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El poder y las arañas de rincón . A propósito de una renuncia forzada

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A propósito de una renuncia forzada

El poder y las arañas de rincón

“Soy responsable de no haber callado ante cada acto de veto y de censura. Soy responsable de haber denunciado a la opinión pública lo que resulta inadmisible en una democracia. Y si la consecuencias de ello fue sacarme del directorio de TVN en una burda operación maquinada por asesores del segundo piso de La Moneda con la anuencia de su hombre de confianza en el directorio y la felicidad de la derecha recalcitrante, me doy por satisfecha”.

Fuente: Rocinante


Por Faride Zerán

Una de las premisas que justifica la existencia de la televisión pública en nuestro país tiene que ver con su independencia ante los poderes públicos y privados y la necesidad de dar cuenta en las pantallas de toda la riqueza y diversidad cultural que posee la sociedad chilena.

El equilibrio en su programación, es decir, la necesaria cuota de entretenimiento, cultura e información más la prohibición por ley que le impide recibir aportes del Estado, le plantean no sólo la necesidad del autofinanciamiento sino también de asumirse como una empresa competitiva en el marco de la complejidad de una industria cambiante.

Hasta aquí, nada nuevo, al menos para quienes desde nuestro rol de miembros de un directorio propuesto por el presidente de la República y ratificado por el Senado asumíamos más allá del pluralismo recreado sólo desde la dimensión de las representaciones políticas que el espíritu de la ley apunta a una televisión pública a la altura de un país de ciudadanos en el cual el fortalecimiento de su ethos democrático es y debe ser una tarea primordial.

Con ello quiero decir que TVN es la metáfora de la antigua polis a cuya plaza concurren sus ciudadanos y ciudadanas para debatir, conversar o entretenerse en un diálogo creativo habitado por nuestras múltiples identidades e intereses y donde transcurren todos los discursos posibles.

En ese marco enfrenté hace cuatro años mi responsabilidad como miembro del directorio de TVN, haciéndome cargo además del malestar que existe en torno a ella. Por su cronómetro desgastado de tanto medir discursos oficiales; por su ausencia o falta de audacia en el fortalecimiento del debate público; por su mirada poco innovadora en la producción de programas de entretención o por el espacio cada vez más reducido otorgado a la creación o a las manifestaciones culturales.

El miedo a la libertad, a la democracia, al diálogo ciudadano. El miedo a soñar o a ser soñado desde otros registros que no sean lo que la plana realidad nos impone cotidianamente tenían y tienen su correlato en una televisión pública proyectada a imagen y semejanza de un país oficial con déficit democrático y exceso de autoritarismo. No sólo en su institucionalidad. También en sus prácticas públicas ejercidas desde los cortesanos de palacio hasta los oscuros ámbitos desde donde opera la oposición.

Esos miedos y esas realidades conformaron y confirman mi convicción de que un cargo en el directorio de TVN implica hoy, ayer y mañana, y más allá del cuoteo político, una demanda de representación ciudadana, un gesto de servicio público y una defensa de principios que, por sobre nuestras particulares adhesiones, deben ser tributarios de nuestra mejor tradición republicana.

Desde esa premisa estuve dispuesta a ejercer en el directorio de TVN los 8 años de representatividad de la izquierda laica y progresista, en tanto mujer librepensadora y en cuanto periodista, académica, escritora y sin militancia política, aunque de clara adhesión a la cultura socialista. A esa donde converge todo un arcoriris que se niega a ser reducido a la opacidad de un tablero de ajedrez y que resiste al blanqueo. Ese es mi mundo y me siento orgullosa de ser parte de él.

Por ello, ¿cómo no denunciar públicamente cada acto de censura, cada episodio vergonzoso de vetos o intervenciones descaradas de representantes de los poderes establecidos o fácticos o cada gesto de entrega de los principios fundacionales de la televisión pública que desde el propio directorio de TVN o desde los cargos subalternos subvierten su esencia y trafican con su poder?

Tengo más de 30 años de ejercicio en el periodismo. He fundado medios de prensa escrita en dictadura y en democracia, así como asociaciones de libertad de expresión. Dirijo una revista de debate cultural, soy profesora de la Universidad de Chile, dirijo su Instituto de la Comunicación e Imagen; fui cabeza del resurgimiento de la Escuela de Periodismo más antigua de Chile; he escrito casi una decena de libros; he sido distinguida por mis obras y mi trayectoria. Sé lo que es una empresa y a la vez conozco de principios. Soy la persona que más sabe de medios de comunicación de todos los actuales integrantes del directorio de TVN.

