La batalla por los Medios .Por Wilson Tapia Villalobos, Director Escuela de Periodismo Universidad La República
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La batalla por los Medios
Fuente: Foro Latinoamericano
Por Wilson Tapia Villalobos, Director Escuela de Periodismo Universidad La República
Por ser fines en sí mismos, son los que manejan el poder en nombre o representación de quienes ostentan el poder económico. Nos ha correspondido vivir un momento en que el sistema es extraordinariamente concentrador no sólo de la riqueza tradicional, sino del poder comunicacional.
El conocimiento ha marcado la evolución de la Humanidad. En la actualidad, el ser humano se encuentra en una búsqueda sin certezas. Es precisamente tal situación la que ha provocado que los medios de comunicación jueguen un papel de mayor trascendencia en la vida del ciudadano común. De medios se han transformado en fines en sí mismos, generando verdaderos centros de poder desde los que se manipula a la opinión pública. Mediante la imposición de modas, usos y costumbres, crean visiones estéticas que llevan a la aparición de planteamientos éticos, que concluirán en el delineamiento de una moral. Esto determina que su relevancia en el área política sea prácticamente incontrarrestable. La suerte de la democracia tal como la conocemos, en buena medida depende de la visión que los medios tengan..De allí que algunos comunicólogos ya hablen de Tvcracia. Un sucedáneo de aquella democracia con dirigentes designados por votantes informados.
El cambio no es menor. Cuando la forma reemplaza al contenido, lo que importa es la empatía mediática del candidato, su capacidad de “gustar” a la audiencia. Su apego a la síntesis televisiva, no su propuesta. No el objetivo que persiga su programa. Si el dirigente cumple con las exigencias de esta “democracia” virtual, llegará al poder. Por él votarán esos electores a los que la TV, los diarios modulares de píldoras informativas les aportan saberes nocionales, no conocimientos. Esa es otra de las características de que nos han traído los medios: mientras más información banalizada, menos conocimientos y menos dificultades para la manipulación.
Al haber cambiado su misión de mecanismo participativo, los medios ocupan ahora otro sitial. Por ser fines en sí mismos, son los que manejan el poder en nombre o representación de quienes ostentan el poder económico. Nos ha correspondido vivir un momento en que el sistema es extraordinariamente concentrador no sólo de la riqueza tradicional, sino de poder comunicacional. No podría ser de otro modo. Es allí - como otrora fue en la deidad o más tarde en el pueblo - donde se encuentran las herramientas para alcanzar el poder político. Y ello ocurre en un momento en que la sociedad, que avanza hacia una cultura global, requiere con mayor urgencia de miradas más amplias, más holísticas. Miradas integradoras que acepten la diversidad que pugna por posicionarse en una sociedad que la ignoraba o que la mantuvo soterrada bajo la presión de ideologismos de distinto signo.
Hasta ahora, la batalla parece perdida. En un país como Chile, en que la concentración del poder comunicacional muestra resultados aberrantes, los peligros están a la vista. No existe debate político. Contamos con un debate virtual, mediático, que tiene que adecuarse a las necesidades de los medios, más que a los de la ciudadanía. La realidad será más escandalosa, mesurada, o no existirá, dependiendo de la orientación del medio. Y como la pertenencia de éstos se encuentra en manos de una sola ideología, no generan visiones verdaderamente discrepantes. Con el agravante que quienes debieran hacer el contrapeso desde el poder político, sucumben ante el embate del sistema o de los propios medios a los que tienen que recurrir para mantener sus parcelas de poder. Así resulta difícil comprender cuál es la diferencia entre gobierno y oposición. Y, más aún, con justicia el ciudadano podría preguntarse si tiene alguna importancia.
Casi no vale la pena entrar en la discusión de cómo se llegó a la situación actual. La historia de la comunicación social chilena será la que se encargará de entregar los detalles. La que mostrará cómo un sector perdió diarios, revistas, radios, canales de TV. Y, con certeza, la responsabilidad recaerá en quienes, debiendo resguardar los intereses de sus electores, se entregaron a las atractivas rigideces de un sistema que cuando se llega al poder otorga respuesta a las apetencias individuales.
Sin embargo, hay responsabilidades que no quedan a la espera de que la historia las rescate. Es el deber que tienen aquellos que comprenden que la batalla que hoy se dé involucrará los trazos esenciales del humanismo al que podremos recurrir mañana. De si tales esfuerzos alcanzan o no éxito dependerá, en buena medida, el dibujo de la nueva sociedad. Si hombres y mujeres vuelven a pensar su vida en función de la felicidad o se quedan atados al bienestar material.
La realidad que hoy enfrentamos pareciera no permitir ser demasiado optimistas. Pero las batallas decisivas tendrán que darse. De allí la necesidad de que los medios sean influenciados por valores humanistas. En la medida en que tal cosa se logre, su papel se acercará más a una escala valórica comprometida con el interés general. Que propenda a la defensa de los derechos de los más humildes. Que, en definitiva, haga suyos principios tales como la libertad, la solidaridad, la equidad, la defensa de la naturaleza, la aceptación de la diversidad, la paz.
Mientras este cambio sociocultural tiene lugar, es necesario trabajar en forma paralela para conseguir una situación más equilibrada en materia de medios de comunicación. Y para eso resulta indispensable estimular la creación y fortalecimiento de medios alternativos.
Cada día son mayores los indicios que hablan de ciudadanos hastiados de una institucionalidad que no les entrega las respuestas que requieren. Y, al mismo tiempo, de medios ajenos a los tradicionales, que captan mejor los sesgos que marca a una sociedad segmentada.
Queda mucho camino por recorrer. La ventaja que tienen los que ostentan el poder es grande. Ello es lo que obliga a la creación de medios que, saliéndose del circuito tradicional, sean capaces de transformarse en plataforma para quienes desean hacerse escuchar. Para aquellos que quieran manifestarse con voz disidente. Para los que aporten alternativas en un momento en que lo monocorde no sólo es lo fácil, sino a veces extraordinariamente lucrativo.
Esta tarea es la que concita hoy un interés renovado. Proviene de la convicción de que en la comunicación, en la información, más que nunca, se ha anidado el poder.