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FUE POR AQUELLOS DIAS TAMBIEN. Pablo Varas

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Puesta online a las 14:45, el 22 de Diciembre del 2007


FUE POR AQUELLOS DIAS TAMBIEN

Pablo Varas

(Para recordar a Joan Alsina Hurtos, sacerdote y militante del MIR, fusilado en Santiago de Chile)


Nadie se explica hasta el día de hoy, porque desde el campanario de la iglesia de Castelló d’Empuries, en Catalunya, las campanas rompieron el silencio en la madrugada del 19 de septiembre de 1973. Todos los vecinos coinciden en decir, que pudo ser simplemente el viento.

Joan rezó la noche anterior, como lo hacía siempre.

Pidió en primero lugar por sus hermanos más cercanos, los hambrientos y desamparados, los conocía muy bien, compartía con ellos el pan, y les hablaba de la esperanza. Profundo dolor le causaba verlos deambular por las calles del centro de la ciudad, buscando y husmeando entre los tarros de basura. Joan no podía acertar que los hijos de su Dios tuvieran que buscar algunas migajas, para poder seguir respirando, sencillamente eso.

Los que lo escucharon aquella noche, dicen que rezó también por sus victimarios, les perdonó en voz alta, para que todos los que se encontraban en aquel lugar con el lo pudieran escuchar, era sin duda el mensaje que estaba Joan haciendo llegar para que otros hombres y mujeres, lo supieran en otros tiempos.

Se quedó en silencio algunos instantes, sin duda para viajar a recuerdos muy personales, luego respiró profundo y con su voz tranquila comenzó a contar una parte de la historia de algunos sacerdotes que escuchó en el Convento, en sus primeros años de sacerdocio y otras que escuchó de Juan Zabala, un monaguillo de aquellos años le contó personalmente de cómo había sido con José Sagarna y estaba seguro de aquello, porque en el lugar en que lo fusilaron el clavó una estaca, que la cambiaba cuando se caía o se podría, colocaba otra: “Vi como lo trajeron en una camioneta desangrándose, y como lo enterraron vestido con los borceguíes puestos, en la tierra del cementerio de Larruskain, su anterior parroquia. Sin caja, como un perro”.

Afuera los guardias dormitaban, de tanto en tanto miraban la luz que resbalaba silenciosa por debajo de la puerta, en el interior de la habitación los presos escuchaban lo que Joan les contaba, y las horas, esas malditas en esos momentos no daban tregua, pero todo aquello era necesario, así lo dijo Alsina.

No es casualidad que nos encontremos en este recinto, en el lugar que ellos suponen llegan a parar los vencidos, tal como les sucedió a mis hermanos sacerdotes, que por largo tiempo tuvieron encarcelados en la prisión de Carmona, provincia de Sevilla en España. En aquella cárcel de Andalucía, se encontraban también los del bando republicano, obreros y pintores, profesores y poetas, otros cruzaban las fronteras para llegar a Francia, y los cientos que nunca se rindieron estaban en las montañas, manteniendo el fuego. No se olviden, les recordó, que Miguel Hernandez escribe Las Nanas de la Cebolla y otros poemas, mientras se encuentra privado de su libertad.

Cuando corre el año de 1936, al poco tiempo de que Francisco Franco se alzara en armas en contar del gobierno legítimamente elegido, y la iglesia lo nombrara “Caudillo de España por la Gracia de Dios”, sus tropas llevaron al paredón a Martín Lecuona y Gervasio de Albizu, que eran vicarios de aquella parroquia en Rentaría (Guipuzcua), cuando el calendario marcaba el 8 de octubre de aquel año. Los fusilaron sencillamente por sus formas de pensar, eran vascos, nacionalistas y de profunda vocación religiosa.

La desmemoriada iglesia española, esa que aplaudía a una de las dos España, guardó estricto silencio, por esto se los cuento a ustedes en estas horas, no pongo en duda que los abandonará de nuevo, en algún momento del futuro cuando haya que discutir de esto y de lo otro, estamos hablando de la historia.

Pero aquello continuaba. Tranquilos cada uno de mis hermanos le dio la espalda al paredón de fusilamiento en la ciudad de Hernani, José de Aristimuño, Alejandro de Mendikute y José Adarraga, y les recuerdo que en el cementerio de Oiartzun entre oraciones se fueron cayendo al suelo, en esa tierra vasca que tanto quisieron, José de Arín, arcipreste de Mondragón, José Iturri Castillo, párroco de Marín, y también sin haber más motivos Aniceto de Eguren, José Sagarna, José Peñaga-rikano, vicario de Markiegi, Leonardo de Guridi y José Sagarna.

Los fusilaron porque defendieron a la república y la legitimidad de un proceso, que fue ganado en elecciones libres secretas e informadas, los castigaron así brutalmente por pedir sencillamente una vida más digna para los pobres, trabajos decentes y salarios dignos. Sin duda ninguno de ellos puso en duda su fe, era el precio por amar de forma sobrehumana al prójimo, estar junto en sus dolores y alentar cada también cualquier esperanza.

