EL TALLER LITERARIO DE LA DINA. Por Pedro Lemebel / La Nación Domingo
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Puesta online a las 22:14, el 03 de Septiembre del 2007
Ojo de loca no se equivoca
El taller literario de la dina
Seguramente quienes asistieron a estas tertulias en la casita de Lo Curro, y hoy rememoran ese escenario por una carta enviada por Mariana Callejas a “El Mercurio”, aunque no quieran contestar preguntas sobre su intensa relación con esta dama, aun así podrán recordar las molestias por los tiritones del voltaje que interrumpía sus lecturas, la música y el baile.
La historia me llegó entonces, en los crispados años de la dictadura, y escribí la crónica de ese lugar donde la tortura y la escritura se daban la mano. Roberto Bolaño leyó el texto y luego escribiría sobre esa casita de Lo Curro que fue visitada por escritores amigos de Mariana Callejas, la mujer de Michael Townley, agente de la DINA que tenía en ese mismo sitio un laboratorio de gas exterminador y otros aposentos para torturar opositores. Al mismo tiempo, en un salón contiguo, los invitados de Callejas leían sus cuentos y odas líricas bebiendo whisky. Es posible creer que muchos de ellos nunca supieron dónde estaban, pero en aquel tiempo era curioso no sospechar de un lugar donde era común toparse con gringos, milicos y cubanos de acento Miami.
La Callejas era una escritora con un pasado antimarxista en Patria y Libertad, considerada una promesa del cuento en las letras nacionales, publicada incluso en la revista de izquierda "La Bicicleta", una dama alabada por la elite artística que frecuentaba sus salones, la desenvuelta clase cultural que no creía en historias de cadáveres y desaparecidos. Más bien le hacían el quite al tema leyendo a Elliot y Borges, discutiendo de estéticas literarias, o meneando el culo escéptico al ritmo de la onda disco. Demasiado embriagados por el temple marcial de Mariana, la Callejas.
Es raro pensar que algunos de estos invitados no sospechaban dónde estaban, porque todo el país conocía el aleteo buitre de los autos sin patente que se estacionaban en la puerta. Todo ese Chile sabía y callaba. Todo ese mundo veía y prefería no mirar, no saber, no escuchar esos horrores que se filtraban por la prensa extranjera. Esos cuarteles tapizados de enchufes y ganchos sanguinolentos, esas fosas de cuerpos retorcidos. Era demasiado terrible para creerlo. En este país de escritores y poetas no ocurren esas cosas, pura literatura tremendista, pura propaganda marxista, decía Mariana subiendo el volumen de la música para acallar los gemidos estrangulados que se filtraban desde el laboratorio de Michael en el jardín.
Con el asesinato de Letelier en Washington, y luego la investigación que develó los secretos de Lo Curro, vino la estampida del jet artístico que visitaba la casa, sólo quedaron los amigos más íntimos de Mariana, un trío de narradores que eran los únicos que podían contestar el teléfono, y el día del asesinato en Washington interrumpieron el taller informando a la dueña de casa: Okay, Mariana, todo okay.
Aunque la Callejas se convirtió en jeta política en el ambiente, y por varios años desplegó el terror en los ritos literarios que frecuentaba, igual ejercía un sombrío poder en los fanáticos del cuento que alguna vez la invitaron a la Sociedad de Escritores, la fichada casa de Simpson 7, llena de afiches rojos, boinas y esas canciones de protesta que ella escuchó indiferente sentada en un rincón. Allí, todos sabían el calibre de esa mujer que fingía escuchar atenta los versos de la tortura. Todos preguntando quién la había invitado, nerviosos, simulando no verla para no saludarla y recibir la descarga eléctrica de su mano.
Seguramente quienes asistieron a estas tertulias en la casita de Lo Curro, y hoy rememoran ese escenario por una carta enviada esta semana por Mariana Callejas a "El Mercurio", aunque no quieran contestar preguntas sobre su intensa relación con esta dama, aun así podrán recordar las molestias por los tiritones del voltaje que interrumpía sus lecturas, la música y el baile. Seguramente, estos narradores no querían saber de otro baile y otro canto paralelo donde la contorsión de la picana tensaba en arco voltaico la corva torturada. Es posible que hoy se hagan los lesos y no quieran asumir su complicidad, como tampoco reconocer el grito destemplado y ajeno a la música disco, tan de moda en esos años. Entonces embobados, cómodamente embobados por el estatus cultural y el whisky que pagaba la DINA. Y también la regia casa de Lo Curro, la inocente casita de doble filo donde literatura y tortura se coagularon en la misma gota de tinta y sangre, en una amarga memoria festiva que asfixiaba las vocales del dolor. LND