el famoso socialista utópico que admiraba a los banqueros y la sociedad industrial. Desafío a cualquiera que me encuentre a algún pobrete o cesante en tan egregia reunión.
La idea es que los partidos políticos no tengan pueblo, salvo algún negro de Oxford para adornarlos. Se entiende que en ese tipo de reuniones hablar de política o ideología es sólo una entretención que sirve para comentar los libros que, en Cachagua u otros balnearios, en este cálido verano, han leído los jerarcas; por ejemplo, Escalona está impresionado, pienso yo, con los “cien días” de Roosevelt; otro más culto y letrado, está leyendo a Keynes; no falta quien lea a George Soros y otros connotados personajes y analistas de la gran depresión de 1929; los menos formados sólo discuten de sus propias pegas y de cómo armar el rompecabezas parlamentario. No falta quien, muy desatinadamente, pregunte qué condiciones le van exigir a Eduardo Frei, ya proclamado, de antemano, por Camilo Escalona. ¿Cómo vamos a levantar la mano, como idiotas, sin decir ni pío y sin pedir nada, como los radicales? Si nos van a cocer, como chanchito, al menos hagamos un berrinche, antes de entrar al fuego de la inquisición Demócrata cristiana – si hasta Gordano Bruno hizo un discurso, antes de morir chamuscado.
Esta Convención de hoy, 17 de enero, ha sido repetida millones de veces en todas las latitudes del planeta: es igual al los congresos de los partidos comunistas de la ex Unión Soviética- personalmente, lo he visto en el Partido FRELIMO, de Mozambique, y se ha hecho en muchas convenciones chilenas, en las cuales el nombre del candidato está predeterminado y el texto de su discurso se conoce de antemano. En política no hay ningún tribunal de la libre competencia son empresas monopólicas , Por lo demás, los electores – si lo podemos llamar así- son carneros y hace mucho tiempo que el dueño de fundo los marcó al hierro candente y los contó. La única contabilidad perfecta es la de los partidos políticos: el dueño sabe perfectamente sus haberes y sus debes.
A veces, como en la Biblia, hay algunas ovejas perdidas – en el caso del PS, Marco Enríquez-Ominami y sus díscolos- el pastor Camilo Escalona no tiene la paciencia, ni la sabiduría de Jesucristo y, como es Hobbesiano hasta los huesos, cree que la única misión de la dirección del partido es amenazarlos con la expulsión o no presentarlos a las candidaturas parlamentarias, pues teme que estas ovejas se conviertan en lobos, acordándose de la frase “Homo homini semper lupus est”. El Partido debe funcionar como un perfecto convento o un regimiento; los militantes deben ser como los Jesuitas, defender siempre al Papa aun cuando se equivoque. Es exquisito un partido que se comporte de esta manera: todos se convierten en Escalonas y lo siguen en cuanta aventura se le ocurra. Antes los militantes creían que José Miguel Insulza hablaba ex cátedra, hoy esta cualidad se la han traspaso a Eduardo Frei Ruiz-Tagle.
El Partido Socialista de la “Nueva Izquierda”, un conjunto de burócratas ex almeydistas y ex Izquierda Cristiana, practica un estalinismo neoliberal, diferente que el de papá José Stalin que, al menos, engañó a muchos intelectuales, en base al antiguo anhelo de la igualdad. Como se trata de anular la historia – porque el Estado lo consideran muerto- nadie cita a esta Convención a los líderes socialistas antiguos, como Marmaduque Grove, Eugenio González, Raúl Ampuero, Clodomiro Almeida, Carlos Altamirano, incluso al moderado Carlos Briones pues, para que ello ocurriera, sería necesario que aún estuvieran en el Partido Jorge Arrate y, con vida, la Negra Lazo y Mario Palestra, entre otros. En una Convención posmoderna ya no hay discursos ni metarrelatos, menos ideologías, ideas y sueños; se trata de proclamar, rápidamente, a Eduardo Frei para que luzca su sentido común.