Pero los fusiles continuaron su trabajo, y el ruido de las balas iba tocando cada árbol de los bosques del País Vasco. No puede quedar nada que signifique un viaje a los orígenes de un pueblo. En las oficinas de episcopado de Madrid, el silencio era absoluto, en este caso al igual que ahora, cómplice, Cruzada Nacional le llamaban algunos sacerdotes, obispos y cardenales a esa cacería de hombres libres.

El silencio con que transcurría la noche del 19 de septiembre, era roto solo por disparos que provenían de cualquier lugar. Se sabía sin duda, cada bala disparada era una vida, un dolor y una mancha en el asfalto, que cada primavera vuelve a estar presente, como las flores de los cerezos que hay en los patios de las escuelas en los pueblos del sur.

A Joan Alsina le dolía todo el cuerpo, las manos las tenía hinchadas, se las habían castigado por haber bautizados a los hijos de chilenos pobres, por haber entregado la bendición y dar la comunión a los que no tiene nada. Lo habían insultado, más de alguno al pasar le dijo al oído que era un hijo del demonio. En silencio este hijo de Catalunya, los perdonaba, al igual que el señalado en la cruz.

Por aquellos días de septiembre de 1973, en la esquina de una sala de la Escuela de Mecánica de la Armada en la ciudad de Buenos Aires, el sacerdote Christian von Wernich ayudaba a los militares argentinos, en la tarea de amarrar a los detenidos en las camas de fierro para que luego sean torturados, sometidos a largas sesiones de aplicación de electricidad y tormentos, cuando a los detenidos ya no les quedaba aliento, se les acercaba y con voz muy baja los insultaba, y haciéndoles una cruz en la palma de la mano izquierda, le decía que aquello era el pasaje y el tiquet de entrada para el infierno, les decía que Dios le había encargado aquel trabajo. .

Christian von Wernich se quedaba mirando, sonreía y bendecía, cuando los helicópteros tomaban rumbo al horizonte para ir a tirar al mar los cuerpos de hombres y mujeres que habían sido asesinados en la salas de tortura. Ninguna de las victimas, aceptó confesarse con aquel sacerdote que olía a azufre, como lo comentaban algunos de los torturadores.

En algún momento Joan Alsina se quedó en silencio, cerró los ojos, posiblemente se haya ido por unos instantes a las calles de Olot o las playas de Figueras, Cadaques en la costa catalana, por esa imperiosa necesidad de hablar con el mar que en contadas ocasiones es necesario, como en esos momentos lo eran, sin duda.

Luego vino la guerra, siguió contando, y por las calles de los pueblos de Eukadi llegaron las tropas de Franco buscándolo todo, sus fusiles habían sido bañados por el agua bendita que personalmente envió Pio XI. Por aquellos tiempos, el hombre que estaba sentado en el sillón de Pedro en Roma, había tomado partido, se colocaba una camisa azul y se miraba en el espejo. La txalaparta que sonaba altiva y sin miedo, iba dejando recados y letras de esperanza discreta, de puerta en puerta por todos los caseríos. .

Mis hermanos vascos fueron fusilados no por hacer uso de la violencia o actividad armada, las tropas de Franco los fusilaron por no apoyar a los sublevados, por haber nacido en el norte del estado español, (se quedó unos instantes en silencio y mirando sus manos) .En algunas horas más estaré con ellos, dijo Joan.

Y la mañana llegó, y a todos nos hubiera gustado que nunca ese día se vistiera de esa forma, porque nos duele llorar, por la soledad en que nos dejan los que se van.

A Fojas 586 en aquel proceso que está en un armario en una Fiscalía Militar en la ciudad de Santiago de Chile, se puede leer.

“Por favor no me ponga la venda, máteme de frente, porque quiero verte para darte el perdón”

Fue muy rápido. Recuerdo que levantó su mirada al cielo, hizo un gesto con las manos, las puso sobre su corazón, movió los labios como si estuviera rezando y dijo: “Padre, perdónalos”. Yo le disparé la ráfaga y cayó al tiro… eran las 10 de la noche…”

Lo fusilaron militares del regimiento Yungay Su cuerpo es lanzado a las aguas del río Mapocho, que cruza la ciudad de Santiago. Fue recogido y llevado al Instituto Médico Legal, cuando lo fueron a reconocer se encontraba entre cientos de cuerpos, que habían corrido la misma suerte que Joan.

De este crimen han pasado años y por Joan sabemos también lo sucedido en las calles de Eukadi en calendarios con sus años en la espalda. Conociéndolos a ellos, sus orígenes humildes, su vocación sacerdotal su entrega por amor el prójimo nos hace que estemos siempre esperando alguna carta, alguna señal que nos ayude a mantenernos de pié.

Joan Alsina, que también escribió en esas horas, antes de su injusta muerte, debe haberse encontrado sin duda con Camilo, el mismo de Patio Cemento en Colombia y el resto de generosos y uno al lado del otro esperan poder enrostrar el abandono del que fueron objeto por parte de sus superiores.

Fue por aquellos días también……………










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