Sin embargo, por la defensa de esos principios, por no aceptar una suerte de ley del silencio que impera cual omertá en instancias que se deben al escrutinio público y que solo puede justificarse cuando se exponen estrategias o cifras sensibles de ser utilizadas por la competencia. Por no dejar bajo la alfombra y libre de la mirada ciudadana la actuación de mis pares que, parapetados en ese supuesto silencio, operan para sus parroquias, para sus molinos que nunca serán de vientos; por todo aquello fui el blanco adecuado de una operación que no solo tuvo como objetivo sacarme del directorio de TVN sino también afectar mi imagen pública.

“Ningún directorio de TVN puede funcionar con alguien como Faride Zerán”, fue lo menos que se dijo a través de los medios de comunicación.

Ni la mera lógica mercantil para manejar el canal de todos los chilenos que oculta de paso la falta de creatividad y audacia de algunos de sus administradores ni las flagrantes violaciones a la independencia del canal o al derecho de todos a ser informado sin censuras ni autocensuras, podían tener de mi parte el silencio cómplice de quienes esperaban la conducta de una cortesana funcional a los intereses del poder.

Efectivamente, soy responsable de no haber callado ante cada acto de veto y de censura. Soy responsable de haber denunciado a la opinión pública lo que resulta inadmisible en una democracia. Y si la consecuencias de ello fue sacarme del directorio de TVN en una burda operación maquinada por asesores del segundo piso de La Moneda con la anuencia de su hombre de confianza en el directorio y la felicidad de la derecha recalcitrante, me doy por satisfecha.

El poder, ese que avanza golpe a golpe y que no sabe de ética ni de principios exhibiendo una conducta que lamentablemente no es privativa solo de la derecha. Ese poder que camina encorvado tras las sombras, que se parapeta en los rincones de palacio tejiendo sus redes cual arañas de rincón, exhibió con esto su cara más detestable. Esa de la que huyen los jóvenes y que desprestigia el sentido público y la necesaria transparencia de la actividad política.

Personalmente estoy satisfecha. Encarné el anhelo de una mayoría frente a su televisión pública. Y, como se lo manifesté al presidente de la República el 8 de marzo cuando me llamó a La Moneda para pedirme la renuncia expresándome su decisión de nombrar un directorio que excluyera a los operadores políticos, cuestión que sin duda comparto, si hubiese tenido que continuar en el ejercicio de mis funciones en el directorio de TVN por los otros cuatro años estipulados por el Senado, habría mantenido la misma actitud.

Pero existe el corolario de una renuncia forzada. Porque si el fin era terminar con los operadores políticos, el medio para lograrlo fue exactamente el mismo que utilizan dichos operadores. La falta de pulcritud que todo esto proyecta afecta a las instituciones de la República y al propio Presidente, quien se vio envuelto en una intriga palaciega cuyo diseño comunicacional estableció un paralelo con el golpe autoritario y turbio de una derecha depredadora cuando eliminaba de un plumazo los arrestos de su sector más liberal.

Estos episodios que nos hablan de la fragilidad de nuestro ethos democrático y la escasa cultura en torno a los fundamentos de la libre expresión no hacen sino ratificar la necesidad de no abandonar la defensa de los principios que dieron origen a nuestra televisión pública. De defender su pluralismo y su real apertura a los temas de país; de cautelar su funcionamiento independiente de todos los poderes y libre de camarillas entronizadas que funcionan desde las sombras cuidando sus propios intereses por sobre lo de todo un país.

Las redes donde se esconden las arañas de rincón no son invisibles. Sabemos dónde viven y cómo se protegen Es tarea ciudadana denunciarlas para evitar que su veneno siga matando la frágil estructura de nuestra aun incipiente democracia.
La campaña que precede a mi renuncia no me deja indiferente. Cada ataque corrobora que toqué intereses y develé actitudes que resultan imperdonables para quienes detentan poder. Ni sumisa y jamás cortesana, seguiré defendiendo con la misma fuerza aquellos principios y valores que me hacen por sobre todo una mujer coherente.

Desde la Universidad de Chile, desde la Revista ROCINANTE, desde mis libros y artículos, desde las asociaciones de libertad de expresión seguiré abogando por el país democrático, tolerante y con sueños de futuro que cada uno de nosotros anhela construir.

Cuando me enfrente a la sala de clases repleta de alumnos de la escuela de periodismo más antigua y prestigiosa del país, como cada lunes de los últimos siete años, y analicemos la figura del periodista, su ética y su relación frente al poder, ninguno podrá pedirme explicaciones. No sé si mis detractores pueden decir lo mismo. En todo caso para mí, ese hecho simbólico me llena de orgullo.


jueves, 08 de abril de 2004


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