Es increíble, pero cierto, que sólo la izquierda política tiene un amplio marco de candidatos, todos muy capaces y llenos de ideas que, sin embargo, no posee aún la fuerza política para un país que se cae de puro senil y falto de creatividad. Por desgracia, la izquierda aún no demuestra la capacidad de atraer a los electores de las zonas más postergadas, tanto del campo, como de la ciudad, sobretodo de los jóvenes que no votan.
La renuncia de Jorge Arrate es bastante sintomática del suicidio del Partido Socialista, en manos del estalinismo Escalonista neoliberal. Jorge Arrate forma parte del acerbo histórico del PS que, además, es un buen novelista y, sobretodo, ensayista. Este político fue el líder de la renovación: dirigió el Instituto Nuevo Chile, en Holanda; fue el fundador y secretario general del Partido Socialista. Su renuncia no constituye ninguna lagaña de mico: se va un dirigente fundador y uno de los mejores intelectuales de un PS sin ideas, pero con muchos empleados fiscales, por obra y gracia del autoritarismo de los actuales raptores del PS.
Los díscolos, con mucha razón, están exigiendo a su Partido y, en general, a decadente Concertación que, al menos, por decencia, cumplan con sus promesas: primarias para elegir candidatos a la presidencia y que los candidatos a las parlamentarias no sean digitados por “Stalin”, sino elegidos por inscritos y no inscritos en los distintos distritos electorales. A tanto ha llegado la demencia senil de la Concertación que, al parecer, hay parlamentarios socialistas y demócrata cristianos que se niegan a aprobar la inscripción automática y el voto voluntario.
Me importa poco que algún pesado me acuse de nepotista, por el hecho de ser tío de Marco Enríquez-Ominami. La verdad es que su labor parlamentaria ha sido muy activa, creativa y de servicio a la comunidad. Conozco pocos diputados que hayan llevado a buen puerto una comisión tan importante como la del cambio de régimen político, que ha tenido el mérito de colocar, como tema prioritario, el llamado a una Asamblea Constituyente para promulgar una nueva Constitución, que derogue el adefesio totalitario que aún nos rige. Marco Enríquez-Ominami es un candidato diferente a los demás: joven, capaz de plantear, a través de un decálogo, las reformas sustanciales que Chile exige en la actualidad. En cierto grado tenía razón el gran poeta Vicente Huidobro: “los viejos a la sepultura, los jóvenes al poder”. Creo que ser díscolo, en pleno Stalisnismo partidario constituye un mérito. Es que Marco está formado en el debate y la libre asociación de ideas y personas, cualidad propia de la cultura francesa, en la cual se formó.
Es paradójico que, en pleno derrumbe total del mundo financiero, de las teorías de Hayek y Misses y el monetarismo de Chicago, cuando nadie medianamente culto cree en el mercado desrregulado, cuando la mayoría de los bancos importantes están a punto del default, y sólo el Estado puede salvar la economía mundial, el comunitarismo demócrata cristiano y la social democracia – y para qué decir, el eurocomunismo- demuestran notoria incapacidad para reagrupar a los millones de personas que el mercado ha marginado. El socialismo francés está prácticamente escindido a causa de sus luchas internas y el italiano desapareció, sólo parece haberse salvado el Partido Laborista y el PSOE español. En América Latina, ni hablar: el ADECO venezolano murió por ladrón, espero que al Partido Socialista chileno no le ocurra otro tanto y, para salvarlo, es necesaria una revolución interna, es decir, refundarlo.
Con la Democracia Cristiana ocurre exactamente lo mismo, la diferencia es que la candidatura de Eduardo Frei le dará un respiro, similar a aquellos catatónicos que se les prolonga su vida biológica.
Las elecciones Bicentenario no aportarán nada nuevo, ni en lo presidencial, ni en lo parlamentario. El botín está repartido y a los lectores no les queda más que el raspe de la olla. Es evidente que de nuevo, al haber segunda vuelta, los votantes de izquierda, tapándose las narices, salvarán a la Concertación, para que siga haciendo lo mismo, y de la Nueva Izquierda tendremos para largo. Siento ser pesimista, pero soy “un realista bien informado”.